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Horno de aceite quemado, opción para artesanos

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

Rufina Guillermina Ruiz López nació y creció en una familia de Santa María Atzompa, donde elaborar piezas de cerámica es la cotidianeidad. Orgullosa de esa raíz y de su capacidad de innovar, dice que ella "come del barro".


En esa relación directa con la tierra, de donde extrae cinco tipos de arcilla que son la materia prima para "levantar" piezas utilitarias o decorativas, las esmalta en "una máquina de los sueños".


Pionera


Así es como nombra al horno que usa aceite vegetal requemado como combustible. No es envidia lo que ha hecho que Rufina sea la única en contar con ese prototipo, sino desconfianza del resto de pobladores que se niegan a experimentar.


Cuando escuchó hablar del proyecto en 2011, “era sólo un sueño”, pero esa máquina de ilusiones se concretó “en la olla de tamales”, por el material de metal con que se elaboró y luego “en la olla de los dragones”, por las figuras que ha ayudado a esmaltar.


Para que Rufina llegara a tener un prototipo de horno en su casa, tuvieron que pasar tres años de investigación que realizaron el estudio Xaquixe y la asociación Innovando la tradición.


El proyecto, recuerda, nació con unos diseñadores que llegaron a Oaxaca y comenzaron a gestionar recursos del Gobierno Federal.



Con 12 colores diferentes se puede vidriar o esmaltar el interior de las piezas de cerámica

“Fue un triángulo amoroso”, es como recuerda el momento en que su asesora se fue a Japón y Rufina tuvo que aprender a elaborar el proyecto para conseguir el financiamiento.


En total experimentaron con 23 tipos de quemadores, hasta llegar al que actualmente utiliza y se alimenta a base de aceite vegetal reciclado y gas licuado de petróleo como combustible, en una proporción 40/60, dependiendo con cuál ponga a calentar el horno.


Taller familiar


La casa de Rufina se diluye con el taller de cerámica. Los cinco tipos de arcilla, tres que van a traer a los cerros de Atzompa y dos que llegan de San Felipe Tejalápam y San Lorenzo Cacaotepec, están en el patio.


Cuando esos cinco polvos se mezclan con el agua, se obtiene una masa grisácea que ella moldea con la sabiduría del tacto; sus manos y la vista trabajan a la par.


En ese momento, Rufina se comporta como si se tratara de un ritual. Se quita los huaraches. Se hinca sobre una tela de terciopelo, voltea una olla de barro, le sobrepone un mosaico desgastado y dos bases circulares de madera de distintos tamaños, la más pequeña sobre la más grande.


Rufina golpea la masa como si fuera a hacer tortillas y empieza la magia, el torno hecho con la olla como base gira en ángulo recto u obtuso, según requiera la pieza.



Para Rufina, el aceite requemado de cocina tiene otra utilidad

En cuestión de segundos y con golpes de nudillos, Rufina termina la base de un plato que alisa con un pedazo curveado de plástico duro y una esponja que humedece en el agua.


La pieza terminada deberá secar, a una temperatura ambiente, durante 20 días; cuando esté “a dureza de cuero”, le quitará las imperfecciones.


Antes de entrar al horno tradicional, hecho de piedra y adobe, las piezas se tienden al sol para precalentarlas. Durante dos horas se cuecen a 850 grados centígrados.


Después viene el bruñido y el “vidriado”, como se le conoce a la aplicación de pigmentos libres de plomo por el interior de la pieza.


“La técnica tradicional es el chorreado, pero la exigencia del cliente es limpiar lo que sobra de color”, explica Rufina mientras con una esponja humedecida limpia el exterior de un tazón con forma de chirmolera o molcajete teñido de azul turquesa.


Sustentabilidad y eficiencia


Si hay poco trabajo, una vez al mes usa el horno que dan ese acabado final a las piezas. Si es mucho, realiza hasta tres quemas prolongadas de 14 a 18 horas cada una.


En cualquiera de los casos, las piezas se quedan dentro del horno dos días, en lo que se enfría. La ventaja es que el uso de aceite de cocina le permite ahorrar hasta un 30 por ciento de combustible.


En cada tianguis donde Rufina acude a vender sus piezas, cuenta lo que hace con el aceite requemado que las personas no saben cómo desechar y junta 300 litros al mes.


“Es poco a poco, pero las personas van haciendo conciencia” y creyendo en el sueño de Rufina, para que se dejen de contaminar ríos y arroyos con aceite que la mayoría de las veces se tira directamente al drenaje.

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