—Señora, es un placer conocerla —dijo el Estudiante sonriendo.
Tía Praxedis tomó de la mano a Cielito y antes de retirarse, recorrió, en un segundo, al joven: un mechón de su cabello ondulado le acariciaba la frente, vio en sus ojos el verde de su blusa y cuando observó sus labios, se quedó un instante estática. Inmediatamente, sacudió y jaló la mano de Cielito y dejaron la fiesta.
—No me gusta ese joven, hija.
—Pero, mamá… ¿qué no te gusta?
—No sé, algo, y no lo volverás a ver.
Cielito siguió vendiendo pan y escuchando: “no quiero que andes con ese muchacho, como sepa yo que te ves con él, pobre de ti”. “Eres buena hija, sigue así”. Ella contestaba: “confía en mí, mamá”. Pero a dos cuadras de su casa la esperaba todos los días el Estudiante y recorrían juntos calles y veredas hasta que terminaban su venta entre risas y pláticas interminables.
Cuando el rumor le llegó a tía Praxedis como cuento romántico, ella no lo creyó.
Uno de esos días en que Cielito regresaba contenta de su venta de pan, le pidió a su mamá que le platicara sobre el momento en que se conocieron ella y su papá. Tía Praxedis la complació.
—Él era supervisor de los maquinistas. La tarde en que llegué donde estaba descansando con sus trabajadores, se quitó el sombrero, agachó un poco la cabeza, y me dijo: Señorita, déjeme usted la canasta completa y dígame cuánto le debo. Al ver que me quedé quieta abrazando mi canasta de pan, se me acercó y me dijo: mi nombre es Luis Ángel, a los pies de usted, chula. Luego me vio de arriba a abajo. Quise desaparecer, puse un pie encima del otro porque andaba a ráiz.
Rieron. Cielito se sintió contenta como si hubiera descubierto la receta para un nuevo pan.
Un día de los últimos de agosto, Cielito no regresó a su casa. Su madre encontró las canastas y el dinero de la venta a la puerta de su domicilio con un recado: “Mamá, no te preocupes, estoy bien, pronto tendrás noticias”. Tía Praxedis pensó, en primera instancia, que era una broma; “mi niña de mi vida no puede hacer esto”. Después se echó a llorar frotándose las manos. Caminaba de la cocina al corredor de la calle, se secaba las lágrimas y se asomaba. La primera clienta de ese día fue una quien rara vez iba y tenía fama de chismosa.
—¡Buenas noches, Praxedis!, ¿sola estás? ¿Y tu niña?, qué digo niña, Cielito ya es una señorita, y no hay quien no esté enamorado de ella.
—No tarda en llegar.
–¡Ah!, entonces es mentira lo que me dijeron; que Cielito y el Estudiante se embarcaron en el autobús que va a Puerto México. Yo solo te digo lo que dice la gente. Nadie los vio abrazados o besándose, eso habla bien de tu hija, Praxedis, pero la noticia es que Cielito se julló con el Estudiante. Tan bonita pareja que hacen, la mejor, Praxedis.
—Aquí está su pan, son sesenta centavos. Que le vaya bien.
—Ay nana, si estamos platicando bien.
Tía Praxedis cerró su casa, ya no esperó a las demás clientas. Esa noche no durmió. Pensaba en ir a la presidencia a demandar al Estudiante o al joven que lo llevó al pueblo o a don Juan, el papá de ese muchacho, a quien nada más le contestaba el saludo, pero recordó el recado de su hija.
Al otro día, en el pueblo se esparció la noticia como aroma de pan caliente; “Qué calladito se lo tenían”. Tía Praxedis no perdía las esperanzas de que su niña regresara. Afianzaba su fe cada vez que recordaba el recado de Cielito.
Pero al tercer día nada fue suficiente para mantener su confianza y fue a la presidencia a denunciar su pérdida. Días después, lo único que le informó el juez fue que don Juan y su hijo habían salido de improviso del pueblo a ver a un amigo que tuvo un accidente, y que del Estudiante no sabían nada. Regresó a su casa haciendo migajas el “tenga usted paciencia” que le dijo el señor juez al despedirla.
Catorce días después, Cielito regresó acompañada del Estudiante. Recorrieron las calles sonrientes desde la carretera hasta su casa. La gente los veía asombrados y no faltó quienes los saludaran con gusto. Tía Praxedis los recibió seria.
—Mamá, perdóname, él es Lu...
—¡No me interesa quién es! Dime, ¿por qué te fuiste?
Tía Praxedis ignoró al Estudiante, quien sentado junto a Cielito, contemplaba la escena.
—Él me dijo que su papá tuvo un accidente, que estaba grave, me pidió que lo acompañara porque a su papá le iba a hacer bien que yo fuera.
—¿Y de cuándo acá un desconocido es más importante que tu madre? ¿Y por qué iba a estar bien si te veía?
--Porque ese desconocido es mi papá y este joven, el Estudiante, es mi hermano Luis Ángel.
Tía Praxedis recorrió al joven: un mechón de su cabello ondulado le acariciaba la frente, vio en sus ojos el azul de su blusa y recordó el rojo de los delgados labios del papá de Cielito y alcanzó a decir.
—Se parecen.
—!Ah¡ Mi papá se recuperó —dijo Cielito.
—Y le manda saludos —agregó el Estudiante.
"Al otro día, en el pueblo se esparció la noticia como aroma de pan caliente".
Correo: [email protected]
Facebook: Colectivo Cuenteros
Twitter: @CCuenteros
