El crimen ocurrió entre el 20 y el 22 de mayo de 1520, cuando expiraba el mes Tóxcatl. Los grandes capitanes y jóvenes valientes, celebraban al dios Huitzilopochtli con danzas y cantos, al ritmo de atabales y sonidos de caracolas, rodeados del incienso que honraba al guía y benefactor del pueblo mexica.
Había niños y mujeres en el recinto sagrado, que unían sus voces al coro devoto de grandes capitanes y jóvenes valientes, todos pertenecientes a la nobleza del pueblo nahua.
En códices se resguardaron los testimonios de los escasos sobrevivientes que narraron cómo “mientras se está gozando de la fiesta, ya es el baile, ya es el canto, ya se enlaza un canto con otro, y los cantos son como un estruendo de olas, en ese preciso momento los españoles comienzan a matar a la gente inerme”.
Del ataque cobarde, premeditado y alevoso, existen las versiones de los vencidos y la de los vencedores. Algunos cronistas de Indias, como se conocía a los escribas de los invasores, justificaron el holocausto; otros lo condenaron, como el insigne Fray Bartolomé de las Casas, que en la relación que hizo al emperador Carlos I de España, en 1542, dejó asentado:
“(…) y comienzan con las espadas desnudas a abrir aquellos cuerpos desnudos y delicados, a derramar aquella generosa sangre, que uno no dejaron a vida (…) fue una cosa esta que a todos aquellos reinos y gentes puso en pasmo y angustia y luto e hinchó de amargura y dolor; y de aquí a que se acabe el mundo o ellos del todo se acaben, no dexarán de lamentar y cantar aquella calamidad”.
La versión de los vencidos, de las víctimas, de los humillados, quedó arrinconada en el olvido por mucho tiempo en escritos indígenas, hasta que fueron rescatados por el maestro Miguel León Portilla en su libro "Visión de los vencidos", que dio voz a los silenciados.
Así, en el Códice Florentino, se narra: “La sangre de los guerreros cual si fuera agua corría: como agua que se ha encharcado y el hedor de la sangre se alzaba al aire, y de las entrañas que parecían arrastrarse. Y los españoles andaban por doquiera en busca de las casas de la comunidad: por doquiera lanzaban estocadas, buscaban cosas: por si alguno estaba oculto allí; por doquiera anduvieron, todo lo escudriñaron. En las casas comunales por todas partes rebuscaron”.
“Cuando esta carnicería acabó, los españoles tuvieron tiempo y sangre fría para entregarse al despojo de los cadáveres, entre los que había no pocos de mujeres y niños", recordó el historiador Carlos Pereyra, en su esbozo biográfico de Hernán Cortés.
Y Doralicia Carmona, en "Memoria Política de México", afirma: “La crueldad española genocida, desde el principio de la conquista y hasta la consumación de la Independencia, será usada frecuentemente para provocar el terror de los indígenas y lograr su sometimiento”.
EX LIBRIS
La versión de la matanza según el Códice Aubin
En Tóxcatl subían arriba al dios. Mataron a los cantores cuando comenzaba el baile. No más lo vio Motecuhzoma y dijo a Malintzin:
–Favor de que oiga el dios: ha llegado la fiesta de nuestro dios: es de ahora a diez días. Pues a ver si lo subimos. Harán incensaciones y solamente bailaremos cuando se suban los panes de bledos. Aunque haya un poco de ruido, eso será todo.
Dijo entonces el capitán:
–Está bien. Que lo hagan. Ya lo oí.
Luego partieron, fueron a encontrar a otros españoles que llegaban. Sólo El Sol se quedó aquí. Y cuando llegó la hora en la cuenta de los días, luego dijo Motecuhzoma a éste:
–Favor de oír: aquí estáis vosotros. Pronto es la fiesta del dios; se ha aproximado la fiesta en que debemos festejar a nuestro dios.
Dijo aquél:
-¡Que lo hagan: de algún modo ahora estaremos!
Luego dijeron los capitanes:
–Favor de llamar a nuestros hermanos mayores.
Y hablaron los hermanos mayores: Cuando éstos hubieron venido, luego les dan órdenes; les dicen:
–Mucho en esto se ponga empeño para que se haga bien.
Y dijeron los hermanos mayores:
–Que con fuerte impulso se haga.
Entonces dijo Tecatzin, el jefe de la armería:
–Favor de hacerlo saber al señor que está ante nosotros. ¡Así se hizo en Cholula: no más los encerraron en una casa! También ahora a nosotros se nos han puesto difíciles las cosas. ¡Qué en cada pared están escondidos nuestros escudos!
Dijo entonces Motecuhzoma:
-¿Es que estamos acaso en guerra? ¡Haya confianza!
Luego dijo el jefe de armas:
–Está bien.
Luego comienza el canto y el baile. Va guiando a la gente un joven capitán; tiene su bezote ya puesto: su nombre, Cuatlázol, de Tolnáhuac. Apenas ha comenzado el canto, uno a uno van saliendo los cristianos; van pasando entre la gente, y luego de cuatro en cuatro fueron a apostarse en las entradas. Entonces van a dar un golpe al que está guiando la danza. Uno de los españoles le da un golpe en la nariz a la imagen del dios. Entonces abofetean a los que estaban tañendo los atabales. Dos tocaban el tamboril, y uno de Atempan tañía el atabal. Entonces fue el alboroto general, con lo cual sobrevino completa ruina. En este momento un sacerdote de Acatl iyacapan vino a dar gritos apresurados; decía a grandes voces:
–Mexicanos, ¿no que no en guerra? ¡Quién tiene confianza! ¡Quién en su mano tiene escudos de los cautivos!
Entonces atacan solamente con palos de abeto. Pero cuando ven, ya están hechos trizas por las espadas. Entonces los españoles se acogieron a las casas en donde están alojados.
(Del Códice Aubin, Versión de Ángel María Garibay K., en Miguel León-Portilla: Visión de los vencidos; UNAM, 2003, Ciudad de México).


