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Salud, único deseo de Año Nuevo en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

SAN BARTOLO COYOTEPEC, Oaxaca.- Si en el Hospital de la Niñez de Oaxaca Doctor Guillermo Zárate Mijangos, las mañanas son frías, lo son todavía más las noches y las madrugadas.


Eso lo ha comprobado Alma Delia Santiago desde el 2 de diciembre, cuando nació su hijo Matías, con sólo 30 semanas de gestación.


Ni en ella ni en su esposo hay tiempo de pensar en la cena de la última noche de este año; ni en regalos ni buenos propósitos, sólo ruegos de que su primer hijo pueda abandonar el hospital.


Sin develar la tristeza que se guarda para sí, sólo nombra su preocupación por su hijo; “no me interesa nada más, sino que salga bien mi bebé, no importa los días que esté aquí, pero que salga bien mi bebé”.



Vencidos por el cansancio, a padre e hijo, tres bancas y el amor son el cobijo de un sueño. FOTO: Mario Jiménez

Más tiempo en el hospital, que en casa


El vaho de la enfermedad empezó a emanar del cuerpo de Eimy a los seis meses de nacida y no se ha ido de ella ni se ha manifestado a cabalidad.


El diagnóstico, aún incompleto, la ha llevado a entrar y salir del hospital, donde permanece desde hace dos semanas y donde recibirá el 2018, sólo con su padre Lorenzo Santiago Luis.


El hilo de la desventura familiar comenzó hace cuatro años y medio, poco menos de la edad actual de Eimy; empezó con fiebre y ahora saben que tiene inmunodeficiencia primaria con sobreinfecciones agregadas; pero el diagnóstico definitivo estará cuando sea canalizada a la Ciudad de México para estudios más amplios.


Para recordar las veces que la niña se ha doblado por una diarrea, la hinchazón en su pie izquierdo o las defecaciones con sangre, el hombre originario de Santa Cecilia Jalietza, agencia de Santo Tomas Jalietza, hurga en un sobre de plástico atestado de recetas.


Eimy está acostumbrada al catéter en su brazo derecho, juega con una calculadora que cuelga de un hilo en el cuello, un reloj de plástico, libreta y lapicera con colores.


No llora, sonríe y deja escapar esa vivacidad infantil de la que su padre no se confía; ha visto que "apenas va para arriba y vuelve al hospital", como ocurrió hace tres semanas, después de recibir el alta de una estancia de más de un mes.



Eimy es una niña fuerte, que incluso con fiebre, no agota sus deseos de jugar. FOTO: Mario Jiménez

Aquí, ambos pasaron la Navidad y reciben hoy al 2018 con un sólo propósito: reunir el dinero que él ya no sabe de dónde traer si la tierra que trabaja ni las artesanías de madera que elabora con su esposa, no dan para tanto.


Entre el desgaste emocional y económico, un recuerdo dobla a Lorenzo: el consejo no pedido de familiares que desahucian a Eimy. “Me han preguntado ¿y por qué mejor no se muere?”; pero él se niega a dejar de luchar: “yo voy a hacer lo más que se pueda por ella, es muy fuerte, no se rinde, tiene mucha fiebre y quiere jugar”.


Hacen milagros con el dinero


Una capacidad de luchar similar es la que Odilia Nicolás Félix encuentra en su esposo, un chofer que en los últimos días la maravilló consiguiendo once frascos de gamoglobulina, “un medicamento muy caro de ocho mil pesos”, para Alberto, su hijo adolescente.


“Mi esposo es chofer y no sé cómo le hizo, pero los consiguió”, dice aún con el ánimo destrozado de no saber la razón que antes de Navidad propició fiebres altas en su hijo Alejandro, un adolescente que además, se llenó de ronchas.


Si no ingresó antes del 26 de diciembre al hospital, es porque no encontró un laboratorio abierto; en esos días se deshidrató y la calentura no se le salió del cuerpo.


Aunque en tratamiento, su cuerpo sigue hinchado y la piel tiene el mismo efecto rojizo de haber pasado horas bajo el sol.


Volver a casa con su hijo es en lo único que piensa Odilia; no hay tiempo ni deseo de preparar la última cena de este 2017, lo ha cambiado todo por la añoranza de volver a ver salud “en mi niño”.


Esa travesía que apenas conoce Odilia, Inés Miguel López la empezó a experimentar hace 10 años, cuando Mizar tenía cinco de edad e inició un tratamiento oncológico que concluyó en 2010.


A partir de ahí debía seguir en vigilancia, pero a Bernardo, el esposo de Odilia, le diagnosticaron cáncer en el páncreas, hasta que en 2014 murió.


La enfermedad "acabó con todo, no tenía dinero”. Mizar volvió al hospital en ese año y mantuvo un tratamiento hasta 2016, salió siete meses en vigilancia y volvió a recaer en octubre pasado.


Esa recaída les ha impedido despegarse del hospital; la tóxica quimioterapia hizo que convulsionara y estuviera ocho días entubado, hasta que empezó a reaccionar, sin que todavía sienta su pierna izquierda.


Mizar tose, se limpia la boca, tiene neumonía, ha perdido 8 kilos, no se puede sentar ni sostener por sí mismo.


Éste es el primer año que culminan en un hospital; en sí no saben cuándo podrán abandonarlo, algo que además de minar sus finanzas, tiene dividida a Inés.


Desde hace tres meses ella no ha vuelto a Santo Domingo Nuxa, Nochixtlán; ignora cómo está su hijo Gabriel de 13 años, Esther de 12 o David de 10.


Hablarles es impensable en una comunidad donde no hay señal de telefonía celular. Irse a trabajar tampoco puede, pues quién cuidaría a su hijo; no ha tenido tranquilidad ni para tejer las gorras y bufandas que vende, menos pensar en una cena de fin de año.


A la luz de esta fecha, para la directora del nosocomio, Rocío Arias Cruz, el tener un paciente o familiar enfermo cambia la dinámica familiar, “y es todavía más desgastante o de mayor impacto que la salud esté ausente” en estas fechas que para la mayoría de personas representan gozo.

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