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Luchan por superarse: mujeres de los mil trabajos

Foto(s): Cortesía
Redacción

Ellas han pasado casi toda su vida en la búsqueda de su propio sustento, principalmente, para llevar de comer a sus hijos; el desamparo de un marido, la desprotección social y la aspiración de un salario digno las motivó a no rendirse y buscar en algún oficio la manera de vivir.


María e Isabel son aseadoras de calzado en algún lugar sobre periférico, en el perímetro del mercado de abasto Margarita Maza de Juárez; hace menos de cuatro años, ambas, cada una por su parte, encontraron en esta actividad la única vía para alcanzar mejores ingresos que los que alguna vez recibieron como empleadas domésticas.


María de los mil trabajos




María le sonríe a la vida porque se siente segura de salir adelante con este oficio. FOTO: Carlos Román Velasco

Las adversidades no la vencen, son un reto. Sola con la responsabilidad de criar, educar, alimentar y proveer de todo lo necesario a sus dos hijos, María se pone de pie cada día, se prepara para alistar a sus pequeños para asistir a la escuela.


Carece del ritual para seleccionar la prenda que esta mañana llevará al trabajo; tampoco cuenta con un armario repleto de ropa lista para elegir. María toma lo que tiene y, frente al espejo, limpia su cara y se alisa el cabello. Un delineador de cejas, desenhebrar el cabello, hacer un chongo y con una diadema es suficiente.


El tiempo corre, los pasos de un lado a otro dentro de su pequeña y humilde casa en el distrito de Etla casi escaban una zanja antes de salir de casa rumbo a la escuela. La meta de esta madre indígena, originaria de Villa Alta, es que sus hijos se superen profesionalmente para que no padezcan la desventura de buscar un trabajo.


Su propio patrón




La madre y jefa de familia se imponen en un oficio casi exclusivo para varones. FOTO: Carlos Román Velasco

La mañana apenas comienza, María, quien ronda la 30 años, está lista para su jornada laboral. Debe aprovechar el tiempo antes que llegue el mediodía y deba regresar por sus hijos, llevarlos a casa y darles de comer, para después volver a la central.


Ella cuenta que antes de ingresar a este oficio fue empleada doméstica y trabajadora de limpieza en el Hospital Civil Doctor Aurelio Valvivieso. El salario en cada uno de estos empleos era poco, mucho tiempo e, igualmente, no contaba con garantías laborales.


En casa de las personas "ricas", como ella las llama, ganaba cerca de 200 pesos diarios. Iba a diferentes casas. Mientras que en el hospital del gobierno del estado, su paga quincenal por ocho horas diarias se limitaba a mil 200 pesos.


"Mis hijos necesitan dinero" refiere la joven mujer con sus manos manchadas de tinta negra.


Solidaridad


Frente a un salario que limitaba la satisfacción de las necesidades más básicas en casa, María buscó una nueva forma de mantenerse y vio que, aseando zapatos, las cuentas podrían "pintar" mejor.


Sin conocer exactamente la técnica de aseo de calzado, comenzó su trabajo bajo las enseñanzas de sus compañeros, a pesar que no todos miraban bien a un nuevo miembro en este giro, pero hubo para quienes la competencia no les importó.


María apenas tiene tres años con su caja de bolear, y afirma que le va bien, que puede ganar hasta 300 pesos diarios. La cuota mínima por su trabajo son 15 pesos, pero los clientes en ocasiones le dan un poco más.


Con una sonrisa, la madre soltera asegura que le gusta su trabajo, pues le permite estar al pendiente de sus hijos, estar más tranquila y es menos el cansancio.


La mañana aún es fresca, el sol avanza y pronto se pondrá sobre de ella. Es en ese punto cuando el día se hace agotador, mas no lo suficiente para sentirse vencida y abandonarlo, afirma.


Isabel, de manos desgastadas




La mujer de casi 50 años ya se ganó a su clientela. FOTO: Carlos Román Velasco

Su pasión por su nuevo trabajo es visible. Con cuidado limpia el enlodado par de zapatos del cliente que llegó especialmente en busca del servicio de Isabel.


Sus manos cansadas de lavar ropa ajena por casi dos décadas ahora pulen con delicadeza algunos pares al día.


Isabel también es madre soltera; mientras engrasa los zapatos negros de trabajo de aquel hombre próximo a la tercera edad, la mujer refieren que su edad fue un gran impedimento para encontrar otro trabajo.


A sus 46 años las puertas laborales se cerraron para Isabel. Ella no sabe leer ni escribir, a excepción de su nombre, pero sabe de números, hacer cuentas; puede atender en una cocina económica como mesera o ayudando en la preparación de alimentos; sabe hacer limpieza, entre otras cosas en las que no necesariamente debe leer o escribir. Pero fue rechazada de ese tipo de empleos por su edad, asegura.


Por varios años su trabajo principal fue lavar ropa, pero su paga era de 80 pesos, sin importar la cantidad de prendas a limpiar.


La necesidad de contar con un ingreso la hicieron soportar el pesado trajín, pero al paso de los años el cuerpo resintió las duras jornadas en las que sus manos eran su única herramienta. Su espalda, piernas, vientre, brazos pedían a gritos un respiro.


"Se encajan, abusan" dice Isabel respecto a algunos clientes con los que trató.


Feliz con su trabajo




Son pocas las mujeres dedicadas a este oficio en la capital. FOTO: Carlos Román Velasco

Isabel tiene asesor particular en este oficio. Le enseñó su pareja, que también se dedica a bolear zapatos, y la animó a dar un giro al trabajo doméstico.


Desde hace dos años y medio esta mujer llega cada día alrededor de las 9:30 horas a Periférico, frente al mercado de abasto.


Sentada en su banco pasa la mayor parte de la jornada, la cual es indefinida pues ella decide qué tiempo trabajar, aunque regularmente se retira a las 17:30 horas.


Enfrentan al machismo


Aunque esté contenta en su nuevo trabajo por desgastarse menos, Isabel lucha contra el machismo de los clientes. Que antes de ir con ella prefieren atenderse con un varón.


"Seguro que ni limpia bien", es una de las frases que escucha constantemente por parte de los hombres, quienes son groseros cuando asisten ebrios por un servicio.


Es por eso que también ha dejado de asear a este tipo de clientes.


Ante esas circunstancias, Isabel no rebasa los 150 pesos diarios, pero se siente contenta porque ahora su jornada es menos agotadora.


Protegen su trabajo


Ambas mujeres están adheridas a la Confederación de Trabajadores de México para evitar ser levantadas o sancionadas por los inspectores en vía pública. Formar parte de este grupo las ayuda a permanecer en la calle sin problemas.


Así son ellas


46 años y las puertas en la vida laboral se cierran


80 pesos el día, sus salarios anteriores


Entre 150 y 300 pesos ganan ahora


Son dueñas de su tiempo


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