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Los fantasmas de Bellas Artes

Foto(s): Cortesía
Luis Ignacio Velásquez

Alberto y su hermano trabajaron mucho tiempo como veladores en el ex Convento de San José, que se ubica frente a la Plaza de la Danza, inmueble en el que actualmente funciona la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO).


Originalmente, el templo de San José fue fundado en 1559 por sacerdotes jesuitas, aunque debido a varios temblores se derrumbó completamente en 1696 y fue reedificado en 1728.


El convento fue terminado en 1744 y lo ocuparon las monjas de San José, quienes se hicieron llamar capuchinas españolas o de arriba, para distinguirse de las capuchinas indias o de abajo, que ocupaban el convento anexo al templo de los Siete Príncipes.


En 1893, el exconvento fue adquirido por el arzobispo Eulogio Gillow y fue asilo de huérfanos y ancianos, siendo abandonado después de la revolución.


El edificio de cantera verde fue construido con estilo barroco. La portada representa una mezcla de diferentes motivos vegetales, de origen popular, con reminiscencias platerescas, de siglos anteriores, donde aparecen los monogramas de Jesús, María y José.


En su patio principal cuenta con una fuente central de piedra labrada. Está rodeado por veinte columnas de cantera verde que sostienen arcos de medio punto, en los dos niveles.




El templo y convento se encuentran en el Centro Histórico de la ciudad.

 


Ruidos "extraños"


El extrabajador de la universidad recuerda que a pesar de estar dedicado el edificio a un convento, las noches en el inmueble eran una verdadera pesadilla. Asevera que por los oscuros pasillos del edificio conventual se escuchaban ruidos extraños: lamentos, puertas cerradas con violencia, pasos y gritos ahogados en el silencio de la larga noche.


Aún se estremece y un ligero temblor recorre su cuerpo cuando rememora las largas jornadas laborales que tuvo que cubrir en el antiguo convento, en el que a pesar de la energía eléctrica nadie se atrevía a recorrer, una vez que el crepúsculo teñía de grises y negros profundos el vasto cielo de Oaxaca.


Las sombras hacían presentir la presencia de seres inmateriales, que vagaban por los amplios patios en penumbras, a pesar de mantener encendida la energía eléctrica.


Asevera que por esta razón, los veladores del inmueble se refugiaban en la dirección de la escuela para pasar la noche. Una ancha y larga ventana que conectaba a la amplia explanada de la Plaza de la Danza y al fondo la silueta sólida de la basílica de La Soledad, atemperaba su ánimo para soportar a las ánimas que al caer la noche tomaban posesión del lugar.


Pero ni el espacioso cuarto que albergaba las oficinas de la dirección, brindaba refugio a los temerosos vigilantes. La presencia de algo intangible, irreal, sobrenatural, era ahí también manifiesta y los hacía sufrir de manera constante.


 




Los largos corredores y pasillos solitarios, aún provocan escalofríos a los visitantes.

 


Descobijados y asustados


El sol se ocultaba por el alto ventanal y un escalofrío recorría la espina dorsal de los veladores. Con prisa encendían todas las luces, verificaban que las puertas estuvieran cerradas y se refugiaban, para pasar la larga noche, en las oficinas de la dirección.


Mientras los sonidos extraños inundaban los corredores, las antiguas celdas de las monjas, los recintos de oración del antiguo convento, Alberto y su hermano tendían sus mantas y cobijas en el piso de mosaico e intentaban conciliar el sueño, a pesar del miedo. Porque, reconoce Alberto, a veces el cansancio era tanto, que pese a todo, el cuerpo cedía a la modorra, vencida la vigilia.


La noche caía silenciosa y lóbrega sobre la ciudad, y sin que los trabajadores pudieran explicarlo, sus mantas y cobijas eran removidas de lugar, a pesar de sus cuerpos inertes sobre ellas. Si alguien escogía dormitar al fondo del cuarto, al rato aparecía pegado a la puerta, desplazado por una fuerza extraña, invisible, violenta y silenciosa que los cambiaba de lugar una y otra vez.


A veces el ánima no satisfecha con arrastrar los cuerpos, descobijaba a los hombres que como única solución abandonaban despavoridos el lugar, para pasar el resto de la noche en la banca de cantera empotrada al acceso principal del exconvento.


En otras ocasiones, las sillas y cuadros se movían sin explicación alguna. El rechinar de los objetos en el piso, levantaba entonces a los trabajadores y, nuevamente, dejaban la dirección, a los seres inmateriales que habitaban el lugar.


 




Por estos pasillos, las monjas capuchinas vivían su vida conventual.

 


El invitado


Lo chusco, recuerda Alberto, fue que un día un policía municipal conoció la historia y se echó a reír.


Los encontró sentados en la banca de cantera, en medio de la noche gélida, y lo primero que les preguntó es por qué teniendo la posibilidad de cubrirse del invernal temporal, se encontraban sentados a la intemperie frente a la plaza desolada.


- Es que allá adentro penan…


- Jajajajajaja.


Añade que entonces, envalentonado, el policía les pidió que le permitieran pasar la noche con ellos en el interior del convento para enfrentar a los fantasmas y demostralres que un verdadero hombre no teme a las supersticiones de la gente inculta.


De manera que los tres hombres ingresaron al inmueble y se aprestaron a dormir, con la seguridad de que en compañía de un descreído, tal vez los espectros tuvieran compasión de ellos y no se manifestaran.


Dice que entonces el policía se acomodó sobre unas sillas en la dirección para evitar el frío suelo e intentó conciliar el sueño. Aunque cuando apenas cerró los ojos, las sillas salieron disparadas como si alguien las hubiera empujado con fuerza en direcciones opuestas.


En el suelo, el policía reclamó a sus compañeros la broma. “No se vale, no estén jugando”, a pesar de que de una y otra manera ambos intentaron explicarle que nada tenían que ver con su repentina caída.


El jalón


No satisfecho con la explicación y convencido de que todo era una broma de sus compañeros, el policía decidió entonces acurrucarse al fondo de la oficina para evitar las supuestas bromas de sus acompañantes.


Pero apenas se había acomodado en la cobija que le prestaron, cuando poco a poco se fue deslizando la prenda y su cuerpo quedó tendido hacia la puerta del cuarto. Sin habla, desencajado, respirando agitadamente, el hombre se levantó de un salto, tomó sus cosas y abandonó el lugar.


Ya afuera, en la banca de cantera que da al acceso de la Plaza de la Danza, comenzó a rezar y pedir perdón por sus pecados, mientras los hermanos intentaban ayudarlo para que se controlara.


Nosotros te dijimos que aquí penaban y no quisiste creer. No pasa nada, ya estamos afuera



En tanto, esperaban con ansias la aparición de los primeros rayos del sol para concluir su jornada de trabajo.


 



 


Joya arquitectónica


El ex convento de San José fue ocupado por las monjas capuchinas de arriba, fue hospital de sangre, asilo de huérfanos y ancianos, y en la actualidad es sede de la Escuela de Bellas Artes de la UABJO.


Ubicación


EL templo y ex convento de San José se encuentra ubicado a un costado de la Plaza de la Danza y a seis cuadras al poniente del Zócalo, entre la Avenida Independencia y la calle de Morelos, en el Centro Histórico de la ciudad.


Belleza colonial


En el primer patio del inmueble se encuentra una fuente central de piedra labrada, rodeado por veinte columnas de cantera verde que sostienen arcos de medio punto.

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