Oaxaca apestaba a llanto. Las calles quedaron impregnadas de un olor a gas pimienta, pero también a desazón, hastío, vergüenza y mucha tristeza.
Una universidad, una facultad, dos que se dicen directores, un montón de porros y la policía, fueron los protagonistas del desconcierto, de la violencia.
¡Pum!, sonó el seco estruendo del rifle que lanzó el primer cartucho que desprendió una nube de humo blanco, luego el ardor en el rostro, la irritación en los ojos, las lágrimas por las mejillas y la asfixia en el pecho.
Poco efecto tuvo esta primera e improvisada medida policial para disuadir a los porros que se atrincheraron dentro del edificio central de la facultad de Derecho de la UABJO.
En un segundo intento por ingresar, que fue todavía más desafortunado, los antimotines tomaron una valla de metal que usaron para derribar la puerta del histórico inmueble que fue mancillado. A la memoria que guardan sus paredes se le infligió una nueva herida, más profunda que las del pasado reciente, una que quedará abierta como aquella de cuando quemaron el Paraninfo.
Dentro de la facultad todo era barullo, sonaban petardos, muebles que arrastraban por salones, corredores y pasillos. De pronto se abrió la ventana que está encima del puerta adintelada y defenestraron una cascada de pupitres y piedras que azotaron escudos y cascos de los policías que aún batallaban para ingresar al lugar secuestrado.
Profesores oportunistas, líderes de ocasión y oradores de peroratas emergieron entre la multitud e intentaban arengar a los estudiantes que veían con zozobra las consecuencias de la descarnada lucha por el poder.
Los discursos vacuos sonaba fuerte pero no tocaban a nadie.
Los policías insistían. Desde adentro gritaban “¡Somos estudiantes!, ¡somos estudiantes!”, pero la razón se había extraviado.
De pronto un fulgor anaranjado cubrió el perímetro del portón de madera, salía humo, el olor a quemado se mezclaba con los vestigios del gas pimienta que aún flotaban en el aire. Por fin abrieron la puerta y una lengua de fuego hizo retroceder a policías, periodistas, estudiantes y chismosos.
Se desató el caos
Un grupo de choque llegó en apoyo a los porros atrincherados. Volaron petardos, piedras, mentadas, cayó al suelo uno, luego otro y otro más, un policía cargaba sobre la espalda a un compañero desvanecido, un detenido, corretizas por las calle, sangre, gritos, desesperación, in crescendo, el pico de la crisis coqueteaba con una revuelta, pero la calma apareció abrupta.
La escena de una ciudad lacerada frenó el absurdo aunque trajo desasosiego. Así llegó el silencio, sólo el chorro de agua de los bomberos que se estrellaba contra los rescoldos de la puerta calcinada, el chasqueo del obturador, uno que otro grito aislado, pero nada más quedó que la ineludible vergüenza.
