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Colectivo Cuenteros: Misa de cuerpo presente

Foto(s): Cortesía
Redacción

 11:21 Termino de bañarme. Calculo que me arreglo en diez minutos y llegaré en otros quince, a tiempo para la misa.


Tomo una blusa para usar provisionalmente en lo que decido qué ponerme. La acerco a mi cara para revisar si está limpia y percibo ese peculiar olor. Huele igual que las camisas sucias de mi padre. Desde que era niña reconocía ese agrio aroma, cuando ayudaba a lavar la ropa sucia, y en mi adolescencia mi madre se percató que mi ropa tenía ese mismo olor. “Igualito que el de tu papá”. Quizá alguien más se sentiría orgulloso, pero yo no, de hecho, a veces deseaba que él no fuera mi verdadero padre. Desafortunadamente, esta coincidencia en el aroma corporal reafirma los lazos sanguíneos y genéticos que él y yo compartimos. Corrijo: compartíamos.


11:42 señalan las manecillas del reloj. ¡Mierda! Aún no decido qué ropa usar en el sepelio. Debe ser algo sobrio, pero deslumbrante. No por él, ¡por mí! Uno de sus hermanos, es decir un tío con el que poco convivimos, se enteró de que yo escribo y me pidió que escribiera una despedida emotiva para leer en la misa de cuerpo presente. Como la Bradshaw cuando accedió a leer un poema de amor en una boda y ella dijo que no tenía experiencia en el amor. Exactamente igual. Bueno, no es una boda sino un sepelio, pero yo tampoco sé mucho sobre mi padre y en retrospectiva ya no tiene caso. Al menos a mí, ya no me importa. Pero a las 11:49, sí importaba.


¡Taxi!


En el camino aprovecharé para empezar el discurso. No tengo una estructura metódica para escribir, ni la necesito en este momento. Esto no es ficción, es rememorar la vida de una persona. Sin embargo, ¿qué tanto conocí a mi padre? Nada, ni las insignificancias que dos personas que comparten un vínculo afectuoso conocen mutuamente. Su color favorito, su comida predilecta, ¿le gustaban los perros o los gatos? No, creo que ninguno. ¿Alguna película lo emocionó hasta las lágrimas?



Es tarde para averiguar, estamos a mano. Se va a la tumba; yo no lo conocí, ni él a mí.


11:55 y recuerdo una anécdota, podría servir: íbamos a visitar a una amiga de mis padres. En el camino, mi mamá le advirtió que no preguntara por Omar, el esposo de la amiga, ya que había sido internado en AA y la mujer estaba muy apenada. Yo, es decir, mi versión de cinco años escuchó eso en el asiento trasero. Cuando llegamos a la casa, en medio de los saludos cordiales, “Buen día. ¡Cómo ha crecido la niña!” Mi padre se acercó a la anfitriona y le dijo “¿Dónde está mi amigo Omar?” La mujer palideció, tartamudeó una excusa y dedicó una mirada, no precisamente de calidez, a mi madre. ¿Serviría como anécdota cómica para iniciar mi discurso? Lo dudo. Discreción, fuera de las cualidades de mi papá.



Lo conveniente es mencionar algún consejo de vida que él me haya dado. Cuando empecé la secundaria, me dijo: “Decide si vas a estudiar o tener novio. Porque si vas a buscar novio, te saco de la escuela y te pago un curso de cocina”. Según mi padre, ¿por ser mujer debía gustarme la cocina?


El taxi se detiene frente al semáforo. Y yo miro por la ventana como si entre la gente que transcurre hallara un consejo útil heredado de mi padre. Algo estilo: “Hija, busca un hombre que te ame y te respete. No como yo, que golpeé y arrastré a tu madre del cabello aquella tarde que discutimos. Mientras tú, inundada en miedo y llanto, buscabas a alguien que me detuviera”. Mi mamá dice que no recuerda eso. Yo sí, con claridad. Pero ella me hace dudar y a veces pienso que mi imaginación ha recreado esta escena para acrecentar el desprecio a mi padre. No lo odio... no todo el tiempo, sólo en ocasiones cuando estos recuerdos vuelven. Mi padre no fue un hombre ejemplar ni amoroso.


¡Bajo enfrente de la iglesia, por favor!


12:11 es tarde, no escribí nada. Lo haré durante el sermón del párroco.


Algún buen recuerdo que remueva de emoción a la gente y que digan “¡Wow! Excelente discurso ofreció la hija del difunto. Dicen que es escritora”, alguien más agregará: “Una escritora muy buena”. Aclaro, no suelo alardear. En eso tenía experiencia el difunto.


Una de las cosas que yo no toleraba era cuando buscaba cualquier momento para que los reflectores se dirigieran a su persona. Vanagloriarse de que había sido el mejor agente de ventas, que su ruta asignada incrementó ingresos en un 300 %. Palabras de él, lo juro, no exageración mía. (Humildad, fuera de las cualidades de mi padre).


 


"¿Qué tanto conocí a mi padre? Nada, ni las insignificancias que dos personas que comparten un vínculo afectuoso conocen mutuamente. Es tarde para averiguar, estamos a mano. Se va a la tumba; yo no lo conocí, ni él a mí".



 


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