Esperaba esa llamada desde hacía tiempo. Sabía que llegaría, pero nunca se está preparada para algo así. Mi padre estaba muriendo. Me hice a la idea lo mejor que pude para ir a estar con él en sus últimas horas. Manejaba a la ciudad donde él vivía y el camino, como una anestesia prolongada, me llevó treinta años atrás cuando creía que el Cinturón de Orión eran los reyes magos.
Por la tarde llegamos a la playa de Antón Lizardo, en Veracruz. Los cangrejos salían de sus escondites a buscar comida y el sol daba una tregua al calor. Me quedé mirando las formas de las nubes; catedrales en construcción. Por eso no podía saber que era demasiado tarde para embarcarnos. Por eso y porque no conocía todavía la potencia del mar cuando tiene como aliado al viento. Un hombre que apareció a recoger sus redes nos advirtió: hay viento del norte.
Mi padre puso el mástil con las velas enrolladas en su lugar; esta vez no nos llevaría el viento, en cambio jalaba el chicote del motor una, dos, tres veces, luego intentó bombear gasolina, hasta que, con un rugido, encendió. Me senté en un hueco entre una caja de víveres y el mástil, me aseguré a la orilla y busqué la cara de mi padre. Nos dirigíamos a la Isla de Enmedio en el Golfo de México.
Siempre he amado las playas tranquilas y nítidas en tonos verde esmeralda donde los barcos parecen flotar en el aire y sólo su sombra se proyecta en el fondo. En cuanto zarpamos, bajé una mano para dejar en el agua una estela mientras la lancha avanzaba. Cada año pasábamos una semana en ese lugar. Recuerdo una ocasión cuando tendría cinco o seis años le dije a mi padre: quiero aventarme. Estaba parada en el muelle, mientras veía cómo los más grandes lo hacían. Pues aviéntate y ya, me dijo.
Me lancé con las piernas encogidas esperando que mis pies no chocarán con las rocas o los erizos del fondo. Ese día descubrí el placer de brincar desde el muelle para sumergirme en el agua. Fue ahí donde siendo muy chica aprendí a amar y a temer al mar.
Una vez que el puerto quedó lejos, por momentos pude ver la luz intermitente del faro; aquella construcción monolítica a la que alguna vez, ya más grande, subí para ver las olas con sus puntas blancas como aves en la distancia. Me emocionaba subir por las escaleras de caracol, salir hasta el balcón y sentir el viento en la cara.
Desde el puerto, es fácil reconocer la isla, de manera que, en condiciones normales, el viaje se hace en dos horas. No obstante, a la mitad del trayecto se encuentra un montículo de arena; vestigio de algún volcán, del que sobresale una playa al descubierto, hogar de cangrejos ermitaños y caracolas, sin ningún tipo de vegetación. La rodea una zona de arrecifes que se debe evitar para no encallar. Los pescadores locales saben del peligro que representa ese pequeño islote llamado San Merino.
Esa tarde, con mano diestra, el mar moldeaba a lo lejos con cortinas de lluvia y relámpagos, una tormenta. Entonces las olas empezaron a crecer. La isla desaparecía de nuestra vista para volver a aparecer cada vez que el velero caía en las ondulaciones del mar que se volvía más agitado. La noche, el viento y una lluvia fría e intensa cayeron sobre nosotros. Todo se volvió negro. Imaginaba todo tipo de bestias acechando bajo el piso de la embarcación: seres enormes esperando rendirnos a su dominio para devorarnos. La sola idea de tocar el agua me hacía agarrarme de la orilla con todas mis fuerzas.
Mi padre sabía el rumbo que debía seguir, pero, en medio de la oscuridad le era imposible saber dónde estábamos. Por temor a pegar con las rocas que rodean San Merino, dimos un gran rodeo; fue eso y la tormenta que oscureció todo lo que hizo que perdiéramos el rumbo. Estábamos extraviados en el Golfo de México.
La luz prometedora del faro para esas horas se había cubierto por las nubes. Los relámpagos esporádicos iluminaban el océano; era la única luz que se veía. Supimos que la tormenta estaría sobre nosotros muy pronto, a medida que los rayos amenazantes se acercaban. El ruido del motor y el golpeteo de la lancha sobre el agua se mezclaba con los truenos. No es que no haya querido gritar o llorar, pero como una máscara, me cubrí la cara con un valor fingido. Tal vez no era la única pretendiendo ser valiente, porque nadie hablaba.
En instantes entramos a la tormenta imposible de evadir. Mientras mi padre maniobraba con el motor tratando de hacer que la hélice funcionara con cada embestida para mantener nuestra embarcación firme, las olas se empeñaban en bañarlo todo salpicándonos con chapuzones constantes. Miraba cómo el agua en el fondo del velero me llegaba más arriba de los tobillos, acumulándose cada vez más. Más tardaba en sacar el agua con un bote, cuando otra ola la reemplazaba aumentando el nivel. Era difícil calcular cuándo, pero pronto se llenaría nuestra pequeña lancha.
Las ráfagas de viento e impactos de agua salada contra la cara me hacían llorar en silencio y ya que la sal de las lágrimas y la del mar son la misma cosa, nadie lo supo. El faro seguía oculto en el océano enfurecido que no daba indicios de calma; por el contrario, la lluvia y el viento aumentaban su fuerza. Tenía frío, temblaba sin control. Sentí cómo corrió entre mis piernas el líquido caliente que no pude contener más. Me apresuré a tomar el bote para sacar el agua que seguía entrando con las olas que embestían con fuerza haciendo que el velero se inclinara hacia los lados. Temí que nos volcáramos, que nos hundiéramos, que quedáramos a la deriva en la oscuridad, separados, solos, cada uno luchando por mantenerse a flote en ese mar negro, inmenso.
¿Nos encontrarán flotando después de varios días entre restos traídos por la tormenta, con la cara hacia abajo, los cabellos enredados y la piel blanquecina por el efecto del tiempo y el agua? No quería pensar en eso, pero irremediablemente imaginaba que podíamos terminar así.
Las horas se alargan cuando esperas que amanezca. Nadie sabía que estábamos perdidos. Sólo el hombre de las redes que nos vio partir. Ningún hombre se atrevería a buscarnos con ese tiempo. La única manera de salvarnos era seguir en medio de la tormenta contra las olas hasta que uno de los dos cediera: nosotros o el océano. Hasta que apareciera la luz del faro, única guía en aquella oscuridad.
Por momentos, era el mar que parecía ganar la partida; en otros, mi padre lograba estabilizar la lancha y nos daba un respiro, sin embargo, sólo eran instantes efímeros en los que me soltaba y sobaba mis manos entumecidas por el frío. Había que revisar constantemente la línea del tanque de gasolina, que como línea de vida nos mantenía en movimiento. Nunca fue más necesario tener suficiente combustible. Pero, simplemente, no clareaba.
Cerré los ojos un momento cuando el cansancio me venció, después sentí cómo la lluvia cedía el paso a un viento cada vez menos intenso. Las olas, antes enormes volvieron a ser ondas que nos permitieron relajar los músculos adoloridos. Una vez más busqué la cara de mi padre. Descubrí que desapareció por primera vez desde que zarpamos, hacía más de ocho horas; el semblante duro mostraba cuánto puso en riesgo al tomar la decisión de enfrentar a los vientos del norte. De pronto, una luz intermitente apareció en la distancia; al principio pensé que era otro de los relámpagos que iluminaban el cielo, pero esta vez no hubo el rugir de los truenos que le siguen. Era la luz del faro que a lo lejos prometía, como la mañana cuando abres los ojos y sabes que es otro día, que pronto llegaríamos a la isla.
Encontré a mi padre ahí, postrado con sus años y sus propios temores. Me acerqué a su lecho, le hablé en secreto de la luz que lo podría guiar en este viaje como lo hizo el faro. De cómo al final, siempre llega el día, pero no me escuchaba: enfrentaba su última tormenta.
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