La última vez que visité a Elena, fue una noche de invierno. Recuerdo que soplaba un viento frío que quemaba la piel. Ella había regresado después de ausentarse varios días. La inesperada ausencia generó un rumor que creció como crecen los rumores en los pueblos: “'la jolines' está enferma, tiene sida”. La encontré como siempre, recostada en la cama, a medio vestir, con las piernas abiertas y la botella de aguardiente en la mano. La vela con la que se alumbraba hacía resaltar los cabellos dorados y la punta de la nariz. Sintió mi presencia y dijo: “al fin llegas, tengo frío”. Tomé la cobija que había sobre la cama y cubrí su cuerpo. Preguntó la hora. Eran las siete de la noche.
—Domingo, ¿verdad?, domingo de diciembre. ¡Ey!, ¡jolines!, hace seis meses en domingo nos conocimos, ¿te acuerdas?
Un silencio inundó el cuarto, la vela parpadeaba dando sus últimos suspiros y un fuerte olor a aguardiente flotaba en el ambiente. De pronto el ladrido de unos perros, el crujir de las láminas que azotaba el viento y la respiración bulliciosa de Elena, rompieron el silencio. Aproveché el momento y hablé:
—Elena, escúchame, antes de la medianoche tienes que salir del pueblo.
Ella abrió los ojos como dos grandes platos, se incorporó precipitadamente, alzó la botella y bebió hasta que el líquido se derramó por la comisura de los labios. Estremeció el cuerpo, succionó los mocos, lanzó el escupitajo al piso y respondió:
—¡Bueno!, ¡ostia!, no pasa nada, ésta ¡jolines! se tenía que acabar algún día. Octavio, ¿sabes?, mis zapatillas y tú son los únicos que me han aguantado, ¡ja!, ¡ja¡, ¡ja¡
Reímos a carcajadas hasta inundar el cuarto con un triste silencio. Las zapatillas verde perico me hicieron recordar el día que la conocí: caminaba por la vereda que lleva al único arroyo de la comunidad, se veía muy joven, calculé que tendría unos veinte años. Cargaba una botella de aguardiente que alzaba cada que los tacones se hundían en la tierra. “¡Ey!, ¡Jolines!, ¡ayúdame¡”, gritó y, sin más, puso la mano sobre mi hombro. En todo el trayecto no dejó de lamentarse, decía que hasta el aire que respiraba le dolía. Después de esa tarde comenzó a recibirme los domingos en el cuarto de lámina donde vivía. Me invitaba un trago, sentarme junto a ella. Hablaba de cómo a su madre le urgía que creciera. “Si, así como lo escuchas”, recalcaba: “a mi madre le urgía que creciera para esterilizarme como a las perras y ofrecerme a sus amantes”. De cómo logró salir de España para irse a Estados Unidos. Del accidentado pero esperanzador camino hacia el pueblo del que Claudio le habló maravillas. “Y todo para qué, ¡ostia!”, se lamentaba, “para que el muy gilipollas me echara por un culo. Y tú, Octavio, ¿nunca te has enamorado?,” interrogaba, bebía y hablaba hasta olvidarse de la pregunta. Platicarle de una vida tan simple a mis 35 años y contarle de mi intento fallido al querer cruzar la frontera por el río Bravo, no tenía sentido. ¡Ay!, Elena, ya pasaron seis meses; tú bebiendo cada vez más, y yo conociendo tu vida y simulando tenerte de amante para menoscabar las habladurías de la gente. Cuánto deseé estar contigo, cuánta curiosidad por descubrir los misterios que a tu corta edad te habitan; sin embargo, me bastó escucharte y estar lo más cerca posible de ti para mirarte y contemplar tus ojos azules empotrados en ese pálido rostro.
Elena se recostó, lloró en silencio. Verla tan alicaída me hizo sentir el hombre más miserable. Decidí no comentarle que el rumor sobre su enfermedad se había extendido, que la autoridad exigió, a los hombres, juntar el dinero para sacarla lo más rápido posible del pueblo y que las mujeres de sus “tequios”, como ella llamaba a sus amantes, estaban enardecidas y decididas a incendiar su cuarto si no salía antes de la medianoche.
Le recordé que faltaba poco tiempo para su partida, sonrió, se aferró a la botella y me pidió que la abrazara. La abracé y dijo: “¿Sabes?, estoy acostumbrada a que me echen. Me da igual vivir en cualquier lugar. Había pensado que este pueblo donde el viento sólo arrastra miseria era el fin del mundo. Ya veo que no; el fin del mundo también es la tierra que me echó y a la que juré regresar sólo muerta”. Elena se incorporó, se limpió las lágrimas, sacudió la nariz y lanzó con fuerza el moco al piso. Puso la botella de aguardiente en mi boca y deslizó la mano entre mis piernas, sentí cómo fluyó aceleradamente la sangre por mi cuerpo que se expandió entre mis pantalones sediento de apretar su cuerpo contra el mío. No esperé más; le besé los ojos, la frente, el cuello, y grité: ¡te amo, Elena! Ella sonrió, dejando al descubierto entre los delgados labios unos dientes blancos que parecían huesos atrofiados. Elena puso de nuevo la botella en mi boca y bebí hasta vaciarla. “Abrázame, tengo mucho frío”, balbuceó. La tapé y la envolví entre mis brazos, escuché su respiración anhelosa, seguí el ritmo de los latidos de su corazón y se apagó la vela. Un fuerte mareo me hizo girar a gran velocidad, sentía que retachaba contra las paredes de lámina. Hacía todo el esfuerzo por no cerrar los ojos pero, en menos de lo que canta un gallo, ya no supe de mí.
La saliva salobre que inundaba mi boca, un fuerte dolor de cabeza y el intenso frío me hicieron abrir los ojos. Boté con brusquedad las zapatillas de Elena que tenía sobre mi pecho, me incorporé sobresaltado y vomité enérgicamente los residuos de aguardiente. El olor dentro del cuarto era repugnante y la oscuridad me hacía sentir en un abismo. Saqué el último cerillo que quedaba en la caja, lo encendí, miré la hora, faltaba un minuto para que desapareciera el domingo. Acerqué la luz al rostro de Elena, estaba transparente, sus ojos miraban fijamente al techo y de sus labios asomaba una tenue y congelada sonrisa; se apagó el cerillo, tocaron a la puerta.
"Un silencio inundó el cuarto, la vela parpadeaba dando sus últimos suspiros y un fuerte olor a aguardiente flotaba en el ambiente. De pronto el ladrido de unos perros, el crujir de las láminas que azotaba el viento y la respiración bulliciosa de Elena, rompieron el silencio".
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