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Herminia salió de su cautiverio y recupera la dignidad; la madre de la niña aún no aparece

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

A tres meses del rescate del “apando” en el que vivía, Herminia recuperó su dignidad humana. Ha comenzado a dar sus primeros pasos erguida, controla esfínteres, recuperó sus movimientos finos y gruesos para la realización de actividades cotidianas como comer con cuchara, dibujar, asearse, vestirse por cuenta propia y hablar.


La piel de María Andrade, representante legal de la casa hogar Acéptame como soy, se eriza al recordar la llegada de Herminia, una joven con discapacidad intelectual. “Fue impresionante verla desplazándose en cuclillas”. Durante dos años, Herminia, que hoy se sabe tiene 17 años de edad, estuvo condenada a un tétrico encierro que redujo su condición de vida a la que enfrenta un animal.
 


Perder la dignidad


“Vivir en un chiquero la llevó a perder su dignidad, a perder su capacidad de caminar erguida, su voluntad desapareció, nadie la escuchó. Para sobrevivir, a veces tienes que perder tu dignidad. Las personas en un grado extremo se olvidan de todo con tal de sobrevivir. En el caso de Herminia, eso pasó. Aceptó esas condiciones a cambio de vivir”.


En esos dos años, su existencia quedó amurallada por tablones roídos de pobreza y abandono, entre el silencio quebrado por su canto gutural, semidesnuda, cubierta bajo la oscuridad de una cobija desgarrada y mal oliente, alimentada a ras de la tierra que lo mismo era su cama que su baño.


 




Amurallada por el olvido, durante dos años Herminia vivió a ras de tierra.

 


Señales de amor


A tres meses de su rescate de aquél apando, faltan piezas fundamentales en su historia. La que se conoce de manera concreta se remonta a San Marcos Santa Flor en San Martín Peras, en donde el 73.6 por ciento coexiste en pobreza extrema.
Se sabe que en el 2014 Herminia regresó a la localidad, luego de su estancia en Tijuana, ciudad fronteriza a donde fue llevada por su madre, quien como muchos otros migrantes, buscan arrancarse el hambre a fuerza de trabajo.


María Andrade afirma, sin temor a equivocarse, que existen señales claras de que Herminia vivió como un ser amado antes del confinamiento en aquella localidad, la más pobre de México. La determinación de la madre -consideró- estuvo orillada por las dificultades socioeconómicas.
“Por todo lo que hemos estado descubriendo en este periodo, nos damos cuenta que Herminia fue una niña querida. La madre le dio hasta donde pudo. Tenemos entendido, y Herminia nos demuestra que fue a la escuela, ella respeta límites en trabajos de aula. Muchas de sus actitudes nos informan cómo fue su infancia”, expresa.


 




Había sido confinada al encierro; hoy, Herminia vuelve a sonreir.

 


Volver a nacer


Bajo el fresco que proporciona la sombra del kiosco, un grupo de jóvenes realiza actividades escolares en la casa hogar. La figura de Herminia se recorta en la claridad mortecina de una mañana de noviembre, inmóvil, serena, meditabunda, hundida en pensamientos que sólo ella conoce. Su mirada está clavada en los colores desperdigados sobre la mesa.


-Hola Herminia, ¿cómo estás?- la voz no logra atraer la atención de la joven, quien continúa con la mirada sumergida en algún punto. La voz insiste cálidamente, sin desespero, hasta que Herminia gira la cabeza inclinada a su lado derecho. Su rostro se abre paso en el reluz del color canela de su piel y de sus ojos eclipsados por la sombra de sus pobladas pestañas. Alarga la delgada mano extendida en ese gesto delicado de un saludo.


-Bien– expresa parcamente, pero con claridad. Sus ojos nuevamente regresan al mundo ensimismado.


La docente le pide que dibuje algo. Con el bolígrafo en sus manos comienza a trazar círculos y líneas paralelas.
 


 


Sin rastro de la madre de Herminia


El siguiente paso a la rehabilitación -expresa María Andrade- es buscar a la madre, pero no para satanizarla, acusarla o mandarla a la cárcel, sino para darle los medios para la inclusión de Herminia a la vida en familia
Para la también fundadora de la casa hogar, quien desde hace más de tres décadas se dedica al trabajo con personas con discapacidad intelectual, la situación que vive Herminia fue ocasionada por las condiciones de pobreza extrema, la ignorancia e indiferencia en la que vivía.


“Entiendo que la madre se la llevó inicialmente de su comunidad a Tijuana en busca de mejores condiciones de vida como cualquier migrante. Desde ahí vemos un acto de amor. Una madre indiferente la hubiera dejado; sin embargo, lo intentó; si migrar solo es complejo, imaginen con una niña de estas características. No lo logró y la deja al cuidado de la abuela y se dan estas circunstancias. Esto es producto de la pobreza extrema”, explica.
Hasta el momento -explica-, el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) Oaxaca no ha dado informes sobre el paradero de la madre de Herminia, a quien sería entregada una vez culminada la rehabilitación y de ser capacitada para el cuidado de la joven.


“Si la madre no aparece, es porque no la están buscando o no están haciendo lo suficiente para buscarla, porque el Estado tiene toda la capacidad y poder para localizarla y luego apoyarla”.


 




La población infantil con discapacidad es el sector que sufre más abandono.

Futuro incierto


El convenio firmado entre la casa hogar “Acéptame como soy” y el DIF concluye el último día de noviembre y ante el cambio de administración, se corre el riesgo de que Herminia de nueva cuenta caiga en el círculo de abandono.


María Andrade indica que a falta de políticas públicas para la atención de personas con discapacidad, se desconoce el número exacto de personas que conforman este universo y sobre todo de la cantidad de quienes viven en el aislamiento y abandono, similar al de Herminia.

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