Acontecimientos de grave trascendencia se advertían al interior del país. La caída de España puso de cabeza a la capital de México. El temor porque a Oaxaca llegara algún espía de Francia, ocupaba a las autoridades políticas y religiosas de la ciudad.
La conspiración que en secreto se fraguaba para rechazar a los dominadores, tuvo como centro Valladolid, Guanajuato y Querétaro. El descubrimiento y encarcelamiento de algunos de los conjurados, provocó que el 15 de septiembre de 1810, el cura de Dolores Don Miguel Hidalgo y Costilla, diera el grito de Independencia, en un acto que se dice fue producto de la desesperación generada por los graves acontecimientos del momento.
Contra los insurgentes, en Oaxaca se ensañaba fieramente el Obispo de Antequera, Antonio Bergosa y Jordán, para muchos historiadores el más cruel de los prelados que ha existido en la historia de esta entidad.
Llegan a Oaxaca Armenta y López
Dos jóvenes llegaron a la ciudad de Antequera fingiéndose comerciantes de yesca, Miguel López de Lima y José María Armenta, quienes fueron los primeros mártires de la Independencia en Oaxaca, según refiere Guillermo Rangel Rojas, director de la Biblioteca Pública del Estado.
“Don Carlos María de Bustamante refiere que el 23 de octubre de 1810, Don Miguel Hidalgo dió a López de Lima el rango de coronel y la encomienda de iniciar la rebelión en la provincia sureña de Antequera; su segundo al mando era José María Armenta”, comenta Rangel Rojas.
Agrega que al llegar estos a lo que es hoy la capital, las autoridades locales los apresan y los liberan en noviembre siguiente; sin embargo, un exceso de confianza provocó que los descubrieran y de nueva cuenta fueran detenidos para luego sacrificarlos.
“Ambos pensaron que el intendente José María Lasso Nacarino, por ser criollo, podría simpatizar con el movimiento independentista, por lo que le confiaron la verdadera intención de su presencia y mostraron un documento de Hidalgo que llevaban oculto en los zapatos”, explica el investigador.
Se piensa que este es el primer escudo que España otorgó a Oaxaca; actualmente, este labrado en piedra se encuentra en el Jardín de Niños "Elisa Vásquez Sibaja". FOTO: Román Carlos
Añade que Lasso los volvió a encarcelar en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, para luego ser enviados a la Real Sala de Crimen que les negó el indulto y los condenó a la horca, sentencia que se consumó el 31 de diciembre de 1810 en las canteras de Jalatlaco, tras un acto solemne.
Los cuerpos de Armenta y López fueron descuartizados y sus cabezas colocadas en el camino a Etla.
Siguen insurgentes en su intento por tomar Oaxaca
En los 11 años que duró la Guerra de Independencia, Oaxaca no podía ser ajena; para esos tiempos era un estado prominente; la economía, aunque estaba lejos de favorecer a los criollos e indígenas, era vasta; rescatarla del dominio español era sustancial.
En 1811, Felipe Tinoco y José Catarino Palacios serían los siguientes conjurados, quienes al igual que los primeros fueron ejecutados en una decisión donde el obispo Bergoza y Jordán tuvo gran influencia.
Ambos fueron recluidos en la cárcel que se ubicó en la esquina que hoy forman las calles de García Vigil y Morelos; espacio que fue en 1592 el templo de La Concepción, luego colegio de jesuitas, convento de monjas, Casa de Moneda y propiedad particular del general Martín González y el canónigo Carlos Gracida.
En su reciente conferencia La Independencia en Oaxaca, Guillermo Rangel Rojas, cita el texto de Manuel Martínez Gracida, donde da cuenta de cuando el general José María Morelos toma la capital oaxaqueña y manda a traer los restos de Armenta y López, y exhuma a Tinoco y Palacios:
“...Empezó el clamoreo de campanas en todos los templos, en la Catedral ardían grandes cirios colocados en candelabros de plata y adornos con listones de seda... Morelos condujo del templo del Carmen Alto para Catedral, el ataúd con los restos de los cuatro héroes”, señala el documento.
La promoción de la revolución que el cura Hidalgo quiso hacer en Oaxaca, a través de sus cuatro enviados, se vieron frustradas; empero, pronto habría uno, el cura de Carácuaro, Don José María Morelos, quien guiaría la primera vez que los oaxaqueños enfrentarían una guerra.
