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Cuilápam, crónica de una traición anunciada

Foto(s): Cortesía
Luis Ignacio Velásquez

La mañana del 14 de febrero de 1831, frente al pelotón de fusilamiento, el General Vicente Guerrero pidió a los soldados que le apuntaban con sus fusiles, defender siempre el cuerpo de caballería, a la independencia de la nación y la religión de nuestro señor Jesucristo. Frente a los gruesos muros del ex convento de Cuilápam, se volvió a leer la sentencia para evitar el sentimiento de culpa entre los uniformados realistas.


Después lo arrodillaron y le colocaron una mascada negra en la cabeza. Una primera bala le destrozó la parte inferior de su ojo derecho; segundos después, otra bala entró por la mandíbula inferior, fracturándole y destrozándole el cerebro. Su corazón fue partido por una bala que atravesó el escapulario que su hija le había bordado. Su sangre, profundo carmesí, se derramó en el suelo oaxaqueño.


La traición se había consumado. Antiguos compañeros de armas, enemigos realistas y hasta un felón italiano, de nombre Francisco Piccaluga, habían urdido la trampa que trajo al último de los héroes de la Guerra de Independencia a Huatulco, la ciudad capital y, finalmente, al convento de Santiago Apóstol, en Cuilápam, para quitarle la vida.


“LA PATRIA ES PRIMERO”


A finales de 1819, la lucha insurgente parecía vencida, por lo que el virrey Juan Ruiz de Apodaca ofreció un indulto a todos los levantados en armas. Es entonces, que el padre del caudillo, Pedro Guerrero, es enviado por el mismo gobernante para convencer a su hijo de que deponga las armas y acepte el indulto. Las crónicas relatan que arrodillado y cubierto de llanto, ruega a su hijo que entregue las armas; pero sus ruegos no logran convencerlo y ante todos los presentes, Vicente Guerrero exclama: “Señores, este es mi padre que ha venido a ofrecerme el perdón de los españoles y un trabajo como general español. Yo siempre lo he respetado, pero la Patria es Primero”.


 


La sentencia de muerte


La historiadora Raquel Huerta-Nava, en la novela histórica El Guerrero del Alba, La vida de Vicente Guerrero, reconstruye el contexto del asesinato en las disputas mortales entre liberales y conservadores, por hacer el gobierno de la naciente nación.


Recuerda que en enero de 1829, el Congreso nombra presidente al General Vicente Guerrero y vicepresidente a Anastacio Bustamante. Sin embargo, exactamente un año después, la Cámara Baja en poder de los conservadores aprueba un artículo único, por el que declaraba al presidente Guerrero incapaz de gobernar. La conspiración para su asesinato, se puso entonces en marcha.


Divididas las opiniones sobre el destierro o la muerte del héroe nacional, fue el propio vicepresidente Bustamante quien ordenó el crimen y designó a José Carlos Facio como encargado de planearlo y llevarlo a cabo.


Facio supo que Guerrero utilizaba los servicios del capitán genovés Francisco Piccaluga y su barco Colombo y negoció la entrega del insurgente a cambio de 50 mil pesos oro. Piccaluga recibió instrucciones de entregar a Guerrero en el puerto de Huatulco, donde lo esperarían los oficiales del Cuarto Batallón de Caballería.


Además, el capitán Miguel González recibió la orden de situarse en el puerto de Huatulco con tropa, llevando con él a José María Llanes, quien actuaría como fiscal, y al subteniente Margarito Gómez, como secretario, con la orden de enjuiciar y declarar culpable a Guerrero, a fin de ejecutarlo sumariamente.


Con el engaño de ofrecer una comida en su honor en el barco Colombo, Piccaluga subió a Guerrero a la nave el 14 de enero de 1831, en compañía del filipino Miguel de la Cruz, el capitán Manuel Zavala y el diputado Primo Tapia. Cuando Guerrero intentó bajar, fue capturado por soldados que habían permanecido ocultos en la bodega y escotilla.


LA MUERTE DE PICCALUGA

Después de la muerte de Guerrero, el genovés Francisco Piccaluga intentó ocultar su identidad; con el nombre de Juan Pazador llegó al puerto de Mazatlán, donde después de perder mucho dinero en un negocio de palo del Brasil, se dio un balazo en la boca el 30 de marzo de 1859.


 


El crimen


Seis días después, a bordo del Colombo, el fiscal y el secretario, que ya llevaban la documentación necesaria, iniciaron el proceso en contra de Vicente Guerrero. La farsa duró varios días y poco después desembarcaron al General y Miguel de la Cruz en la playa, dejando a los demás presos en la nave para devolverlos a Acapulco. Así prepararon la marcha hacia la ciudad de Oaxaca, con Guerrero a la retaguardia. El 29 de enero durmieron en Huatulco y un día después en un lugar llamado Piñas; otro día y arribaron a Santa María y el primero de febrero alcanzaron Huejutla, donde el General rescató a un soldado que accidentalmente cayó en el caudaloso vado del río.


El 2 de febrero llegaron a Ocotlán, luego a la hacienda de El Carmen, de donde salieron a las 4 de la mañana del día 4 hacia la ciudad de Oaxaca, para ser recibidos en el convento de Santo Domingo de Guzmán, donde el reo fue encerrado en una celda.


Ahí terminaron el supuesto juicio, se reunió el consejo de guerra y el fiscal pidió la pena de muerte de acuerdo con la ley del 27 de septiembre, que el mismo Guerrero había firmado. Conforme a lo previsto se votó por unanimidad la sentencia de muerte por el delito de lesa nación, es decir, traición a la patria por sublevarse contra el gobierno.


Temiendo una revuelta para liberar a Guerrero, se ordenó que se trasladara al reo al convento de Cuilápam para fusilarlo. El 14 de febrero, el General Vicente Guerrero enfrentó a la muerte a la que había sido sentenciado.



Por el convento de Cuilápam resonaron los últimos pasos de Guerrero la mañana del 14 de febrero de 1831

La reivindicación


Huerta-Nava recuerda que después de su muerte, el primer homenaje cívico que recibió el patricio se llevó a cabo en 1833, sólo dos años después de su asesinato, con la reinstalación del gobierno liberal.


Dice que sus restos fueron exhumados de Cuilápam y trasladados con gran solemnidad a la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde fueron depositados en una de las capillas laterales.


Añade que se le hicieron exequias fúnebres en la catedral de la ciudad. El 12 de febrero de 1834, en la Plaza de Armas de la Ciudad de México se celebraron sus honras fúnebres. El presidente Valentín Gómez Farías presidió la ceremonia y José María Tornel, gobernador del Distrito Federal, leyó las exequias.

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