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COLECTIVO CUENTEROS| Fieles difuntos

Foto(s): Cortesía
Redacción

Bruno era un carterista que vivía con su abuela enferma, sin dinero para las medicinas y con una constante amenaza de desalojo. Todos los días se reunía debajo de un puente con sus amigos para fumar y hacer alarde del botín. Una mañana, le propusieron irse a trabajar a la sierra. La paga era muy buena, pero había que internarse varias semanas. Le pagaron un mes por adelantado. Se despidió de su abuela, prometiéndole que regresaría con mucho dinero.


En un camión cerrado lo llevaron a una casa deshabitada en medio del bosque y junto con cuatro compañeros, lo pusieron a cavar una fosa. Tardaron nueve días de sol a sol. Cuando terminaron, llegó otro camión; el jefe le ordenó a Bruno que bajara la mercancía y la pusiera en la fosa. Contuvo la respiración y sus ojos se dilataron al ver una una pila de cadáveres. Tomó valor para bajar el primer cuerpo, se quitó el paliacate sudado que tenía en el cuello y cubriéndose la nariz, lo jaló de los brazos haciendo que cayera al suelo. Lo echó a la fosa de un puntapié. Al tercer cuerpo, su estómago se desbordó y la ropa llena de tierra y sangre quedó manchada por un líquido amarillo viscoso. Cayó de rodillas. Sintió que lo exprimían por dentro hasta quedarse vacío, y aún así, siguió vomitando hasta dolerle las costillas.


Pidió un descanso y entró a la casa abandonada. Su cuerpo temblaba. Se sentó unos instantes en el único sillón que había y por el ventanal vio el inmenso cielo azul sin nubes. El polvo acumulado en las botellas vacías y pedazos de leña, le hizo estornudar. Al verse rodeado de encapuchados, se levantó con las pocas fuerzas que tenía y fue al baño. Abrió la llave, se echó agua en la cara y vio su rostro pálido en el espejo. Su corazón latía tan rápido, que sentía que rebotaba entre el pecho y la espalda. Sus manos le temblaban con una mezcla de sudor y agua fría. Antes de que pudiera recobrarse, oyó una voz detrás de él.


—¡No sirves para el trabajo!


Sintió algo duro en la nuca, que hizo temblar aún más su cuerpo delgado.


--No me maten, por favor. Prometo no decir nada.


--¡Cállate, me pones nervioso! —dijo el hombre al accionar el gatillo.


Lo volteó bruscamente para verlo a los ojos. Lo último que Bruno vio, fue a un hombre encapuchado que le apuntaba directo.


***


Cuando abrió los ojos, estaba en el piso. Se sintió somnoliento. Pasaron días sin levantarse, sin mover un dedo; los ojos le dolían por el llanto, por abrirlos, por cerrarlos. Le pesaban las pestañas. El único movimiento que hizo fue tocarse la frente y descubrir el hoyo que le había dejado la bala y que se prolongaba hasta la nuca.


Paco llegó dos semanas después, sin hacer el menor ruido. Quedó acostado en el piso, al igual que Bruno. Le habló sin obtener respuesta. Tampoco hizo el menor intento de levantarse. Se quedaron tendidos sin importar que los rayos del sol que entraban por el ventanal, les partieran el cuerpo.


Un mes después, Bruno se fue a sentar en un rincón en el que no había mucha luz, encogió las rodillas y las rodeó con los brazos. Una primera lágrima se detuvo en su pestaña inferior sin caer; las lágrimas guardadas hasta ese momento la empujaron en cascada. Así estuvo un par de días, en medio del silencio. Paco también decidió ignorarlo.


Los días siguientes se quedó en el sillón que estaba enfrente del ventanal. Se acomodaba en medio, se recostaba, ponía su cabeza en el descansabrazo, se acostaba boca abajo, con la cabeza colgando, con las piernas en el respaldo. Experimentó todas las posiciones posibles. En su cara no había ninguna emoción. Se sentía aún más muerto.


—Falta poco para la fiesta de muertos —dijo finalmente Bruno sin ver a Paco a la cara—. Me podré ir de aquí.


—¿Tienes quien te ponga un altar? —preguntó Paco sin dejar de ver el techo.


—Mi abuela. Espero que siga viva. ¿Y tú?


—Mi exesposa. Bueno, espero que lo ponga. Es medio culera.


—¡Puta madre!


Hubo un silencio. Paco se dio cuenta de que a Bruno no le apetecía hablar y siguió tendido en el suelo. Pasaron un par de días hasta su segunda conversación.


—¿Crees que alguien haya rezado por nosotros? —preguntó Bruno sin moverse.


—Ni idea. Igual y rezaron para encontrarnos vivos, pero no para alcanzar la gloria—.


Paco se volteó para verlo. Al sentir su mirada, Bruno lo vio por primera vez a la cara.


—¿Y si nos siguen buscando?


—Pues ya ni pedo, seguirán buscando y rezando. Pero ya no existimos. ¡Ya ni siquiera existen los gusanos que nos comieron!


La relación se fue haciendo más amigable. Algunos días, los embargaba la felicidad y se ponían a jugar con una pelota de plástico que habían encontrado. Otros días, el tiempo era eterno y acostándose en el piso sin decir palabra, cerraban los ojos añorando los días en que estaban vivos. Octubre los sorprendió con las manos entrelazadas.


—¿Tenías novia? —preguntó Paco con una sonrisa.


—Yo era un muerto de hambre. Nadie se fijaba en mi.


—No te creo. Eres galán, aun con tu hoyo en la frente.


—¡Respétame, pendejo! ¿Qué no ves que estoy muerto? —Fue la primera vez que se reía con tanta felicidad—. Bueno, sí tenía viejas, pero nunca amanecí con ninguna. ¿Y tú?


—Andaba con una vieja histérica, pero se enteró en qué andaba y se fue con mi chavito.


—¿Qué edad tiene?


—Tres.


—¿Y tú?


—Veintisiete.


—¿Qué vas a hacer el día que salgamos de aquí?


—Ni idea, ¿y tú?


—Voy a buscar al cabrón que me hizo este pinche hoyo —se tocó la frente y su meñique izquierdo se hundió en el agujero.


—Qué le vas a decir… ¿lo vas a asustar?


Bruno no contestó.


No durmieron la víspera del Día de Muertos. En el sillón, Bruno recargó la cabeza en el hombro de Paco y así esperaron la mañana.


—¿Qué quieres que te pongan en tu altar? —preguntó Paco para hacer menos tensa la espera.


—Pollo rostizado… y mandarinas.


Paco se quedó pensativo mientras lo abrazaba y le acariciaba el brazo, desde el hombro hasta el codo.


—¿Por qué es tan importante para ti saber quién te mató?


—Supongo que es mi derecho. Por cierto, ya nos vamos a ir y no me has dicho por qué te mataron.


—¿Te quieres ir? ¿No eres feliz aquí?


—Algún día tenemos que salir, ¿no? Juntarnos con los otros muertos.


—Supongo que sí.


—No me has dicho cómo llegaste aquí.


—Soy medio explosivo y maté a personas equivocadas. Ya sabes, el jefe no acepta errores.


—Qué culero. A mí me mataron por no hacer bien el trabajo. ¡Como si estuviera acostumbrado a ver un chingo de muertos y enterrarlos!


Al llegar la mañana, apareció una intensa luz azul al fondo del ventanal. Se observaron uno al otro, sus ojos brillaron al saber que saldrían de la casa. Se pararon y se acercaron a esa luz casi cegadora.


—Es hora de irnos —dijo Paco, respiró hondo, le dio un pequeño golpe en la espalda a Bruno y atravesó el ventanal.


Al seguirlo, Bruno chocó con el vidrio. Su felicidad se convirtió en asombro. Lo intentó una y otra vez. Se encarreró y golpeó la puerta con su hombro izquierdo sin lograr abrirla. Lanzó un grito desgarrador y se jaló el pelo. Mientras tanto, Paco había desaparecido. La puerta azul rodeada de un halo luminoso permaneció todavía un par de segundos. Paco regresó a decirle que su esposa había puesto su foto en el altar de muertos familiar.


—Pinche vieja, me dio por muerto, ¡pero ya estoy de este lado!


—No me dejes —suplicó Bruno.


—Lo siento, no quiero regresar.


—No me dejes —volvió a suplicar mientras golpeaba la puerta tratando de romperla.


—Bruno, lo siento… Tu abuela está muerta, nadie te espera.


—No mames. ¡No quiero quedarme aquí para siempre!


—Ten —le aventó una mandarina.


—¡No quiero una puta mandarina, quiero irme!


—Siempre vamos a estar juntos, estamos enterrados en la misma fosa.


—¡Eso no me importa, quiero irme!


—Bruno, perdóname, mereces saberlo. No estaba en los planes tu muerte. Te iban a llevar a otro lado, pero lo estropeaste todo… me pusiste nervioso y te disparé.


La luz se fue disipando y Paco con ella. Cayó de bruces maldiciendo al mundo, a los muertos, a la pinche bala que le había quitado la vida. Gritó una y otra vez hasta quedarse sin voz. No sabía si el dolor era por la confesión o por la ausencia.


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