En los tiempos donde padecimientos crónico degenerativos, infartos o tumores arrebatan la salud y la vida a las personas, Reynaldo Fidel Villanueva Aquino llegó ayer a sus cien años y lo hizo con lucidez.
La suya, una familia conformada por su esposa Aurea Robledo Hernández -seis años menor que él-, 12 hijas, tres hijos, 47 nietos, 68 bisnietos y 13 tataranietos, además de numerosa, es longeva.
"Todos están vivos", dice con la pulcritud de un hombre estricto y puntual.
Nadie lo sabe con certeza, pero Reynaldo o Tío Rey -como lo conocen en Soledad, Etla-, podría ser la persona más longeva de ese municipio cercano a la ciudad de Oaxaca.
Sin dolencias, pero con la audición y la capacidad para caminar disminuida, habla poco de lo vivido porque “ya pasó” y reconoce: “Yo no me cuidé, Dios me mandó. Sólo viví la vida”.
Matrimonio longevo
Se impacienta por ser puntual y llegar a la hora acordada para su misa en la que su familia quiere agradecer por tanta vida, antes de festejarlo con música y comida.
Es su esposa, Aurea -con quien se casó a los 21 años cuando ella apenas tenía 15 años-, quien sabe el secreto para vivir tanto: “No trabajar mucho”, dice entre solemnidad y alegría.
Su hija mayor a quien vio nacer el 22 de junio de 1941, Alicia Villanueva Robledo, acepta que nunca imaginó que su padre, junto con su madre, fueran a vivir tantos años.
“Se cuidó mucho, fue hombre de campo, le gustó mucho tocar la guitarra, cuando volvía del campo le cantaba a mi mamá”, recuerda con ilusión.
Es quizá esa actividad, pero sobre todo lo que obtenía de la tierra para comer en casa lo que a él y a su familia le ha dado larga vida.
Los golpes de la vida
Pero para Tío Rey no todo ha sido felicidad.
A los cinco años, cuando su madre Catalina Aquino intentaba dar a luz a un segundo hijo, él se quedó huérfano.
Pensar que a esa edad quedó al cuidado de su abuela Isabel y de Ignacia, la segunda esposa de su papá Enrique Villanueva, lo hace quedarse callado, en señal de que prefiere no recordar.
Es su hija Francisca Villanieva, su onceava hija quien opina que es la armonía en su matrimonio, “el que siempre estuvieron juntos” y que siempre festejaban la vida, lo que les permitió poder celebrarle un ciento de años.
“Aunque fuera una pequeña fiesta siempre se acordaban de nuestros cumpleaños, trataron de tenernos juntos”, rememora.
Ese amor y unión la intercalaban con la firmeza de una educación que permitió que ocho concluyeran una carrera profesional, entre limitantes económicas.
Ayer, la familia que inició Reynaldo con Aurea se volvió a reunir. No faltó nadie, ni sus 15 hijos, ni nietos, ni bisnietos ni tataranietos que por ratos aún descubren la firmeza de su carácter o lo divertido de sus ocurrencias.
