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Colectivo Cuenteros| Cadejo (primera de dos partes)

Foto(s): Cortesía
Redacción

—¡Sé que me escuchás y me ves! ¡Te puedo sentir todos los días! ¡No sé cómo sucedió, pero aquí estoy! ¡Aparecete vos te digo!


Parada en lo alto de la montaña, lanzaba en tono de desafío y desesperación las palabras al aire. Sólo el eco le respondía.


***


Él esperaba a Julieta en el mismo lugar. Llegaba una hora antes que la camioneta de carga que llevaba a los trabajadores de la planta de pescado de regreso a la colonia. En cuanto la veía, levantaba la cabeza. En el cuello colgaba un collar de cuentas de pedernal. Las personas le temían y los animales se alejaban cuando lo veían acercarse. Por eso le decían “Cadejo”. Julieta lo acariciaba y le decía en tono de juego:


─Ah pue’ chulo, ¡esperame!


Él le lamía la cara y las manos. Movía animoso la cola y juntos emprendían el regreso a casa. En cuanto los veía venir, la tía Benita se persignaba; hacía cuatro cruces en el cielo y cerraba la puerta.


—¡Por el amor de Dios, Julieta, ese perro es un cadejo! ¡Ay nana… vos ‘tas maldita!


Julieta reía y contestaba:


—¡Ideai, tía! Son puras supersticiones... es sólo un chucho, tía.


***


─¡Uh, qué galana! —se dijo a sí misma mientras se peinaba frente al espejo. En la imagen resaltaban unos ojos chispeantes, confiados, negros como la noche. Vivía sola. Su madre había muerto hacía ya seis años. Su única compañía era el perro, que en cuanto murió su madre apareció como si supiera que necesitaba compañía. Cadejo era su sombra. Parecía como si el animal la entendiera y supiera sus necesidades. Cuando le platicaba de sus aflicciones, él se acercaba y ponía su enorme cabeza en su regazo; de inmediato todo su cuerpo entraba en paz. Ella lo abrazaba y le decía:


─Si vos sos un cadejo, sos de la buena y no de la mala suerte.


***


Algunas noches, el perro salía después de dejarla en su casa, regresando temprano para acompañarla en el viaje de ida a su trabajo. Esas mañanas, ella le reprochaba:


─¡Ajah burro! ¿Dónde has estado pue’? Andate que se hace tarde.


El perro la miraba con sus ojos color de mar, que parecían mostrarse divertidos ante el reproche.


***


Una mañana, mientras pasaba el estropajo por sus piernas y sentía la frescura del agua resbalando hasta sus pies, evocó un sueño que había tenido en repetidas ocasiones, de un año para acá. Era tan vívido que, de recordarlo, sintió una sensación que recorrió todo su cuerpo y palpitó justo ahí donde se sabía mujer. Era un sueño raro y siempre el mismo. Veía que llegaba Cadejo a la casa, se paraba frente al portón del patio. A medida que iba entrando, como si de un traje se tratara, de éste iba emergiendo un hombre alto, fuerte, la tez caoba en contraste con los ojos de color azul marino. Su mirada profunda, fuerte, penetrante, con una chispa de ternura que le producía miedo y placer. Despacio, suavemente se deslizaba dentro de la sábana. Era tan intenso el sueño que despertaba con olor a sudor y sexo en su cuerpo.


***


Cadejo no había pasado la noche ahí. Llegó temprano y estaba inquieto, como si quisiera avisarle algo. Corría de un lado a otro. No la dejaba avanzar en lo que hacía. Ella estaba apresurada. Cadejo la jalaba de la falda para detenerla.


─¡Y vos qué tenés, pará ya! ¡Andate vos! ¡Dejame! ─vociferó enojada, al tiempo que le tiraba una piedra.


El perro no se movió; sólo le lamió los pies y no la dejó avanzar. Con dificultad, llegó al camino cuando la guagua ya estaba por partir. Subió de prisa. El perro aullaba de una forma que erizaba la piel. Al poco tiempo, la camioneta desapareció en el camino. Él se quedó entre el polvo: un espectro parado en medio de la nada.


Ese día, Julieta tuvo mucho trabajo. Cuando salió, el transporte de regreso a casa se había ido.Movió la cabeza y dijo en voz alta:


─¡Jooder!


En la oscuridad del camino brillaban los ojos de Cadejo, que la estaba esperando. Sorprendida, se acercó para verlo bien.


─¡Ideai tú, movete pue’, Cadejo! Andate que hay que agarrar camino pa’ la colonia.


Olía a tierra húmeda, mezclado con el olor dulzón de la fruta que cae y se pudre. Había llovido; eso ayudaba a que el calor y la humedad hicieran más denso el aire aunque la noche, en contraste, estaba extrañamente tranquila. Se estremeció. Un sabor amargo llenó y secó su boca.


─¡Ah, Cadejo! ─exclamó ella con voz preocupada─. Es viernes, que no vaya a estar la hombrada de bolos ahí en la entrada del camino. ¡Ay, nana!


Continuará…

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