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Los olvidados de la ciudad

Foto(s): Cortesía
Redacción

Los encinos rodean la vieja casa de lámina, carcomida por el sarro. Para llegar a la vivienda hay que circular en un sinuoso camino de terracería, que pareciera estar a cientos de kilómetros de la ciudad de Oaxaca; pero no, la colonia Heberto Castillo forma parte de ella.


Aquí vive Francisca, quien a sus 68 años de edad, lucha por mantener a su “jacal” de pie, aunque las maderas que lo sostienen ceden poco a poco, ante el voraz paso de las polillas.


Los hoyos en el techo permiten el paso de los rayos del sol, que intentan secar el piso de tierra de la vivienda, luego de la lluvia del día anterior; “lo que nos hacen falta son cacerolas”.


Desde la puerta, a cuatro  kilómetros de distancia, se distingue la carretera internacional 190; desde el cerro, la vista es espectacular.


Nadie les hace caso


Las vecinos de las colonias Heberto Castillo y Niño Artillero dicen pertenecer al municipio de San Jacinto Amilpas, mientras la colonia Encinos al de Oaxaca de Juárez; pero la verdad es que no lo saben y les da igual, nadie les hace caso.


“Uno no se acostumbra a ser pobre, se adapta”, dice Francisca, mientras se da un leve masaje en el estómago; las molestias son evidentes, pero no la ha visto el médico; tiene otras preocupaciones.



Ocho mil pesos pagó Elizabeth por páneles solares. FOTO: Miguel Maya

Si ahora, la colonia Heberto Castillo parece un bosque, cuando Francisca llegó a vivir aquí, en 2004, no había ni veredas y desde entonces se ha alumbrado con velas. La cera derritiéndose ha sido su compañía por 14 años y medio.


“Me quieren arrebatar lo poco que tengo”. Desde hace algún tiempo, María Elena López García apareció y dijo ser la propietaria del lote de Francisca y de 40 familias más; “me costó 9 mil pesos entonces; ahora, esta señora quiere que le paguemos 150 mil”.


Ante la amenaza de desalojo, la anciana perdió la tranquilidad, lo único que le quedaba, pues casi no sale de su casa; los años pesan y la subida más; tiene que caminar al menos dos kilómetros para tomar el transporte público.


“Vivir en el cerro está bien porque hay paz, las noches son muy tranquilas, y mientras no se metan con uno está bien, pero cuando empiezan a decir que nos van a sacar, todo cambia”, dice Francisca, sin dejar de limpiar los frijoles.


En el olvido


Cuatro canes cuidan el pequeño patio de la casa de Francisca; dos duermen plácidamente, mientras el resto corre veloz cuesta abajo, sobre el camino que forma un peligroso ángulo de 70 grados.


“Aquí no nos apoya nadie, ni en las campañas vinieron los políticos”, señala Francisca, indicando el inmenso hoyo que el sarro ha hecho a su techo; “yo estoy a los designios de Dios, él sabe por qué soy pobre”.


Para ella no hay ilusión de un cambio de gobierno; “los políticos, mientras ganen el puesto, nos prometen hasta que nos van a bajar las estrellas y no es cierto”, dice con enojo; “cuando ya están en el puesto, se olvidan de los pobres y de los enfermos”.


Es caro ser pobre


Sin prestar atención a su alrededor, Francisco Javier lava el mototaxi; con 21 años de edad, una esposa y un hijo, quiere que el vehículo resplandezca para atraer a los clientes; viven en la calle Niño Artillero, en la parte alta de la Colonia del Maestro.


“Llegamos a vivir aquí por necesidad”, afirma, mientras se para a la orilla del camino observando la ciudad, su ciudad, a unos centímetros; el precipicio lo acompaña, un barranco de más de 150 metros; un resbalón y las consecuencias serían fatales.


La renta los asfixiaba y decidieron comprar un lote en esta zona; sin embargo, sacando cuentas, asegura que hay gastos que no tomó en cuenta; “en el Piticó, una caja de leche cuesta 15 pesos y aquí te lo venden en 17 pesos”.


Además de que la falta de transporte obliga a los vecinos, que en caso de una emergencia, tengan que pagar un mototaxi, que muchas veces les cobra hasta 50 pesos; “si el gas cuesta 380 pesos, trasladarlo hasta aquí cuesta otros 50 pesos”.


Por su parte,  Elizabeth vive en la colonia Los Encinos, en donde tampoco hay energía eléctrica; mientras camina con sus pequeñas hijas, asegura que la vida es complicada en esta colonia: no hay agua, luz, drenaje, nada.


“Yo me obligué a comprar mi panel solar, me costó ocho mil pesos, y apenas si nos sirve”, asegura Elizabeth; “cuando no tenemos agua, nos pasamos rogándole a la pipa para que venga y si acepta, nos cobra lo que quiere”.

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