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El regreso

Foto(s): Cortesía
Redacción

“¡Bajan!”, le grité al chofer del camión que como borracho se mecía en ese camino de terracería lleno de baches. Tomé mi mochila inflada de recuerdos y mis botas tocaron el suelo arrugado y polvoriento de esa tierra que abandoné hace 34 años para irme a trabajar con los gringos.


Estaba solo. Era la única persona que se había bajado en ese paraje que seguía llamándose El limoncito. Nunca supe por qué le pusieron ese nombre, si en varios kilómetros a la redonda no había un solo limonar. Tal vez era la reminiscencia de un pasado glorioso o simplemente el reclamo de lo que hacía falta en el pueblo.


Aún recuerdo esa tarde en que la luz caliente rebotaba como pelota de brasas en el suelo tostado por la ausencia de lluvia. Las plantas de maíz, frijol y calabaza habían aceptado su nueva condición de marchitez permanente. Ese día, con una desesperación líquida bajando por mi rostro, les dije a mis padres que ya no soportaba la miseria y que su único hijo iba a encontrarse con el sueño americano.


Los llené de promesas, les aseguré que les enviaría dinero y que tan pronto ganara un poco de dólares volvería al pueblo para estar con ellos. Mis padres olvidaron como eran las palabras pues no dijeron nada. Primero les escribía unas líneas cada semana, después cada 15 días, más tarde cada mes y por último, cada que me acordaba, hasta que me olvidé también de las palabras. El sueño americano me envolvió. Las mujeres, el whisky y los amigos fueron sedantes y analgésicos para no sentir el dolor de la pobreza donde sobrevivían mis padres.


Ahora camino en este sendero culebreado que me lleva a Picaya. Desde lo alto se divisa el pueblo como si estuviera envuelto por el abandono. Alargo los pasos para encontrarme con mi pasado, me dirijo a la casa de mis padres, un trayecto desolado. En el patio donde mi madre cultivaba sus flores, solo hay lagartijas que se esconden entre las piedras y las hierbas silvestres se miran enmarañadas el techo de tejas rojas a punto de desplomarse como si supiera que ya no tiene a quién cubrir y que su misión ha terminado. Las paredes blancas se encuentran chorreadas de la sangre negra y verde que produce la humedad. Las puertas y ventanas azules lucen despintadas, sin maquillaje.


Las voces de Picaya me dijeron que mis padres se fueron marchitando por la falta de su único hijo. No murieron por falta de dinero, tampoco por falta de alimento, ni siquiera por la ausencia de las cartas, se habían muerto porque al igual que la casa, creían que su misión había terminado. Los fui a buscar al único lugar donde podrían estar y ahí les pedí perdón.


Voy saliendo de lo que fue mi pueblo rumbo al Limoncito. Mis pies se arrastran en ese suelo arrugado y polvoriento. Mis hombros cargan la mochila inflada de recuerdos. Volteo a ver por última vez a Picaya y no puedo evitar que dos lágrimas resbalen por mis mejillas y pienso que todos recordamos dónde empezamos a vivir pero nadie sabe dónde terminaremos.


¿A dónde iré? No lo sé.

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