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Migrantes: la otra cara de la moneda

Foto(s): Cortesía
Redacción

Hay decisiones que cambian la vida y generan dolor; algunas de ellas se tejen cuando hay una enorme necesidad de salir a buscar el sustento para los hijos, un sustento que posiblemente no llegue jamás a quienes está destinado.


Es el caso de Félix y Adela, quienes formaron su familia cuando tenían 25 y 14 años de edad, respectivamente; debido al crecimiento de su familia y la pobreza que los agobiaba, decidieron salir de su natal Juxtlahuaca en busca de dinero para la manutención de sus ocho hijos, sobre todo, después de ver morir a uno de ellos.


Hambre y dolor


Ada, la menor de sus hijos, narra a Noticias Voz e Imagen, la historia de menosprecio, hambre, traición y dolor que provoca el éxodo de los padres que van tras el sueño americano.


“Mi padre se quedó sin empleo al cerrar la fábrica de limonada en que trabajaba; mi madre siempre lo respaldó y buscaron muchas alternativas para no irse, pero cada vez éramos más hijos y llegó el momento en que la situación fue insostenible. Juxtlahuaca es una comunidad de migrantes y ellos no fueron la excepción”, comentó.


Confiados en que una de su hijas mayores ya había iniciado su vida en pareja y que tenía la edad suficiente para velar por sus hermanos, Félix y Adela partieron rumbo a Estados Unidos sin imaginarse que a partir de ello, sus hijos enfrentarían una historia de crueldad inimaginable.


“Mi hermana Violeta, una de las primeras hijas, se fue a la Ciudad de México a casa de una tía que era religiosa, ayudaba en los quehaceres y le pagaban, ella estudiaba. A mí me llevó con ella, por ser la más pequeña; el resto se quedó en el pueblo en casa de mi abuela materna que ya no tenía ni edad, ni carácter, ni fuerza para atenderlos”, comenta Ada.


Aunque sus padres habían comprometido el envío de dinero para la manutención de todos, los días y meses pasaban sin que llegara remesa alguna, lo que obligó a los pequeños a vender dulces y a los mayores a buscar trabajo para ayudar con los gastos.


“Carmen hacía palomitas y Ricardo se fue de ayudante de un herrero, los vecinos les regalaban tortillas duras y mi hermana les ponía agua otra vez para hacerla masa y con ella, prepararles tamales a mis hermanitos; otras veces se los llevaba a pasear al río para que se distrajeran, se cansaran y durmieran, porque no había para comer”, indica.


Mientras Ada pasaba mucho tiempo sola, casi no veía a su hermana y aunque las religiosas la protegían, pensaba en que al menos el resto de sus hermanos estaban juntos.


Al igual que a sus hermanos, para ella había un pesar enorme; la soledad, la falta de cariño y la ausencia de sus padres, dolían profundamente.


El reencuentro y la separación definitiva


Después de algunos años, Ada y sus hermanos se reunieron en la Ciudad de México y pudieron recibir por vez primera después de muchos años a sus padres, quienes los visitaban en algunas navidades, para luego irse; hasta ese momento, los hermanos no se explicaban por qué, a pesar de la ausencia, poco se había logrado en lo económico.


“Mientras los mayores se casaban, tres de nosotras nos fuimos a vivir a un internado de huérfanas; casadas mis hermanas mayores, me llevaron con una de ellas, donde fuí acosada por el esposo; tras eso vinieron penurias que me hicieron decidir concentrarme en el apoyo de madres solteras y familias de migrantes”, expuso.


Y es que, cuando al final, sus padres decidieron regresar al pueblo, descubrieron que siempre hubo el envío de dinero, incluso habían mandado lo suficiente para construir una casa a la que no pudieron llegar, porque el dinero se quedó en manos de una sola persona: la hermana mayor.


“Fue un golpe terrible para todos, porque cada quien vivió situaciones muy dolorosas para salir adelante; yo terminé protegida incluso por una sexoservidora, sufrí violencia al refugiarme en parejas buscando protección y amor que no tuve de mi padre”, relata.


Lamentablemente, la vida les tenía otra sorpresa increíble; cuando sus padres decidieron quedarse en Juxtlahuaca y por fin disfrutar a su familia, el cáncer invadió a don Félix, quien irónicamente murió en Estados Unidos donde buscó atención médica, lejos de sus hijos. Poco después, luego de 52 años de una vida juntos, murió su esposa.


“No toda la vida de migrantes es hermosa o de éxito; muchos parten tras la esperanza de darles lo mejor a sus hijos y mueren sin lograrlo”, puntualiza.

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