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COLECTIVO CUENTEROS| Ginebra

Foto(s): Cortesía
Redacción

Yulia pinta y pinta y pinta. Pinta arriba y pinta abajo / pinta por hora y por destajo. Pinta el cielo y unas bonitas nubes / agrega una escalera y a ver si la subes. Luego te caes porque una nube no puede sostener una escalera, pero insistes en que parecía estable. No ibas a subir nada más porque sí; no eres pendejo.


Yulia pinta y pinta y pinta. Te pinta a ti con la espalda rota / saca el rojo y la sangre brota. ¿A poco sangran las espaldas rotas? ¡Cállate y llama una ambulancia! Ahogando una fuerte risa / Yulia te lleva a una curandera de prisa. Ah, bueno, ya está. ¿Adónde vas? ¡No me dejes con esa merolica! ¡Ey!


INT. CHOZA DE CURANDERA – DÍA


Al examinarte, la curandera afirma que es el peor caso que ha visto desde la caída de Ginebra. ¿La reina o la ciudad? pregunta Yulia. Si me dieras a escoger, tendría que ser la ciudad, dice la curandera: la vista del lago es imbatible. Luego me critican por postear las fotos de mis viajes, pero yo trabajo duro por lo que tengo, ¿sí o no? Yo nada más pinto el lugar adónde quiero ir y ¡pum! ahí está, dice Yulia. Sí, ¡y luego pintas escaleras que se caen! chillas tú. ¿Me van a ayudar o no? Luego dicen que la ginebra viene de Ginebra, dice la curandera, cuando realmente es un destilado saborizado con bayas de enebro. ¡Las conozco, las conozco, son azules! grita Yulia. ¡Voy a buscar algunas y hacemos un lote! No las vas a encontrar por aquí, avisa la curandera, tronándose los dedos encima de tu cabeza. ¡Sin cuidado! replica Yulia camino de la puerta. ¡Las pintaré yo misma! Por la ventana, tú la ves tocando las ramas de los árboles con su pincel, brincoteando de un lado a otro como una duendecita ensayando ballet. Una chica encantadora, dice la curandera. Si te laten las muchachas homicidas, claro que sí, dices, o quieres decirlo porque de repente la curandera truena tu espalda y no puedes pensar en nada más.


Yulia pinta y pinta y pinta. Pinta las bayas aunque no hay enebro / mientras tú penas con el cuerpo en quiebro. En este momento, entra un hombre vestido de traje y el siguiente diálogo se lleva a cabo:


HOMBRE: ¿Alguien pidió información acerca de lotes en Ginebra?


CURANDERA: ¿Parezco una mujer interesada en bienes raíces?


HOMBRE: Ofrecemos facilidades de pago.


CURANDERA: Vamos a hacer un lote de ginebra. No escuchó bien.


HOMBRE: Jajaja, yo sé.


Se quita el traje –aunque intenta hacerlo con un ademán dramático, el proceso es largo y laborioso– para revelar la vestimenta de un caballero medieval.


HOMBRE: ¡Soy el caballero Lanzarote, a sus órdenes!


CURANDERA: No quiero nada de ti, muchas gracias. 


TÚ (retorciéndote): ¡Yo sí! ¡Sáqueme de aquí!


CURANDERA: No le pidas nada de él; no te lo recomiendo.


HOMBRE: Escuché que hablaban de la reina Ginebra.


CURANDERA: Pues sí, y de su caída.


La charla es interrumpida por la entrada de Yulia, quien, al ver al caballero, deja caer la canasta de bayas. Lanzarote, con los instintos chavoruquescos afinados por mil años de experiencia, la ve y le sonríe. Por su parte, la curandera está desempolvando un elaborado alambique entre idas y venidas con puñados de cereales que provienen –puedes ver por la puerta trasera entreabierta– de un campo que constituiría el escenario perfecto para otro de los grandes retozos teatrales de Yulia. Aunque, tal como se ven las cosas, el siguiente retozo pinta de otra manera: habiendo desvestido al caballero, la muchacha lo está pintando de color azul para luego afirmar que es la más enorme baya de su cosecha y necesita ser exprimida sin misericordia. Desvías la mirada, maldiciendo tu absurdo idealismo. ¿Qué es lo que te hace subir una escalera suelta cada vez que la ves? ¿Te crees Jacob o qué? O más bien el Juanito ése que trepa una mata de habichuelas para llegar a la casa de un ogro que se come a los niños. Desde ahí te hubieras puesto abusado, pero no. A un lado, la curandera está prendiendo fuego debajo de una caldera para hervir los cereales; el calor es grato, acogedor, como si estuvieras nuevamente frente al hogar después de un largo paseo al aire libre y no tumbado en una estera sucia intentando hacer caso omiso del hecho de que, en un rincón, el caballero azul está montado sobre Yulia como un perro ganoso. Aprietas los ojos, pero en la pantalla oscura de tus párpados aparecen otra y otra de esas malditas rimas: Pinta el hombre y luego lo coge / en lo que el trigo hierva y se remoje. Luego el mosto se fermenta y destila / con las frutas que esperan en la pila. Ginebra, ginebra para todo mal / excepto los de tipo dorsal. Gritas en agonía pero, como el vapor que emana de la caldera, tu lamento se dispersa y se deshace.


Cuando despiertas, el rostro distorsionado de la curandera está a escasos centímetros del tuyo.


—Ten —dice—. Toma.


No te da mucha opción, ya que vierte el licor directo en tu boca. Quema y arde y farfullas y escupes. Detrás de ella, el alambique está chorreando líquido como si el genio que parece tener adentro estuviera sacando las últimas gotas de una reverenda meada. Detrás de él y fuera de foco, Lanzarote –moteado de azul como si acabara de perder en Gotcha– y Yulia –que tiene puesto el saco de su traje– se sientan despatarrados con las espaldas contra la pared y unos vasos caseros en la mano.


—Ginebra —dice el caballero, acariciándola—. Mi Ginebrita.


—No soy Ginebra, ¡basta! —dice la muchacha—. Soy Yulia.


—Mejor —dice la curandera—. Esa mujer conoció un triste fin.


—¡No es cierto! —espeta el caballero.


—Si la obligabas a hacerlo de perrito, no me sorprende —interpones de repente.


Los tres te miran.


—Basta de hablar de esa ruca. Vamos a hablar contigo mejor. —Acercándose, Yulia agarra los dos extremos de tu estera y lo jala, haciendo que te deslices por el piso hasta quedarte en medio de ellos—. A ver: cuéntanos algo.


—¿Por qué? ¿Qué quieres saber? 


—Ay, ¡no seas así! —La muchacha toma un largo trago de su vaso—. Cuéntanos algo, cualquier cosa. 


—La ginebra es un instrumento musical —ofreces de mala gana.


—¿En serio?


—Ajá. Es un tipo de huesera hecha de cañas que se toca con una castañuela.


—¿Ya ves? ¡Yo sabía que iba a tener algo interesante a decir! —Con los ojos brillantes de la emoción, Yulia mueve las manos por el torso de su compañero—. ¡Te voy a tocar como una ginebra!


Gruñes, lo cual atrae el rostro de la curandera otra vez arriba del tuyo.


—¿Y cómo va esa espalda?


Te da vuelta bruscamente, dejándote boca abajo con la boca abierta como un pez globo.


—¡Tócale! ¡Tócale! —grita Yulia entre eructos y carcajadas. Eructajadas. Incluso en tu pesar / logras neologizar.


—Yo vi uno de esos instrumentos alguna vez —dice la curandera—. Fui a Los Baños de Pâquis para tomar un baño y usar el sauna. Y a comerme una fondue. Ah, y que me hicieran un masaje. ¡Qué buenos son! Es una técnica interesante, como así. —Se pone a amasarte, suscitando más gritos de tu parte—. Luego entró un joven de la calle con uno de esos. Siendo suizos, intentaron sacarlo al instante, pero yo dije, “Que se quede.” Y él, agradecido, me cantó una canción acerca de una reina digna y noble, esposa del mejor rey que había tenido las islas británicas, el héroe que luchó contra los invasores sajones.


—Ay, sí, claro, qué casual que te cantó precisamente acerca de eso —dice Lanzarote.


—Así es; que lo creas o no, es tu problema. Y siguió cantando de ese gran hombre que, al momento de unificar su pueblo, fue traicionado por uno de sus propios caballeros que raptó a su casta esposa…


—¡Mentira! —exclama Lanzarote, poniéndose abruptamente de pie y mojando de ginebra a Yulia—. ¡Fue raptada por Mordred! ¡Yo la salvé de la hoguera donde el loco de Arturo pretendía quemarla por adulterio!


—Mmm, ¿y por qué se habrá enloquecido? —dice la curandera, siguiendo con su interminable amasamiento—. ¿Por el colapso de la Mesa Redonda, quizás?


—¿Y me estás echando la culpa a mí?


—Si te queda el saco.


—A mí me queda bien el saco —dice Yulia con una eructajada, pero el caballero ya la está jalando por un brazo para que se pare.


—Vámonos —le exige—. Vámonos de aquí. Esta vieja está tarada.


—Seré tarada y todo lo que tú quieras —dice la curandera—. Pero por lo menos no soy responsable del dominio mundial de la cultura sajona. Podrían haberlos parado desde un primer momento pero, en lugar de eso, te ganó la lujuria. Y ahora controlan todo. Felicidades.


Con un ademán desdeñoso, el caballero jala a Yulia hacia la puerta.


—¡Espera! —exclama ella—. ¡Nadie saca a Yulia así!


—¿Entonces… ? —Pero la muchacha ya está agarrando su equipo y pintando una escalera dorada hacia el cielo.


—¡Adiós, losers! —exclama desde los primeros peldaños. El caballero, al subir detrás de ella, se limita a levantar el dedo medio.


—Qué indecoroso —murmura la curandera.


Tú no dices nada: con un esfuerzo sobrehumano, te incorporas. El dolor fluye por tus venas como un rayo líquido. Tus piernas se disparan y patean la escalera, la cual tambalea un instante y luego se cae, depositando en el suelo a Yulia y el caballero.


Lentamente y con miedo, te pones de pie. Pero el dolor ha desaparecido.


—Me siento mejor —dices—. Mil veces mejor.


—Servid@ —dice la curandera, sacudiéndote la mano.


—Te dejo un par de nuevos clientes.


—Excelente. Sabré qué hacer con ellos.


Y sales por la puerta. El día es templado; las bayas cuelgan, gordas y maduras, por las ramas; y las nubes nadan con despreocupación por el mar elevado. Tú, sin embargo, mantendrás los pies firmemente en la tierra. Es mejor así.


[Nota: “Ginebra” abreva de las tradiciones surrealista y del absurdo para contar su historia, combinando rimas, situaciones deliberadamente inverosímiles y recursos prestados del teatro y los guiones de cine. El efecto es una manera fresca de narrar que rompe con las casillas del realismo.]   


 

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