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Hallazgos montaña adentro

Foto(s): Cortesía
Redacción

Los hombres se internaron en la montaña desde hacía más de una semana; la neblina les estorbaba la visión, a tientas verificaban que estuvieran completos; con chiflidos en clave construyeron una especie de pase de lista que les daba la certeza de continuar juntos en la misión.


Montaña adentro todo era silente y frío; no se daban cuenta del paso del tiempo, salvo por los escasos rayos de sol que penetraban de entre los árboles, rayos que a veces rebotaban en las afiladas hojas de los machetes, ávidos de encontrar a la criatura alada que nuevamente estaba amedrentando a la comunidad. Los hombres no descansarían hasta arrancarle el pescuezo, hasta apagar su canto macabro que muchas veces semejaba el llanto de un bebé.


Para descansar se organizaban por turnos, prendían una fogata y se calentaban con la hoguera aunque por dentro llevaban un calor; el coraje les ardía entre las venas, habían visto sufrir a sus familias, tenían la consigna de no volver sin la presa. Pero ni esa, ni la noche siguiente, ni la posterior a la siguiente encontrarían rastro. El pajarraco ya había emprendido el rumbo para el pueblo, sus aleteos despertaban a las mujeres y a los niños, el viento arrastró los ecos del miedo hasta donde los hombres estaban y dejó una sensación de impotencia entre ellos. Se miraban unos a otros mientras bebían de sus pocillos, sin emitir palabra.


De pronto, uno de ellos se incorporó; “shhhh, shhhh, algo se movió por allá” dijo a media voz, mientras empuñaba el machete y caminaba con sigilo hacia unos matorrales, otros tres los siguieron, mientras el resto se quedó a la expectativa; ni bien atendían el origen de aquellos extraños ruidos, otro de los hombres paró bien la oreja y percibió que por el lado opuesto también había movimiento; pensaron que estaban siendo presa de una emboscada, cada quien imaginó diferentes escenas pero todos coincidían en que sin duda les estaba llegando la hora. De pronto, uno de ellos, el más aventado, comenzó a gritar desaforado: ¡Sal de una vez por todas, ave del mal, rapiña del demonio, sal a recibir tu merecido!


Melquisedec gritó todo lo que traía en el pecho, mientras los demás quedaron estupefactos, no sabían si tomar aquel acto como valentía o estupidez, pero al voltear la vista estaban rodeados por un sinnúmero de personitas envueltas en harapos.


Continuará el próximo miércoles…


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