Pasar al contenido principal
x

Zapatero remendón, oficio que se extingue

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Oaxaca.- El repiqueteo de la aguja sobre la vaqueta tararea un sonido en extinción. Armónico al tac, tac, tac de una antigua máquina Singer, va el remiendo del desgaste diario de los pasos.


Los acordes forman parte del taller de don Nahúm Cernas Acevedo, huarachero tradicional y zapatero remendón desde hace más de tres décadas.


Por el tiempo y el número de pares que han pasado por sus manos, podría afirmarse que don Nahúm ha andado millones de kilómetros en la reconstrucción de pisadas jóvenes, viejas, infantiles, altivas y deportivas, danzoneras, cumbiamberas; pisadas obreras, campesinas y ejecutivas; caminares azarosos, divertidos; de gala o de luto.


Herencia laboral


El hombre heredó de sus padres la labor. Siendo un niño se enroló en la hechura de huaraches tradicionales hasta convertirse en exportador.


Antes de los 80, el negocio caminaba a paso firme; enviaba producto a países de Europa y hacia Estados Unidos. La devaluación de 1982 en el cierre sexenal del presidente José López Portillo, lo hizo tropezar. La volatilidad del peso mexicano disparó el costo de los insumos y en consecuencia perdió el mercado internacional.



 


Hace 15 años, su taller dejó de elaborar los huaraches debido a la escasez de mano de obra. “Los hijos de los zapateros se dedican a otra cosa, algunos lograron estudiar una carrera; a otros no les gusta oler a cuero. Los muchachones de ahora quieren andar bonitos y bien peinados”, señala.


En el lugar son tres los hombres destinados al proceso de cosido y pulido de suela, uno más realiza labores de boleado, una mujer al pintado y el resto atiende al público en el despacho de materiales y materia prima para los zapateros remendones, talabarteros y tapicería.


Cientos de "pacientes"


Acomodados en el estante, cientos de zapatos dan cuenta del trabajo diario que se realiza en el negocio de don Nahúm. Por miles los pares han entrado en camilla y salido caminando.


La labor pasa por muchas facetas, lo primero -como ocurre en el doctor- es la revisión. A simple vista muchos hacen evidente su padecimiento, el de otros está oculto en una complicidad con el pie.


Algunos requieren de suela corrida, otros un parche, un tacón, pintura. Si el zapato queda ancho hay que colocarle una correa, o quizá lo que necesite es una talonera para que ajuste, incluso ser amoldado para evitar una incomodidad en el juanete.


“Todo lo podemos hacer, menos achiquitar el calzado. Si usted tiene un juanetito hay aparatos con la forma del juanete”, explica.
 


Tiempo extra


La jornada inicia desde las 09:00 horas y culmina a las 15:00 o 16:00 horas para los empleados. Para don Nahúm y su familia - quienes han hecho crecer su negocio teniendo como regla propia dar el extra- se prolonga hasta las 19:00 horas.


Así, en la memoria de Mónica Cernas, hija de don Nahúm, está fresco el recuerdo de su padre cortando la vaqueta a fuerza de cuchillo, armando, cosiendo, detallando hasta muy altas horas de la noche mientras que ella -siendo niña- dormitaba dentro de una caja de cartón.


EL esfuerzo se vio reflejado años después en el logro profesional de Mónica, quien tiene la carrera de odontología y que a su vez administra el negocio de reparación de calzado.
 


Remendón hasta que el cuerpo aguante


Aurelio es otro de los remendones más antiguo en el negocio. Él llegó a los 18 años de edad. “Yo inicié como huarachero y después como ya era poco el trabajo, seguimos con la reparación de calzado”.



 


El hombre recuerda que junto con él, también inició su hermano quien a partir de este trabajo pudo solventar estudios que le permitieron obtener una ingeniería. Ser remendón también permitió a Aurelio dar estudios a su hija, quien siguiendo los pasos de su tío, es actualmente ingeniera.
Dentro del proceso de reparación, Aurelio es quien retira las suelas gastadas y lija las plantas de los zapatos para dejarlas listas hacia el siguiente proceso que es el cosido de una nueva suela.


En el espacio hay montoncitos de zapatos desgastados, sucios, rotos, con agujeros o despellejados. Abigarrados conforman un cuadro apesadumbrado, cansado de andar, pero resistente a las penurias que los dejaron maltratados.
 


Gran satisfacción


Todo el lugar tiene el olor característico a la piel y pintura que en un respiro ingresa desvanecidamente y exhala dejando sensación de ardor. Es el olor del trabajo y de la satisfacción que sólo conocen los remendones.


“Ser zapatero es una satisfacción grande de poder servir a nuestros clientes y sobre todo de que se reconozca nuestro trabajo. Hay quienes llegan y nos dicen ´gracias, muy buen trabajo´aunque claro, no todo es luna de miel. A veces también hay quienes nos reclaman un rasponcito o nos quieren cobrar daños que el zapato ya traía. En este trabajo hay cosas buenas y malas, pero afortunadamente son mayores las buenas”, indica Nahúm.


Mientras el día avanza siguen llegando clientes. Diariamente son ingresados como héroes de batalla al menos cien pares y entregados restablecidos unos cien más. Aquella -afirma don Nahúm- es una labor “que desempeñaré hasta que el cuerpo aguante”.



 


El dato curioso


Como cada oficio, los zapateros también tienen su Santo. Así, cada 24 de octubre celebran a San Crispín.


San Crispín y San Crispiniano fueron enviados a evangelizar las Galias. Aunque eran miembros de una familia noble de Roma, por el día se dedicaban a evangelizar y por las noches ejercían el oficio de zapateros para pagarse su sustento y no ser onerosos a sus fieles.


En la persecución de Diocleciano, en el año 285 D.C, después de atroces tormentos que soportaron estoicamente, fueron decapitados en la localidad de Soissons (Francia). Su profesión y santidad les hizo ser los patronos del gremio de zapateros. Sus cabezas se veneran en Roma, en la iglesia de San Lorenzo, mientras que sus cuerpos se veneran en Soissons.  

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.