"Para nosotras, las madres de adictos no existe la felicidad" afirma Imelda. Después de años de angustia, impotencia y desvelos, hoy sólo las lágrimas y los recuerdos golpean en su corazón.
"Mi hijo falleció hace apenas dos meses, él era alcohólico y drogadicto", expone. Su mirada refleja pesar. Se siente sola y triste.
Imelda aún se para en la puerta de su casa, se asoma, esperando ver de nuevo a Francisco. "Pienso que él va a llegar", aduce.
Se fiel a ti mismo. FOTO: Javier Jarquín
Enemigo pasajero
La mujer de cabello cano recuerda que su hijo comenzó a consumir alcohol a los 14 años, "pensé que iba a ser pasajero", explica. Pero no fue así. Francisco tomaba seguido.
Un día, su tío mandó por él y se fue vivir a Los Ángeles, California, en Estados Unidos.
"Yo creí que allí iba a dejar de tomar", dice la madre con resignación.
Francisco aprendió el oficio de barbero y empezó a trabajar. Así, pudo ayudar a su madre, enviarle dinero y hacerle pensar que su vida la estaba llevando por buen camino.
"Yo a mis hijos los cuidé, vi por ellos porque su papá me dejó y empecé a trabajar para sacar adelante a los dos. Yo agradecí a Dios porque él empezó a trabajar pero seguía tomando y empezó a drogarse", lamenta.
Bastó sólo un año para que Imelda recibiera la noticia de que sería abuela. Francisco tendría un hijo con una mujer más grande que él, cinco días después de que ella diera a luz, Imelda tuvo en sus brazos a su nieto.
"Me lo entregaron a mí. Yo lo mandé al kinder, a la primaria y a la secundaria, ahorita esta en prepa, gracias a Dios es un buen muchacho y está al pendiente de mi, yo trabajo para él, a pesar de que estaba su papá, yo nunca le pedí ayuda".
Adictos
13 o 14 años, inicio del contacto con el alcohol
6.9% de hombres y mujeres oaxaqueños ha probado alguna vez una droga
9.6% de los hombres oaxaqueños ha tenido contacto con drogas
7.8% ha probado la mariguana
3.9% consumido cocaína
Fuente: Encuesta Nacional de consumo de drogas, Alcohol y Tabaco 2016 / 2017
Y es que cuando Francisco volvió a su viejo hogar ya se había convertido en un adulto, pero también en un adicto.
Pagando tranquilidad
"Yo empecé a sufrir mucho cuando me di cuenta que tomaba y se drogaba seguido", justifica la madre, pues Francisco fue anexado cinco veces. Todas en vano.
"La primera vez que lo anexé me dio gusto y temor porque vinieron a traerlo, se lo llevaron a la fuerza. Pensé que así se iba a componer. Me daba vergüenza decirle a la gente que estaba anexado, decía que se había ido a México, siempre con mis mentiras, pagando meses de tranquilidad", detalla Imelda, las lágrimas amenazan con salir, el dolor del recuerdo es latente.
La mujer se dedicaba a ahorrar por meses para pagar el tratamiento de su hijo, todo lo sacaba de su negocio de comida. A veces le cobraran 10 mil pesos, en otra ocasión 8 mil y la última vez 17 mil pesos.
"Yo sufria para pagar, cada mes tenía que pagar 1 mil 200 pesos. El dia que salió del anexo, él vuelve a tomar y sigue tomando. Entonces yo ya no lo anexé, me cansé y ya no tenía recurso para estar pagando", explica.
Además de las adicciones, la diabetes llegó a la vida de su hijo. "Se deprimió y, en lugar de cuidarse, empezó a tomar más", lamenta.
Él le pedía a Dios
¿Por qué Francisco tomaba? Es una pregunta que su madre se hizo en innumerables ocasiones. No hay una respuesta. Lo único que Imelda sabe es que su hijo no podía dejar de hacerlo.
"Me decía que él le pedía a Dios dejar de tomar, pero eso era más fuerte, su alcoholismo, el drogarse."
Francisco entró por su propia voluntad al Grupo de Fraternidad "Vikingos", allí estuvo 8 meses, no pudo permanecer más tiempo.
"Me daba mucha rabia, mucha muina, yo me desesperaba mucho porque no podía dejar de tomar. Sentí mucha desesperación, mucha vergüenza, por que él en realidad no tenía necesidades, a veces se tiraba en la calle por su mismo alcoholismo, siento mucho coraje porque no quiso salir adelante, no tuvo fuerzas para salir adelante", condena.
Imelda tiene tan presente la última vez que su hijo consumió alcohol y droga.
"Se me perdió tres días, yo sufrí mucho porque no lo encontraba." dice la madre ya llorando, con las mano cubriendo su boca, no quiere manifestar su dolor, pero el sufrimiento se lo impide.
"Regresó al cuarto día, pero regresó mal, entonces agarré y lo metí al hospital, en el hospital duró tres días nada más, muere mi hijo."
No existe la felicidad
Un altar a la memoria de Francisco, preso de la droga y el alcohol.
Imelda lleva el pesar en sus ojos, en su rostro se contempla la dureza y sus manos están siempre empuñadas.
"Yo nunca apoyé a mi hijo, nunca tuve el valor de preguntarle qué le pasaba, le ayudaba en anexarlo y me daba vergüenza que tomara, pero yo pienso que tenía que platicar con él, pero muchas veces no se prestaba"
Para la madre de un adicto, afirma Imelda, no existe la felicidad, no existe la paz.
"Siempre veía a mi hijo tomado o drogado. Una como madre es muy triste vivir así, es lo más triste de la vida. Yo lo veía que llegaba a las dos o tres de la mañana y entonces podía yo comer, aunque sea tortilla con sal, era una incertidumbre terrible no saber dónde estaba. Escuchaba pasar la Cruz Roja, la policía y pensaba que ahí iba. Eso ya no es vida." sostiene la mujer.
Si bien, Imelda ya puede conciliar el sueño sin preguntarse en dónde está su hijo, la paz en su corazón se divisa aún lejana.
"Me siento muy sola, me siento muy triste porque me hace falta mi hijo, aunque estemos peleando o lo que sea pero sabía que él estaba, me siento muy triste, pienso mucho en él", solloza.
Imelda, con el reto que la vida puso a sus pies, pide a las madres de hijos alcohólicos o drogadictos aprender a escuchar y tener paciencia.
"El adicto muchas veces puede perderse en la calle y ya no regresar, les pido a las madres que tengan tolerancia con ellos, que les pregunten y los escuchen", suplica.
Su nieto, un consuelo
Imelda tiene el recuerdo de su hijo en su mente, en su corazón y siempre frente a sus ojos. "Me dejó a mi nieto, los dos estamos, es mi consuelo, es mi apoyo", expone la mujer, intentando secar las lágrimas que rodaron por sus mejillas. Su nieto, comenta, es buen estudiante, le gusta mucho el fútbol y está aprendiendo peluquería, como su padre. "Es por quién yo veo, yo sé que ese niño no me deja, a pesar de que tiene a su mamá, mi nieto está conmigo".
CoDa, un refugio
El Grupo de Autoayuda "CoDa", es un centro de apoyo para mujeres con esposos, hijos, hermanos o personas queridas que cayeron en una adicción. Allí las mujeres cuentan sus penas, se escuchan y se ayudan entre ellas.
Las sesiones son todos los días de 18 a 20 horas. Y está ubicado en la calle de Nuño del Mercado #402, centro, Oaxaca.
