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Angustia: Estampas de Decepción

Foto(s): Cortesía
Redacción

–Ciro ha estado raro; le pega a los animales, se le olvidan algunas cosas y habla poco. Cuando le pregunto, dice que no tiene nada. No creo que sean sus amigos los que lo están echando a perder. Espero equivocarme en lo que estoy pensando.


   –¿Y qué piensas?


   –Cosas, mujer, que nada más preocupan a uno. Pero pueden cambiar si le decimos a nuestro muchacho que se haga responsable de hacer la milpa él solo. Le podemos decir que ocupe la yunta y le regalamos el caballo. ¿Tú qué dices, mujer?


   –Tu sabes de eso. ¿No estarás pensando en casarlo ya? –preguntó Josefa.


   –No, ya tiene novia, pero no para casorio –dijo Facundo.


   Josefa le echó agua a la masa que tenía sobre el metate y Facundo quedó viendo a través de la ventana hacia el patio donde Ciro, su hijo, daba de comer al caballo.


   –¿Tanto te preocupa lo que estás pensando, que ya quieres darle responsabilidad de hombre? –soltó Josefa.


   Mientras torteaba la masa, veía de reojo a su esposo, quien ahora parecía animal enjaulado.


   –¿Y ora qué te pasa? Parece que trais un tábano.


   –Nada, mujer, esos pensamientos que quieren salir, pero yo no quiero.


   –No quieres ¿qué? Ya déjalos andar afuera, antes que se te enreden en la cabeza.


   Facundo se acercó al fogón.



   –Pue que tengas razón, pero no te vayas a preocupar –dijo Facundo–. Antier que fui al centro, mientras veía el paseo del circo, me dijeron que el capataz de la mina vino al pueblo y les estuvo hablando a unos muchachos, entre los que estaba Ciro, para convencerlos de que trabajen con él.


   –¡Dios nos libre! ¡Sosiégate! Ciro sabe muy bien de las muertes y enfermedades que agarran ahí. No, no –dijo Josefa.


   Sacó dos totopos del horno, y más roja que antes, se paró frente a su marido y arremetió.


   –Acuérdate de Bertin y Enobey, uno muerto y otro enfermo, además del hijo de Jeremías que desapareció. No, m'hijo no.


   Cuando escucharon que Ciro iba llegando, Josefa se asomó al corredor y Facundo se sentó fuera de la cocina.


   Me voy a trabajar... a otro lado. –dijo Ciro


   Josefa recibió el golpe. Con el corazón en la garganta y la mano derecha agarrada al palo que hacía de marco de la puerta de la cocina, pudo decir:


   –¿Y... adónde vas?


   –A buscar la vida, mamá –contestó a tres metros de ella.


   –Pero, m' hijo, ésta es tu casa, tienes trabajo con tu padre. Aquí está tu vida, ¿por qué?- preguntó Josefa.


   –Es por un tiempo, voy a traer dinero para trabajar con mi papá. Voy a estar bien.


   Ciro centró su mirada en su padre, quien estaba haciendo manojos de ejotes frente a un costal.


   Pero Facundo no dijo nada. Josefa esperó, le gritó en silencio con la mirada empañada, le dijo que  hablara, ¡que lo detuviera! Es nuestro único hijo, Facundo. Tú, como hombre de esta casa, debes hablar con él. Dile que el caballo es suyo, que ya lo habíamos platicado. Y que disponga de la mancuerna de bueyes.


Cuando vio que Facundo estaba pasmado amarrando sus ejotes, Josefa quiso decírselo ella; pero sintió un hormigueo en los pies que le fue recorriendo el cuerpo. Con dificultad caminó hacia su hijo y lo abrazó fuerte. En un instante sintió una alegría inmensa como cuando lo tuvo por primera vez en sus brazos hacía quince años. Pero enseguida experimentó una tristeza que le debilitó las piernas y se aferró a su hijo. En ese momento, su garganta aventó el llanto que tenía acumulado. Labis y Canica, echados junto a la tinaja grande, levantaron la cabeza y la mirada hacia madre e hijo; las gallinas dejaron de cloquear y salieron del corredor. Facundo perdió la cuenta de cuántos ejotes amarrar en cada manojo, pero siguió agachado pensando ahora en los planes que tenía para sembrar maíz, el ejote, la calabaza, en el terreno ocioso que le iba a pedir a su compadre, para que lo trabajara junto con Cirito, en esparcir las semillas de jamaica y la cosecha en grande y en otra yunta.


   Ciro abrazó a su madre, la sentó en la silla más próxima, se hincó y le dijo:


   –Mamá, tengo que irme; si me quedo, no voy a pasar de campesino trabajador y responsable. Dicen que me van a pagar mucho dinero. Me voy y…


   Ciro siguió hablando y Josefa escuchaba al capataz que con cada palabra aceleraba a la liebre, en desbandada, que ahora ella tenía en el corazón. Empezó a sudar y a sentir un leve temblor en el cuerpo. Detuvo de pronto la respiración de caballo encarrerado y dijo:


   –¿Que la chingada tengo!


   Quiso levantarse, pero no pudo.


En eso. Un saludo desde la calle hizo que los tres brincaran. Los perros salieron ladrando.


"–Nada, mujer, esos pensamientos que quieren salir, pero yo no quiero.


   –No quieres ¿qué? Ya déjalos andar afuera, antes que se te enreden en la cabeza".


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