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COLECTIVO CUENTEROS| Anita

Foto(s): Cortesía
Redacción

El bar de Alejandro estaba despiadadamente bien administrado. Los tragos se cobraban por ronda, las promociones eran individuales y no había tragos gratis para nadie. Entonces, ¿por qué seguíamos yendo? Cada quien habrá tenido sus razones. La mía se llamaba Anita.


Anita era la mesera estelar y mano derecha de Alejandro. Tomaba los pedidos sin anotarlos y repartía las bebidas sin preguntar quién había pedido qué. Mantenía limpias tanto las superficies como las cuentas e incluso fungía como sacaborrachos.


Yo la miraba embelesado. Ni siquiera parecía mexicana sino, no sé, polinesia con sus ojos almendrados, cejas arqueadas y lo que suponía era una larga y sedosa melena negra que mantenía en estricto confinamiento dentro de un chongo que coronaba su cabeza como una campana y le agregaba un par de provechosos centímetros más.


—Ahora se hace la desentendida —me dijo Javier mientras ignoraba otro de sus varios saludos—. Pero la otra noche, en el after, bien que bailamos unas bachatas pegaditos.


—¿Bailó contigo… en un after?


—¡Sí, aquí mismo! No me digas que no sabes de los afters de Alejandro —prosiguió—. Son legendarios.


—Legendarios en tu mente.


—No, cabrón, no. Y si quieres con ella, y sé que quieres, sugiero que encuentres la manera de estar en uno.


Al indagar, descubrí que el bar gozaba de una segunda vida. De vez en cuando y sin ninguna pauta, Alejandro invitaba a algunos de los presentes a quedarse después del cierre para una fiesta, cortesía de la casa. Y no cualquier fiesta, sino un reventón digno de los días del paganismo. Así, lograba que la gente acudiera a su local vez tras vez, con la vana esperanza de que ésa pudiera ser la noche de sus tristes vidas.


Una noche, rumiando la cosa mientras Alejandro cotejaba el nivel de líquido en las botellas con su inventario digital, me di cuenta de algo que había estado frente a mis ojos todo ese tiempo: aquel hombre no hacía nada al azar. La idea de que se le ocurría hacer fiestas “espontáneas” era un mito. Los afters, por ende, tendrían que ser planeados con anticipación, lo cual crearía un rastro de evidencias físicas. No detrás de la barra, confirmé, pero quizás…


En el patio, había dos cuartitos: uno servía como un segundo baño, el otro como almacén. El segundo lo mantenían bien cerrado, pero por medio de la ventanita, podía divisar su contenido. Si fuera a haber un pico repentino en las existencias –señal de una pachanga inminente– sería bastante obvio.


—¿Qué haces ahí? —exigió una voz conocida. Era Anita.


—Ehh… es de… ¿Éste no es el baño?


—La otra puerta —dijo, respuesta apagada por el cigarro que apretaba en los labios. Luego agregó—: He visto cómo me ves, ¿eh? Y no me gusta.


—¿Por qué?


—Porque me incomoda.


—Es que… eres muy bella —atiné a decir.


—Como sea. Quiero que dejes de hacerlo. —Apagó la colilla y la tiró en el tambo—. Cuidado con la puerta del baño, se atora. —Y se fue.


Con eso, dejé de ir al bar de Alejandro. Iba a uno que otro café para dejar descansar el hígado, recorría las afueras de la ciudad en bici o sencillamente me quedaba en casa con un plato de tacos árabes y una película o un partido en la tele. Y me divertía, la verdad. No tenía por qué circunscribir mi vida social a un solo y casi paródicamente severo local del centro. Por supuesto que la banda, encabezada por Javier, me tachó de derrotista.


—Ya, basta de pucheros —dijo una noche que me llamó medio ebrio—. Nunca te van a invitar a un after así.


—¿Te escuchas? —dije—. Qué patético basar mi vida en ser invitado a una pinche fiesta.


—Es que no has estado en una, cabrón.


—Y no voy a estar.


Colgué, pensando haber puesto punto final. Ni veinte minutos más tarde, sonó el timbre.


—¡Trajimos el after hasta ti! —Era Javier con una bola del bar de Alejandro.


—¿No trajeron algo, por lo menos? —pregunté a Javier, el último en entrar.


—Ahorita hacemos coperacha, no te preocupes.


—Oye, ¿y Anita? —dije, escudriñando al destacamento invasor, cuya delantera ya estaba hurgando en mi cocina.


—¿Eh? Dijo que ahorita llega.


Me emborraché esa noche. No una de esas jocosas embriagueces de fiesta llena de risas y retadoras pero controladas subidas de tono, sino una escandalosa y agresiva borrachera que sólo pude llevar a cabo sin consecuencias porque gozaba del título de anfitrión involuntario de la tertulia. En algún momento, autoexiliado en el patio, me encontré en profunda conversación con El hierbas, el mariguano en residencia del bar de Alejandro.


—Es muy sencillo, carnal —dijo, sacudiendo su herboso cabello —. El bar representa el orden primordial que surge del caos. Pero para que una cosa sea consciente de otra, tiene que haber una separación. Entonces, con tal de poder contemplarse, la unidad original se divide. La dualidad.


—Si el bar es la unidad, ¿cuál es la dualidad?


—Los antiguos mesoamericanos representaban la dualidad por medio de su calendario. El Xiuhpohualli y el Tonalpohualli, el sol y la luna. En nuestro caso, el xihuitl, es Alejandro. Y el tonal es la temida Anita.


—’Tas pirado, güey —le dije.


—Dime lo que quieras, pero este descubrimiento permitió resolver el misterio que a ti te tiene perplejo. Un ciclo completo de los calendarios se llama un xiuhmolpilli y se completa cada 52 años.


—¿Tengo que esperar 52 años para …?


—En nuestro microcosmos, el ciclo se completa en 52 días. Cuando Alejandro enciende el fuego nuevo por medio de un festejo que ustedes llaman vulgarmente un after.


A la mañana siguiente hice el cálculo y descubrí que el siguiente tendría lugar en quince días. Entre semana; genial. Entré en el bar alrededor de las diez de la noche. El hierbas se limitó a hacerme un discreto guiño. Me acomodé en la barra y pedí una cerveza; luego, otra y otra. Nadie me hacía caso. Ya me iba, cuando Alejandro se me acercó:


—Oye, unos amigos se van a quedar después del cierre, ¿quieres acompañarnos?


Me volví a acomodar mientras él escoltaba a los clientes a la puerta y corrió el cerrojo. Cuando se dio vuelta, tenía una mirada de otro mundo.


—Bueno —dijo—, a ver si logramos divertirnos un poco hoy.


Aparecieron cervezas y vinos y espirituosos. Beber y disfrutar, decían Alejandro y Anita saludando y presentando a todos para desencadenar la fiesta. Había brío y ruido, el alegre alboroto de voces mezclándose. Varios de los convidados trajeron instrumentos para echar palomazos y amenazaban con convertirlo en baile. El alboroto se acompañaba ahora del tamborileo de pies en el piso, tum-taka-tum, tum-taka-tum y luego Anita, con la melena liberada y la falda volando, me sacaba a la improvisada pista moviéndose como alguien que sabe bailar y sí, me dijo que estudia danza y trabaja aquí para pagar las colegiaturas y Anita está cerca muy cerca y quiere saber de mí y le digo que soy diseñador gráfico como todo mundo ahora y dice que he de dibujar bien y le digo que más o menos, pero que mayormente ando moviendo el ratón en Illustrator y me pregunta si es albur y le digo que no y que no me haga y que en serio y qué bueno que no ofrezco dibujarle como cualquier otro deficiente mental y estamos bailando otra vez; cómo me encanta y más íntimo con mis manos sosteniéndole la espalda y su cabeza descansando por ratitos en mi pecho hasta que se acuerda y se yergue; pero luego otra vez en mi pecho por más tiempo y hablamos de cómo llegamos a la ciudad y si nos gusta y los dos más o menos; pero yo más más que menos y ella más menos que más y tengo que ir al baño; hay una fila enorme para el que está adentro, pero tengo mi comodín porque sé que hay otro en el patio y le digo que regreso en un minuto, no menos cinco y los dos nos reímos y estoy orinando y pensando en el próximo paso, quedarnos otro rato más aprovechando el ambiente; luego, invitarle a mi casa, vamos en taxi; que al pendejo de Javier no se le ocurra estar ni a un kilómetro alrededor; me miro en el espejo y nada mal, Carlos, nada mal.


Y la puerta se atora. Empujo y empujo y no se mueve. Le doy como futbolista de americano hasta que me duele el hombro, luego cambio de lado, en vano. Cada minuto es más probable que Anita se olvide de mí, que ya esté platicando con otro, bailando… Me envuelvo la mano en mi camiseta y rompo uno de los cristales. Saco la otra torpemente y me corto. La primera ya está sangrando del impacto. Sacudo la manilla, forcejeo, golpeo la puerta y ¡sí! Abre. Corro hacia adentro.


Y es como si la música se hubiera detenido. Estoy sangrando de las dos manos y mi ropa está llena de rojo. Anita me ve y va por un botiquín. Han empezado a punzarme las manos. Saca los pedacitos de vidrio, me conduce detrás de la barra y me lava las heridas en el lavabo con agua y jabón, pasa un algodón encima con alcohol y envuelve las manos en gasa. Insiste en llevarme. Me pide un taxi y subimos en medio de un silencio sepulcral.


Me deja en el umbral de la puerta. Quiero pagarle los taxis, ida y vuelta, pero con mis manos hechas guantes no estoy ni cerca de poder sacar mi cartera.


—Está bien —dice—. No te preocupes.


Quiero darle por lo menos un abrazo de agradecimiento. Lo acepta, aunque con rigidez. Luego, alegando que me voy a hacer mal, se zafa y me da las buenas noches.


—Buenas noches —contesto.


Ya ha bajado a la banqueta.


—¡Anita! —grito.


Se da la vuelta.


—No me mires así. Ya te dije, ¿eh? Me incomoda.


Desvío la mirada. Cuando la busco otra vez, se le ha tragado la noche.


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