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La historia del "Higo Guadalupe Victoria", el árbol de Oaxaca derribado por una tormenta

Foto(s): Cortesía
Redacción

Con la caída, el domingo 8 de agosto, a causa de una fuerte tormenta, de un higo del Valle, conocido como el "Higo de Guadalupe Victoria”, ubicado sobre calzada de la República, algo se va perdiendo del antiguo Oaxaca.


La leyenda popular y la investigación histórica asocia este árbol, dos veces centenario, a dos personajes notables: el general insurgente, José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, que llegaría a ser presidente de México con el nombre de Guadalupe Victoria (1786-1843) que, según se afirma, lo sembró como parte de una reforestación a las orillas del río Jalatlaco, para celebrar la toma de Oaxaca. También es altamente probable que haya cobijado los juegos infantiles y juveniles, bajo su regazo, del General Porfirio Díaz (1830-1915).



Es famosa la anécdota, recogida por Alejandro Rosas y José Manuel Villalpando, de que el 25 de noviembre de 1812, frente a las trincheras de Oaxaca, que ofrecían resistencia al ataque encabezado por Morelos, Guadalupe Victoria se puso al frente de los soldados insurgentes, señaló los reductos enemigos y arrojó sobre de ellos su espada, al tiempo que gritaba: “va mi espada en prenda y voy por ella”, y se lanzó sobre los realistas. Por la hazaña de abrir las puertas de Oaxaca, José María Morelos le vivió agradecido y reconoció siempre su valor. Algunos refieren que este pasaje se escenificó en inmediaciones del río Jalatlaco. 


A la orilla de la corriente que baja de San Felipe del Agua, este ejemplar estaba situado junto a uno de los accesos donde vivían Porfirio con sus hermanos y su madre, Petrona Mori. Herencia de su padre, José Faustino Díaz, el predio era conocido legalmente como solar El Toronjo. Sus referencias: al oriente con calzada de la República, antes el río Jalatlaco; al poniente con la antigua calle de Tepeaca, hoy calle de Los Libres; al norte con la hoy calle de Zárate, que en 1824 no tenía registro, y al sur con la calle Cosijoeza, anteriormente, Pulquería del Zopilote.



Odilia Torres Ávila, autora del libro “Porfirio Díaz y su hacienda La Noria”, realizó hace unos años un trabajo de georreferenciación del antiguo predio, cuya fachada principal se identifica hoy con el número 606 de la calle de Libres, que en un tiempo se llamó De los Cordobanes. 


Según biógrafos de Díaz e investigaciones históricas, la familia Díaz Mori se instaló en esta propiedad, a mediados de los años 30 del siglo XIX, tras abandonar el mesón de la Soledad, donde nació Porfirio. El niño tendría, si mucho siete años, y allí en ese ambiente, se fue haciendo adulto, antes que se convirtiera en famoso militar y político.   


Díaz cuenta en sus memorias y en confesiones a sus biógrafos que, si bien era aficionado a las naturales diversiones de niño, cuando llegó al barrio llamado de “los curtidores” o de “los alzados”, destacó más en los juegos “pesados”, debido a la inquietud de su carácter. 


Porfirio acaudillaba a un grupo de mozalbetes- “los alzaditos”- que con frecuencia armaban peleas contra pandillas cercanas, lo que le atrajo varias reprimendas de su madre. Ella pronto encontró la forma de matricularlo en el Seminario Conciliar de Oaxaca, donde iniciaría estudios que continuó en el Instituto de Ciencias y Artes del Estado hasta que abandonó, para unirse a las fuerzas de la República. 



Mientras se iba haciendo adulto y responsable, Porfirio improvisó un taller de carpintería, otro de zapatería, que combinaba con su afición a las armas, de cuyo arreglo de estos instrumentos se agenciaba algunos centavos. Las reparaba con la ayuda de su hermano menor, Félix, “el Chato” Díaz, con quien acondicionó un gimnasio. Muchos años después, en esta casa funcionó una escuela “amiga”; posteriormente un taller, y en la actualidad un estacionamiento, contiguo al lugar donde se levantaba el anciano higo de Victoria. 


Según registros oficiales, el higo del Valle (ficus crocata), de extenso follaje, medía cerca de 30 metros de altura, con diámetro de copa de 36.5 y un diámetro, en su tronco, de 3.74 metros. Tendría más de dos siglos de existencia.


De muchas vivencias fue mudo testigo el emblemático ejemplar, como tantos árboles que han sido escenario de leyendas y relatos de la vieja Antequera. Desde el llamado ahuehuete de Moctezuma, en la antigua estación del ferrocarril; el fresno que plantó Morelos, en el Paseo Juárez; los coquitos de Jalatlaco, los laureles de la india que adornan el Zócalo y calzadas de la ciudad, y tantos otros que van sucumbiendo debido a la depredación humana, el descuido oficial y fenómenos climatológicos.


Para quienes admiraban en torno suyo la perspectiva que se abre hacia las montañas de San Felipe, ignorando el vapor de la contaminación vehicular de la calzada, les quedarán gratos recuerdos de la noble existencia del higo de Victoria. Seguramente, los pájaros que anidaban en sus grandes ramas lo van a extrañar, como los vecinos y deportistas que se acogían a la frescura de su sombra que no dejaba ver directamente el cielo azul de Oaxaca de Juárez. 


 


Higo del Valle (ficus crocata)


30 metros de altura tenía su extenso follaje


36.5 metros medía su diámetro de copa


3.74 metros de diámetro en su tronco


2 siglos de existencia


 

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