Cuando la tarde entraba al pueblo, las calles se convertían en caudales rebosantes de risas infantiles; los primos Martínez, los vecinos güeros, las gemelas de doña Tencha se sumaban a la algarabía; algunas veces las correrías terminaban en dramas a causa de pequeños accidentes: rodillas sangrantes, chichones por algún batazo mal calculado, incluso cabezas abiertas. Los juegos temerarios se calmaron cuando Juliancito llegó a vivir muy cerca de la casa de mis abuelos.
Se trataba de un niño pálido, de huesos delgados, pero muy entrón; pateaba fuerte la pelota para tener solo ocho años; nos divertíamos mucho con él porque era muy liviano y a veces nos dábamos el lujo de alzarlo en hombros y andar así por el pueblo. Su mamá nos dejaba ir a su casa a jugar con él, porque aunque sus piernas patearan con fuerza, su salud no era la mejor; entonces, las escondidillas se volvían el juego vespertino. Su casa era grande con cuartos amplios.
En una ocasión, mientras jugábamos, me metí debajo de su cama para esconderme; al apoyarme en las tablas sentí algo frío, tanteando con mi mano me di cuenta de que eran unas tijeras en cruz; la sensación del gélido artefacto atravesó mi espalda y se me puso la piel de gallina. Antes de irnos, la mamá de Juliancito me dijo que me quedara un rato más, ella se había dado cuenta de lo sucedido; dijo: “Espero que no hayas movido las tijeras de su lugar”; me puse pálida o roja, ya ni sé; le contesté con una pregunta: “¿Por qué tiene unas tijeras debajo de la cama?” Ella me explicó que su hijo era un niño al cual las brujas seguían con frecuencia desde que era un bebé; su palidez se debía a que había estado al borde de la muerte debido al ataque de una de ellas; desde entonces, la única forma de evitarlas, era con las tijeras puestas de esa forma en el lugar donde el niño dormía.
Durante días, mi cabeza era el sitio en que las brujas estacionaban sus escobas; con insistencia pedí a mis abuelos que me contaran historias relacionadas con estos seres, imaginaba sus oscuros vestidos, largas uñas, sus gorros negros; mi abuelo dijo que para empezar me haría un regalo, me dio una caja; al abrirla, el resplandor de las cuchillas entrecruzadas deslumbró mis ojos.
