Evocar la historia de los Lunes del Cerro es traer a la memoria un evento que durante 40 años formó parte de las fiestas tradicionales de Julio...Bani Stui Gulal, la repetición de lo antiguo, una historia de folclore, admiración y ambiciones; un espectáculo cuyo único dueño es el pueblo de Oaxaca.
Desde los años 60 el interés era impulsar a Oaxaca
En 1960, la Fiesta de los Lunes del Cerro se perfilaba para ser ya un evento en el que el encuentro racial fuera el pretexto perfecto para la reunión de familias que disfrutaban de las tradiciones de los pueblos oaxaqueños.
Fue en 1968 cuando el entonces gobernador, Víctor Bravo Ahuja, inquieto por generar atractivos para el turismo y estimular la derrama económica en beneficio de la población, promueve junto con el Grupo Folclórico Universitario una serie de revisiones e investigaciones para enriquecer las fiestas de lo que hoy son las fiestas de la Guelaguetza.
Apegados en el documento escrito por el entonces cronista de la ciudad, Javier Castro Mantecón, acerca de las fiestas de los Lunes del Cerro, escrito por primera vez en 1954, se crearon los guiones de las tres primeras épocas en que se basaría el espectáculo: la Prehispánica, Colonia y México Independiente.
Fue con la intervención del poeta universitario, Francisco Hernández Domínguez, y su poema “Yo soy Oaxaca”, como se construye la Cuarta Época, que en cada presentación cimbró el corazón de los oaxaqueños.
Una escenografía, el vestuario y la interpretación perfectamente cuidada
Gana su lugar
En 1969, a pesar de las limitaciones económicas, se presenta por vez primera el Bani Stui Gulal; de ese año en adelante, durante cuatro décadas fue sumando no solo la voluntad de niñas, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad quienes, al acercarse el mes de julio, acudían a la Plaza de la Danza para que los responsables del Grupo Folclórico de Oaxaca los integraran al elenco que orgullosamente se presentaba el domingo previo a la Guelaguetza.
Gobernantes, artistas nacionales e internacionales, escritores, empresarios, magnates y. especialmente, el pueblo oaxaqueño, presenciaron año con año durante cuatro décadas, aquella reseña histórica de las fiestas que se iniciaban el lunes que precedía a la festividad patronal de la Virgen del Carmen, el 16 de julio.
Generación tras generación disfrutaron de las personificaciones de sus antepasados en los primeros encuentros raciales, de las señoritas de la época de la colonia que enzapatilladas corrían bajo la lluvia en la otrora Rotonda de las Azucenas al término de la festividad, de los zancudos de Zaachila y la gigantesca Sierpe que danzaba en la coreografía del méxico contemporáneo.
Nos quitan lo que es del pueblo
María Elena Landeros retornó a Oaxaca después de 18 años, entusiasmada por presenciar la festividad más importante de su tierra, busca todo tipo de información que le permita organizar su agenda, un espectáculo hace falta: el Bani Stui Gulal.
“¿Pero, con qué derecho nos quitaron una actividad tan representativa, tan importante?, truncaron la historia, puedo entender que haya ambiciones, intereses, pleitos de toda índole, pero el Bani con el tiempo se hizo propiedad del pueblo”, expresó molesta.
Al igual que María Elena, muchas son las voces que se preguntan cuándo se volverá a mirar la extraordinaria representación que quiso ser imitada sin éxito; que surgió de la voluntad de oaxaqueños interesados en que la entidad fuera admirada y se conociera la historia de la máxima fiesta de los oaxaqueños.
Arturo Ochoa Canales y Tere García Pinacho, miembros fundadores del Grupo Folclórico de Oaxaca y del Bani Stui Gulal
Cuándo, cuestionan, terminará el conflicto de intereses que ha costado la división de una familia, pero sobre todo, el castigo a un pueblo que no solo apoyó con su presencia cada presentación, sino que formó parte del mismo y lo fue alimentado con su espíritu y entusiasmo.
El impasse se ha prolongado, una década ya pasó desde el inicio del conflicto que puso fin a cuatro décadas ininterrumpidas de contar la historia de la Fiesta de los Lunes del Cerro, un espectáculo que, con el paso del tiempo, como lo dijo Elena, es propiedad de los oaxaqueños.
