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Diableros, con la crisis a cuestas

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Oaxaca.- Con el diablo por los cuernos, Marcelo, de 69 años de edad, recorre los pasillos de la Central de Abasto de Oaxaca. Las campanadas de las ruedas en su andar van gritando “¡Golpe avisa!” Aunque avanzado en años, apresura el paso en medio de centenares de cargadores enrolados “por necesidad” en este oficio que lleva la crisis a cuestas.


“Aquí llegamos los que no sabemos leer, los que no fuimos a la escuela, los que no tenemos trabajo pero que queremos ganarnos la vida honradamente”, afirma el hombre, quien el próximo año cumplirá 38 como diablero.
 


Los inicios


Su vida como cargador inició a los 31 años de edad, con el nacimiento del mercado Margarita Maza de Juárez, lo que hoy se conoce como Central de Abasto. Entonces -agrega-, pocos eran los que trabajaban en el lugar.


Marcelo habla pausado, la voz atraviesa su garganta como un delgado hilo que remienda palabras. Es originario de la Sierra Juárez de Oaxaca, llegó a la capital buscando empleo. “Lo único que sabía hacer era poner a trabajar mi fuerza”, señala.


El hombre toma un respiro en la pesada labor. Se acoraza del sol de mediodía bajo la sombra intercalada de las redilas de una camioneta. Seca el sudor de su frente. Acomoda el mandil que protege su ropa, y coloca una mano sobre la curvatura del cuerno del diablito, su instrumento de trabajo.


Aún a su edad -asegura- continúan haciendo viajes en donde transporta más de 20 cajas. “Gracias a Dios nunca me he lastimado ni he sufrido accidentes”, expresa con una sonrisa franca y de satisfacción. Luego su voz se pierde entre el empalme de sonidos de la vendedora de ajos y cebollas, del hombre que comercializa veneno de víbora contra la diabetes, del grito:“¡Va el golpe, va el golpe!, que lanzan los carretoneros porque su pesada marcha es difícil detenerla.



 

iajes "atropellados"


Los cargadores van y vienen atropellados sobre las pequeñas arterias de la central, esquivando puestos de alimentos entre laberínticos pasillos que lo mismo se pintan de legumbres que de pescados, flores, ropa y loza.


Un par de jóvenes empujan a dos manos la pirámide de cajas de tomate estibadas sobre la carreta que en su mensaje escrito afirma “nacido para trabajar”. La jornada no se detiene aunque en su andanza los carritos y diablos vayan descargados buscando la oportunidad de ganar.


Enrique también es diablero, lleva 30 años en la labor. “Aquí seguiré porque siento más el golpe cuando no trabajo que cuando lo hago”, afirma el hombre con más de medio siglo pintado en su cabellera.


En ese momento realiza el desmonte de las diez cajas arrastradas hacia un camioncito de una tienda de abarrotes. Cada una, tiene un peso que va desde los 10 hasta los más de 20 kilogramos. Al igual que el diablo, la faja es parte de su herramienta indispensable de trabajo.
 


Ingresos "sudados"


Con la labor que realiza obtiene ingresos por 200 pesos, y en un día de plaza hasta 300 en una jornada que va de las 08:00 hasta las 20:00 horas. Por cada caja que él transporta percibe entre dos y tres pesos. Así, cada día tiene que estibar entre 100 y 150 cajas para tener el ingreso suficiente que le permita solventar el gasto diario.


Hasta el momento, el único accidente en el que se ha visto involucrado en este trabajo, fue una ocasión en la que el peso del diablo le impidió frenar a tiempo y chocó la calavera de un taxi que se detuvo intempestivamente.


De acuerdo con estimaciones de los propios cargadores, en la central circulan unos dos mil diableros aglutinados en tres organizaciones.


En algunos casos, además del importe que deben de cubrir por la renta diaria de diablitos quienes no tienen las posibilidades de comprar uno, pagan 50 pesos mensuales como parte de una cuota para poder trabajar libremente.
 


El tameme, cargador del México prehispánico


Los diableros desempeñan uno de los oficios más viejos dentro de la historia de México. Y es que esta labor se practica desde la época prehispánica, cuando el trueque era la forma de pago


En aquella época, a las personas que tenían el oficio de cargador se les denominaba tameme. Los tamemes utilizaban en su trabajo el mecapal, que era una banda frontal ancha y gruesa de cuero que lleva un mecate de ixtle en cada extremo que sostenía la carga a la espalda del tameme; en algunos mecapales se utilizaban estructuras de textiles y madera.


Este personaje era entrenado desde la infancia, procedente de la clase de los macehuales, dedicado exclusivamente al transporte de mercancías en la cultura azteca.



 

En la actualidad


Actualmente, quienes se dedican a esta labor, generalmente son personas que no tienen estudios. Como muchos de los oficios, éste se desempeña como un empleo informal porque no cuentan con seguro social y prestaciones laborales.
Datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) para el primer trimestre de 2016, señala que la tasa de informalidad laboral es de 57.4 por ciento a nivel nacional, pero Oaxaca tiene el nivel más alto con 82 por ciento.


A esta cifra le sigue Guerrero con un 79.9 por ciento de informalidad laboral, Chiapas con 78.3 por ciento; Puebla con 73.3 por ciento, Tlaxcala, Hidalgo y Michoacán, con 73, 71.9 y 71.8 por ciento, respectivamente.


Medida económica


82% tasa de informalidad en Oaxaca


57.4% promedio nacional


79.9% Guerrero


78.3% Chiapas


73.3% Puebla


73% Tlaxcala


71.9% Hidalgo


71.8% Michoacán



 

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