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Clases a distancia, más pesadas que en las mismas aulas

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

En la primera semana del ciclo escolar Olivia sintió enojo porque la profesora de su hijo Omar de cuatro años o la de Mariana de 11 años no se habían comunicado para dar instrucciones, pero ahora resiente el gasto que implicó imprimir los materiales de trabajo que debe entregar a diario o semanalmente.


“De mi hija que pasó a sexto la semana pasada fueron 37 pesos y en ésta 31 pesos, pero todavía no me han dicho qué útiles va a utilizar, eso todavía falta”, expresa al salir de un negocio donde rentan internet.


La mañana de ayer, antes de ir al puesto de tejate que todos los días monta en un mercado de la zona de Ocotlán, Olivia pidió que también le imprimieran las cinco hojas que por whatsapp le mandó la profesora de Omar.


Ambos hijos le acompañan a vender, pues es la única manera de que vigile que ambos “avanzan” con las tareas.


Si Omar tiene dudas, su hermana Mariana le ayuda a explicarle.


Antes del inicio de este ciclo escolar Mariana y Omar se quedaban en su casa, donde al volver Olivia “llegaba a hacer mi comida, todo mi quehacer y hasta en la noche que acababa podía repasar con mi hijo, pero ya tenía sueño”.


El horario extendido que le ofrecía una guardería particular, antes estancia, hizo que Omar tuviera una educación inicial escolarizada, donde aprendió a diferenciar colores, los números y hasta las letras del abecedario “que ya se le olvidaron”.


“Ya sabía escribir su nombre, pero lo olvidó y nos está costando”, así que al volver a su casa “dejo el quehacer y mejor me dedico a enseñarle”, mientras que a su hija su papá, quien estudió hasta la secundaria, le revisa sus trabajos.


Se esfuerzan


Como tallador de cantera, Luis quiere que al menos una de sus tres hijas termine una profesión y aunque el trabajo disminuyó por la contingencia, acudió a la papelería para comprarles la incipiente lista que a cada una envió su profesor o profesora, las cuales no se comparan con las de ciclos anteriores.


Tampoco tienen que comprar uniformes, “ya que vuelvan a la escuela veremos, por ahora con la ropa de diario que tienen en casa y ahí pueden andar en chanclas”, dice consciente de una realidad que comparten muchas familias.


Donde ve el gasto mayor es en las impresiones para realizar las actividades diarias, pues todo cuadernillo se envía por whatsapp.


“A la chiquita (de seis años) el lunes le mandaron 16 hojas que hubo que imprimir a color, porque a blanco y negro salen más baratas, pero no le iba a entender bien; a la de en medio (de ocho años) casi la misma cantidad, pero a la de secundaria el gasto es a cada ratito”, lamenta.


En cambio Gloria trata de ver la economía, ya que en vez de gastar en el recreo, puede destinar ese dinero en las impresiones, pero el problema mayor es la carga adicional que la obliga a equilibrar su trabajo, el quehacer de la casa y la enseñanza sin antecedentes de pedagogía.


“Creo que mi hija, tanto como yo, estamos sufriendo que las escuelas estén cerradas por la contingencia, pero si yo no le ayudo a aprender, el regreso será más difícil para ambas”, considera.

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