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Bicicleteros: por amor al arte

Foto(s): Cortesía
Redacción

A pesar de que la reparación del bicicletas es un oficio del que se gana poco debido a que la mano de obra se cotiza a bajos costos, en la capital aún existen talleres dedicados a estas labores, pues para sus propietarios representan más que un negocio.
Para Sixto Pérez Vásquez, la reparación de bicis representó su refugio, su nueva forma de vida, a la que le debe seguir de pie luego de varios años de excesos, en la que el alcohol fue el protagonista.


Florencio Pérez Carrasco es otro reparador de bicicletas que vivió su época de oro dentro de los talleres y quien ahora sólo añora esa buena época, cuando se daba el lujo de agendar la recepción de bicis; hoy, el oficio sigue vigente por puro amor al arte.
 


Épocas gloriosas


Desde niños, Sixto y Florencio, cada uno por su lado, comenzaron a formar parte de este oficio. Hace más de 60 años, la reparación de bicicletas era de los trabajos más populares en Oaxaca, a través del cual se ganaba la vida y se forjaba a jóvenes responsables.


Florencio, de 63 años, comenzó desde los siete años su acercamiento a los talleres; por muchos años fue ayudante, pues los adultos no le permitían subir de rango a pesar de sus habilidades. Fue hasta los 18 años cuando las enseñanzas dieron frutos mayores. Pronto tuvo la oportunidad de crecer profesionalmente hasta convertirse en un maestro de la reparación de bicicletas.


“Había muchas carencias, no seguí estudiando porque hacía falta el dinero y ésto era lo que dejaba bien”, refiere el hombre desde su solitario taller ubicado en la periferia del Centro Histórico de la ciudad.
Entre los años de 1980 y 1996, las bicicletas era un medio de transporte importante para los oaxaqueños; no un medio alternativo como lo es actualmente, indica.


Tanto fue el auge sobre este oficio, que tan sólo una reparación de llanta podía tardar varias horas, debido a la demanda de los servicios.


“Debía colocar un nivel más aquí para dar cabida a más bicis”, señala el reparador sobre una minúscula pila de bicicletas en su pequeño taller, el cual representa la mitad del espacio de lo que fue hace varios años.


Florencio expresa que fueron tales las ganancias que se dio el mal lujo de gastar sus ingresos en el acohol por varios años; afortunadamente, agrega, superó rápido esa mala racha.
En su caso, Sixto aprendió las principales labores a corta edad; sin embargo, sus habilidades con los golpes lo llevaron hasta el ring y a la fama, situación por la que descuidó por temporadas el oficio.


El hombre de 72 años de edad y ex campeón del box, afirma que nunca dejó por completo la reparación de bicis, pero nunca se imaginó que sería su taller lo que lo mantendría en sus últimos años de vida.
 


Un refugio para Sixto


Luego de cerca de una década de ganarse la vida a golpes sobre el ring y de que las fiestas acabaran con su dinero, familia y bienestar, Sixto comienza a sentir las secuelas físicas y se ve obligado a bajar del escenario.
Sin casa propia y sin dinero ahorrado para disfrutar de la vejez, Sixto retoma de tiempo completo la reparación de bicis; pero no contar con un espacio propio lo ha llevado a ubicarse en diferentes partes de la ciudad.


Arrepentido de la manera en que vivió su juventud, el expugilista Sixto Pérez Vásquez reconoce que gracias al taller con el que cuenta sigue vivo, pues además, en este oficio encontró a una segunda familia: sus ayudantes.


A sus 72 años de edad, el hombre mira con tristeza su pasado, a pesar de la fama que lo rodeó, pues se encuentra con las manos vacías rumbo al ocaso de su vida.


 




Por muchos años, sus puños le dieron de comer; hoy, esos recuerdos duelen. FOTO: Carlos Román Velasco

 


“Me acuerdo de todo lo que hice y me lamento”, expresa al referirse que gastó sin control, sin pensar en que alguna vez sería viejo.


Desde su taller de bicicletas, el maestro del rin recuerda los consejos que recibió de parte de varios buenos amigos y personas mayores para orientarlo sobre su forma de vivir. “Ruégale a Dios llegar a viejo; ahora lo soy y lo estoy pagando caro”, sostiene.
Sentado en un viejo banco, Sixto pasa sus días desde su taller ubicado en las orillas del Centro Histórico. Sus labores ya son pocas dentro del negocio, pero sigue ahí, dirigiendo la obra y recibiendo a sus clientes con una sonrisa.


 




Unos enormes guantes empolvados son el mayor recuerdo tangible que le queda a Sixto. FOTO: Carlos Román Velasco

 


Se marchita el oficio para Florencio


Cerca del taller de Sixto, en donde las condiciones laborales dan para el sueldo modesto de empleados y pagar una renta, Florencio padece el olvido de los clientes.
El maestro del rin -desde hace más de 30 años- señala que sólo de vez en cuando hay clientes, pero aún así, cuando hay, se gana poco.


Florencio considera que el uso de la bici en estos tiempos es por moda o se debe al aumento del combustible, pero ya no es un vehículo indispensable para los oaxaqueños.


“Mis mayores clientes son los niños. Son más las bicis pequeñas las que mandan a reparar”, refiere.


Sin embargo, varios clientes dejan u olvidan por varios meses o años sus bicicletas ya reparadas, lo que implica un trabajo no pagado.
Al menos tres mil 500 pesos permanecen estancados en el taller de este hombre, quien contrario a otros talleres, guarda las bicicletas que ya arregló.

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