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COLECTIVO CUENTEROS| Destino

Foto(s): Cortesía
Redacción

Maté a Pablo hace diez meses por haberme sido infiel; le puse dos balazos, uno en el vientre y otro en el corazón; quería hacerlo sufrir como lo había hecho conmigo. A diez días de nuestra boda, me había hablado de una sorpresa que tenía preparada: un ascenso y un cambio de residencia, no me quiso dar detalles, pero me aseguró que sería algo genial.


A Pablo lo descubrí muy temprano en mi vida; me enamoré en la primera mirada. Sacrifiqué mucho por ayudarlo a ser lo que él quería ser, trabajé para apoyar sus estudios y para alimentar a nuestro hijo. Cuando me dijo que quería casarse conmigo, pensé que sería al fin la mujer más feliz del mundo, planeé la mejor boda que una mujer podría desear, hasta en su más mínimo detalle.


⎯Estaré ocupado esta tarde- dijo aquel día -ve a donde quieras y hablamos esta noche.


⎯Estoy muy cansada, me quedaré en casa.


Sin embargo, a insistencia de mi madre, decidí salir al cine con ella. No sabía porqué, si casi ni ve, pero quería complacerla. La película ya había comenzado cuando llegamos, nos sentamos y… ¡Dos filas abajo estaba él! Era Pablo, con una tipa de su oficina. Se comían a besos y acariciaban por debajo de la ropa. La sangre me hirvió, sentí náuseas y un dolor horrible en la cabeza. Pensé en enfrentarlo, pero no pude. Tomé de la mano a mi madre y salimos tan aprisa, que la pobre casi se cae. Le dije que la función había terminado, total, no iba a poder desmentirme.


Cuando Pablo llegó a casa y entró a la recámara, yo había bebido media botella del whisky que tanto presumía a sus amigos. Lo esperaba con la pistola que él guardaba, dizque para protegernos del mal.


-Te vi en el cine.— Dije apuntándole —Ahora explícame qué está pasando.


⎯Pues qué bueno que ahora lo sabes, ¡porque ya no te aguanto!, tu obsesión por la boda me da risa, estás loca, eres una pobre pirada que no vale nada. Me iré con Alejandra a Colombia. Nos casamos en Cartagena. ¡No en Medellín! 


Sin decir nada, le solté el primero en la panza.


Lloró e imploró el muy cobarde, rogó por su vida recurriendo al miserable argumento de ser el padre de mi hijo. 


Esto es cuando lo rematé.


El cuerpo estuvo en casa dos días en la tina del baño y cubierto de hielo hasta que pude encontrar la manera de llevarlo a las afueras de la ciudad. No sentí remordimiento por haberlo matado, hasta desayuné con su cadáver, y fue una delicia no escuchar su voz exigiendo su café. 


Lo dejé tirado en un camino de tierra, con una narcomanta clavada en el bulto donde lo metí.  “Moristes por aber sido un soplon Rata traicionera te quedas aki como avertencia pa tus compas”. Y hasta entonces lo declaré desaparecido a las autoridades. 


Desafortunadamente, dejé muchas huellas en la escena y me arrestaron; aunque para mi suerte, el juez al que asignaron mi caso era un hijo de la chingada al que le gustaba el dinero fácil y las mujeres guapas. Pude salir bajo fianza, y meses después se “borraron” los cargos. Al menos, el dinero del pinche Pablo sirvió de algo.


Han pasado diez meses desde que el caso cerró, y anoche mi madre me pidió que la acompañara a la boda de la Susy, la hija de su mejor amiga. "Como si yo estuviera para bodas", pensé. 


En la iglesia, la novia se veía más o menos bien, pero horrible el peinado; el velo era feo, el ramo gigante y le ocultaba la cara. El vestido tenía incrustaciones de perlas y flores bordadas en plateado. Demasiado blanco a mi parecer.


Me puse a pensar que el tiempo siempre se detiene cuando una novia camina hacia el altar,  y el olor de las lilis en flor hacen pensar en pureza, también en un cierto aire de poder, un poder para detener el tiempo, para que todos y todas miren a los novios, pero en especial a la novia. En ese momento, la novia es una diosa inalcanzable.


Ya en el salón de fiestas, yo vestida de rojo, bolso negro y tacones altos de charol, guié a mi madre a la mesa que nos asignaron; a mi lado estaba el hombre que todas quieren.


Por segunda vez en mi vida me sentí atrapada en un enamoramiento instantáneo. "Pero esto no me pasará otra vez", me dije a mí misma".


⎯Soy Arturo.


⎯Me llamo Isabel, mucho gusto.


Mi madre se puso suspicaz y entrecerró los ojos para tratar de ver bien. Arturo le tendió la mano y ella le devolvió el saludo con la voz, pero no con la mano. 


El estómago me dolió, no eran mariposas, era toda el arca de Noé la que se movía en mi interior. Aquel hombre vestía un traje gris, su piel morena era encantadora, de unos 35 años o quizá un poco más. Se veía feliz, y eso me parecía lógico, pues iba a conocerme; la música comenzó tan pronto terminó la cena. 


⎯¿Bailamos? 


⎯Sí, bailemos.


Pensé que nunca se atrevería a invitarme después de la actitud de mi madre. Y antes de que mi madre pudiera objetar, me levanté hacia la pista.


Han pasado unas semanas desde aquel baile y he salido con Arturo en varias ocasiones, hemos hecho el amor en todos los lugares imaginables, especialmente en los que lo hacía con Pablo; cuánto maldito placer me trae eso. 


 Por ahora solo pienso en el mañana, en la nueva vida que comenzaré con Arturo, no sé si quiera casarse conmigo o no, pero eso ya no me importa como antes, se lo juro. Y en mi jardín, ahí junto a las lilis, una cajita enterrada aún guarda la pistola con la que maté a Pablo. Nunca se sabe cuándo podría volver a necesitarla.

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