LOMAS DE RANCHO QUEMADO, Cuilápam de Guerrero, Oax.- La precariedad que le ha acompañado en sus 31 años de vida hace que Francisco Orocio López desee que su hija Yatziri, de seis años de edad, logre "ser alguien en la vida" y que no termine casada, con hijos y como de ama de casa.
En esa aspiración, su familia resintió el confinamiento que cerró las escuelas que el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) tiene en mil 295 comunidades de Oaxaca, donde la matrícula escolar es tan pequeña que no alcanza para instalar una escuela básica regular.
En vez de caminar 20 minutos para llegar a la escuela multigrado, cada lunes y jueves Francisco y su esposa Catalina Sánchez García esperan, junto con Yatziri y su sobrino Jesús, que el profesor Carlos llegue caminando entre el lomerío que empiezan a poblar casas de lámina y adoquín.
Para Carlos Daniel Hernández Canseco, un joven de 22 años que estudia el primer semestre de la licenciatura en Educación e innovacion en el campus Oaxaca de la Universidad de Puebla (UniPuebla), el ciclo escolar 2020-2021 es su tercer año como líder comunitario para la educación, adscrito a la Coordinación Territorial del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe).
A pesar que las escuelas se cerraron, su tarea de enseñanza no se interrumpió y sigue viajando a esta pequeña comunidad que se localiza a 20 kilómetros de la ciudad de Oaxaca para caminar las calles que ya tienen nombre, pero no pavimento.
Junto con otra compañera y otro compañero deben atender a 40 infantes distribuidos de primero de preescolar a sexto grado de primaria, pero a él le tocan 16 que cursan primero, segundo y tercero.
En total, su agenda de trabajo incluye visitar 11 casas y destinarles 60 o 90 minutos, sin contar el tiempo que requiere para trasladarse a pie, pues a estos cerros secos no hay transporte público que quiera llegar.
El deseo de ser alguien
La familia de Yatziri ya sabe que su profesor llegará a las 9:00 de la mañana. Ella y su primo Jesús tienen puesto el uniforme que les proporciona Conafe: falda o pantalón de mezclilla, playera tipo polo, chamarra, gorra y tenis tipo converse.
Los sonidos guturales de los animales que cría su familia suenan con fuerza. Antes de empezar la clase ambos se colocan su cubrebocas y se lavan las manos a jicarazos sobre un lavadero que no está conectado a un sistema de agua potable ni drenaje.
La casa de su familia es sólo un cuarto de lámina levantado sobre una estructura de madera que lo mismo sirve como dormitorio, que como comedor, cocina y ahora como salón de clases.
Antes de comenzar la clase, Francisco alcanza a ver que el profesor ha llegado y con facilidad expresa lo que sueña para Yatziri: "Que sea alguien en la vida, maestra, doctora o lo que ella quiera ser, pero que no se quede sumida en un mundo donde por no estudiar se ignora la mayoría de cosas".
Contrario al machismo que ve a las mujeres como seres inferiores, Francisco mira a su hija mayor como una mujer adulta que saldrá adelante sin depender de un hombre ni limitar su vida a la crianza de una familia.
“Yo quiero que mi hija salga adelante y sea algo en la vida”, expresa un hombre cuyo carácter lo forma las dificultades de una economía que sólo puede sortearse en el campo, la crianza de animales o la albañilería, pues eligió una vida traquila lejos de la muerte, la violencia y el alcohol de su natal San Miguel Panixtlahuaca.
“De mi casa me salí a los 7 años y a los 13 años me fui a Guadalajara, pero por mi edad nadie me quiso dar trabajo”, lo que lo obligó a regresar a su pueblo para estudiar un año y al siguiente llegar a Estados Unidos, donde tuvo una breve estancia.
Internet, más útil que la televisión
Cuando las escuelas se cerraron, Francisco decidió cancelar el servicio de televisión y pagar 260 pesos mensuales para tener internet y que su esposa pueda ayudar a Yatziri con las dudas de la tarea.
Para Catalina, Carlos es el mejor profesor que le ha tocado a su hija que estudia el primer grado en la casa, una labor que se le dificultad, pues sólo tiene clases presenciales dos veces a la semana.
“Cosa que no entiendo, la busco en internet, si no le pregunto a mi hermana que estudia la secundaria, pero ella también tiene mucha tarea”, dice con la seguridad de que en la escuela avanza más porque ahí puede entender lo que ella no entiende.
Al igual que su esposo Francisco, Catalina quiere que Yatziri salga adelante con los estudios y no se limite a no ganar mucho, como ella que tarda dos días para tejer un vestido con un gorro para una niña de 3 años y ayudar a su esposo con los gastos del internet y la comida.
El profesor de Yatziri no tiene duda de que si su familia la sigue apoyando como ahora, ella podrá concluir una carrera profesional. La niña escucha en silencio las esperanzas que su familia tiene en ella. Sigue con entusiasmo las instrucciones de su profesor. No cualquiera de que con las escuelas cerradas, la enseñanza toque a su puerta.
