De acuerdo al latín tardío, glossa se define como una palabra oscura, un término que necesita explicación, de ahí que la glosa sea una explicación o paráfrasis de un texto de cierta complejidad. Pero en el Congreso los diputados entienden la palabra como sinónimo de lisonja, adulación o clara sicofanta.
La glosa del primer informe de gobierno, el ejercicio democrático por excelencia como lo adjetivan los diputados, es un remedo del culto a la personalidad y servilismo a los hombres del poder, propio del sistema priista de décadas pasadas; nada moderno, nada plural, nada transparente.
En dos semanas, por el salón del pleno del Congreso estatal han desfilado doce titulares de diferentes dependencias públicas, -los responsables de Coplade y el IEEPO no pudieron comparecer por la protesta de maestros-, para repetir la añeja fórmula: un discurso cargado de cifras, datos y consideraciones que ya se encuentra en el texto y anexos del informe de gobierno.
Como antaño también se hacen acompañar de sus empleados y beneficiarios de los programas públicos que manejan, con el solo propósito de aplaudir sus intervenciones y hacer callar a los disidentes, si lo hay. Al menos en las comparecencias de la 63 legislatura la crítica ha sido el elemento ausente.
El mismo formato está hecho para el lucimiento personal de los funcionarios. 20 minutos para una primera exposición, en la que lógicamente 19 se utilizan para la alabanza propia y el señalamiento a los anteriores titulares de las oficinas públicas de generar las deficiencias presentes; y 10 minutos para responder preguntas que en realidad suelen ser redundantes, confusas o simplemente fuera de lugar.
Porque los legisladores también actúan como los representantes populares de hace décadas, es decir utilizan las comparecencias para negociar proyectos, apoyos, prebendas, con los funcionarios citados; de ahí que sus intervenciones sean demagógicas, inocuas, anodinas.
La oposición que no es
En el colmo de la desfachatez, quienes tienen la responsabilidad de cuestionar a los servidores públicos sobre el estado que guardan las dependencias a su cargo, terminan agradeciendo la presencia del compareciente, sus discursos y embustes. Y ya no solo son priistas, en la última comparecencia la diputada por Morena Paola Gutiérrez Galindo no pudo contenerse y expresó desde la tribuna camaral al titular de CAO, David Mayrén Carrasco, que la silla le queda chica y ojalá que el gobernador, Maestro (sic) Alejandro Murat Hinojosa, le asigne otra dependencia de mayor nivel.
Con cinco minutos para formular hasta tres preguntas, los legisladores siempre caen en la tentación de emular al orador en turno, con muy malos resultados. Quienes improvisan se pierden en divagaciones y quienes llevan sus discursos escritos, únicamente evidencian lo difícil que es lisonjear y objetar al mismo tiempo.
“Usted es una buena persona, pero sus funcionarios no le ayudan; es un funcionario competente pero las circunstancias le son adversas; su actuación ha sido responsable, pero el contexto es difícil” son fórmulas que repiten por igual priistas, -ellos de manera razonable por la reinstauración de un régimen unipersonal-, perredistas, panistas, petistas y hasta morenistas para quedar bien y no confrontarse con el compareciente, por aquello de que vaya obstaculizar la gestión.
Así con un rito vacío de significación democrática y en un esquema que cuida más la forma que el fondo, las comparecencias son la herencia de un régimen político antidemocrático, unipartidista y autoritario, que subsiste por la necesidad de los legisladores de mantener abierta la llave de los programas y apoyos gubernamentales para su sobrevivencia política.
