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El manjar a los muertos, desde Miahuatlán, Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

MIAHUATLÁN DE PORFIRIO DÍAZ, Oaxaca.- El mercado miahuateco huele a fiesta, a tierra fresca de los rabos de las jícamas, a cacahuate tostado al comal, a flor de cempasúchil y borla recién cortada. Huele a alegría, a tradición, huele a Todos Santos.


El lugar despliega la grandeza de ser el mercado tradicional más importante de la Sierra Sur; punto de abasto e intercambio comercial de más de 30 municipios de la zona de Mixtepec, Ozolotepec, Coatlanes y Loxichas. Cientos de personas se agolpan en las angostas calles que rodean a la Parroquia de San Andrés Apóstol para vender, comprar e intercambiar.


Las comerciantes ofrecen sus manojos de cresta de gallo y nubes, sus pirámides de nuez y mandarinas, los panes bien apiladitos con la sonrisa desplegada en los rostros de angelitos hechos de migajón.


Van y vienen en compra-venta


El mercado es un hormiguero con varones cargando al hombro los chiquihuites. Van y vienen entre la multitud en las compras para llenar el altar de muertos. La gente avanza entre el golpeteo de la punta de los zapatos con los talones del que va enfrente.


La nuez rebosa en los costales acomodados uno junto a otro en el apretado pasillo. "¡De a cinco por diez, lleve su jícama!.. ¡Lleve su cacahuate de a 50 la bolsa!.. ¡A 25 el manojo!..", se oye entre la vendimia del día previo a la colocación del altar.


Las marchantas llevan su dinerito bien apretujado en la cuenca de sus manos hasta hacerlo sudar. "¡Cuiden sus carteras!", hacen la advertencia, pues entre tanto tumulto, algunas llegan a desaparecer.


Sobre las escalinatas del atrio de la parroquia en honor a San Andrés Apóstol, las familias descargan el ajetreo. Toman un respiro bajo la sombra de los árboles, comparten tortillas con chapulines y queso fresco. Beben agua.



Cansados por las compras, las familias descansan en las escalinatas de la parroquia de San Andrés Apóstol. FOTO: Emilio Morales

El chiquihuite de Roberto Lucas, Juana Jarquín y Tomasa Arango, aún no se llena. Todavía falta comprar pan de muerto para el altar y otro poco para ofrendar a los compadres. “Así es nuestra tradición, compramos fruta, pan, flores, para que mañana pongamos el altar; una vez pasada la fecha, lo llevamos a repartir entre los compadres”, explica Roberto abanicándose con el sombrero de palma que descubre un cabello tupido de canas.


Fiesta indígena


Doña Juana ya lleva dentro del chiquihuite hojas de platanar para envolver los tamales de mole. De acuerdo con lo que marca la tradición en Miahuatlán, este 31 de octubre se realizan, al tiempo que se coloca el altar para recibir a los muertos pequeños del 1 de noviembre.


“Es una costumbre, es una emoción esperar a los muertos cada año. Sí es un gasto fuerte, pero para nosotros un gusto. ¡Hay que ir ahorrando porque viene Todos Santos!, dice uno”, expresa la mujer con el rosto enrojecido por el calor del mediodía.


Cuenta la tradición que en aquellos hogares en donde no se coloca altar de muertos se escucha el lamento de los fieles difuntos. “Así dicen, que si no pones altar llegan los muertitos y te jalan los pies.


Juan Mario Ramos Rodríguez, el párroco de Miahuatlán, explica que la festividad de raíces indígenas está caracterizada por expresar la alegría en la comida.



Pirámides de calabazas sobre las angostas calles de Miahuatlán. FOTO: Emilio Morales

“En Miahuatlán, ésta es una fiesta indígena y lo importante es la alegría que se manifiesta en la comida. El ser humano manifiesta su amistad y alegría en la comida, en los banquetes y sí se observa que aquí lo que predomina es abastecerse de alimentos”, señala.


El párroco rechaza que la festividad esté dedicada a los muertos. “¡Es una fiesta que celebra la vida!”


Noche de flores


Cada año, a ocho días de la llegada de Todos Santos, en el centro de Miahuatlán se derrama una multitud que viaja desde sus comunidades en busca de abastecerse de productos. La convergencia ha dado lugar a la llamada "noche de flores".


Víctor Eliud Ramos López, director de la Casa de la Cultura, explica que la tradición tomó ese nombre debido a que durante toda la noche y la madrugada del siguiente día, se mantiene la venta de flores para la realización de los arcos y altares.


Para acompañar la velada, los habitantes realizan sobre el corredor del palacio municipal el concurso de altares de muertos y de cruces de polvo, además de la lectura de calaveritas literarias. La idea es preservar las tradiciones.


Aunque éstas aún se mantienen, con el paso de los años han ido modificándose y agregando elementos que no son tan propios de Miahuatlán, como sucede en la corrida de gallo que se realiza el 31 de octubre.



La noche de las flores, una tradición miahuateca. FOTO: Emilio Morales

Corrida de gallo


La “corrida de gallo” consiste en llevar serenata, anteriormente con rondalla, pero hoy en día se realiza con sonido o con banda.


“Entrando la noche, la gente empieza a cocer los tamales para que a las 12 ya estén listos. A esa hora en adelante, empieza la corrida de gallo. La gente amanece llevando serenata. Aunque se ha perdido un poco la costumbre, porque llevan aparatos de sonido, bandas y hasta un camión entero con un conjunto de bocinas, prevalece la corrida de gallo”, explica. A cambio de la serenata, la familia tiene que ofrecer a los músicos pan, chocolate y tamal.


El 1 y 2 de noviembre, el panteón se colma de visitantes; las familias acuden a la convivencia de las personas que viven en el descanso eterno. La velada es una verbena. Las tumbas son alumbradas con veladoras y revestidas con flores.


El día 2, a las cuatro de la tarde, el sacerdote celebra una misa por los fieles difuntos. Más tarde, desde el palacio municipal sale una comparsa que culmina en el camposanto. Ésta es encabezada por la autoridad municipal y participa una cuadra de caballerangos que atrapan la mirada de quienes asisten.



Calaveritas multicolores adornan los puestos. FOTO: Emilio Morales

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