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Confiar en los actos de lectura

Foto(s): Cortesía
Redacción

Las palabras nos fueron dadas como un don, el regalo cuya envoltura no termina de sorprendernos; el lenguaje formado con la textura de cada una tiene la capacidad de provocar diversas emociones, de generar innumerables imágenes; su impacto es poderoso en la vida de las personas, para bien o para mal.


Las palabras llegaron a los libros, cuando alguien decidió escribirlas, y al hacerlo otorgó a otros la oportunidad de verbalizarlas; es por eso que disfruto la lectura en voz alta, pues antes de hacerlo reconstruyo a ese alguien que tuvo que ser atravesado por la experiencia, además de tener la valentía, el talento y las ganas de plasmarlo, pues escribir es un ejercicio de arrojo.


Los libros están ahí, llenos de pequeñas letras que juntas hacen maravillas, están a la espera de otro valiente, de un lector que se atreva a saciar las ganas de devorarlos de principio a fin, pues es una época en la que existe un sinnúmero de objetos que llaman la atención más que un libro. Si has dejado en tu cabecera un libro con la intención de leerlo, ten cuidado de aquellas trampas que tú mismo has puesto, ya que al alargar la mano puedes caer presa del objeto equivocado.


Sin embargo, pese a estos distractores no pierdo la esperanza de que el amor a los libros y a las palabras permanece; cuando veo a una joven entregada al deleite de la lectura, o a un niño que antes de entrar a su clase de deportes lee absorto una historieta. Hace unos días llegó mi hermano a visitarme, sostenía cuatro libros nuevos, me llamó la atención que estuvieran repetidos; sin dar espacio a mis preguntas, dijo con gran emoción que estaba por comenzar un proyecto de lectura con mi sobrino, su hijo adolescente. Me llamó la atención que el plan de hacerlo es por vía telefónica; su emoción me cimbró hasta el tuétano, jamás imaginé una iniciativa lectora de esta manera.


Les comparto esta experiencia porque la considero trascendente, pues en ella el principal mediador es el amor. ¿Cuántas veces nos quejamos de que los adolescentes no leen, de que se la pasan en las redes sociales y los videojuegos? ¿Pero, acaso como adultos somos creativos, o nos damos a la tarea de buscar alternativas novedosas?  Sé muy bien que son pocos los que lo hacen, porque leer es un acto de arrojo y de renuncia.


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