Por el interés de ayudar a que las familias de comunidades oaxaqueñas tuvieran un ingreso fijo, hace cinco años, Efraín Martínez Miranda, junto con un par de amigas, crearon una marca de ropa hecha con textiles que actualmente se vende en otros estados de la república y distintos países como Estados Unidos y Japón.
Efraín, quien es Maestro en Gestión de Empresas de Economía Social, recuerda que empezó a trabajar con Ricardo y Enriqueta, de Alotepec, Mixes; y Carmen y José, de San Pablo Villa de Mitla, quienes eran productores agrícolas; sin embargo, se dieron cuenta de que vivir del campo era muy complicado, por lo que a través de capacitaciones y una gran inversión, comenzaron a confeccionar ropa hecha con telares de pedal y de cintura.
Señala que después de investigar sobre las artesanías y textiles, y ver que era un gran ingreso, con la ayuda de Liz Islas y Lorena Briz, quienes residen en la Ciudad de México, comenzaron a comercializar los textiles; sin embargo, el resultado no fue el que esperaban.
“Comenzamos a vender los textiles tal como los hacían los artesanos: con cortes básicos y colores simples, pero no era lo que la gente buscaba en cuanto a diseño, color y tallas; por ello, tuvimos que pulir mucho la idea”, recuerda.
Los artesanos
El empresario comenta que todo comenzó en 2011, cuando conoció a Ricardo y Queta, una pareja originaria de Alotepec, quienes vendían chile mixe. Mientras que a Carmen y José, quienes producían bufandas, fue gracias a una consultoría.
José tenía desarmado su telar de pedal porque no conseguía trabajo.
Efraín relata que al principio del proyecto, en 2013, tanto él como los artesanos se capacitaron en temas de diseño, de patronaje (diseñar y adaptar plantillas de medidas de ropa), así como de corte y confección.
“Por ejemplo, con Queta, que está en Mixes y es la que se encarga de hacer las blusas, en un principio vino a aprender a utilizar la máquina de coser y ya después le compramos la suya”, enfatiza.
Por su parte, Carmen y José ya hacían bordados, pero los cortes eran básicos; además, tenían un telar de pedal, pero no lo utilizaban por falta de trabajo y espacio.
El fundador de la marca de ropa recalca que los artesanos no sólo trabajan para ésta, sino que gracias a la experiencia adquirida, han encontrado más posibilidades y han ampliado su visión y la forma de hacer las cosas.
“Ahora tienen más conocimiento del mercado y de materiales, gracias a que han experimentado. Tenemos una buena relación y buenos acuerdos que protegen a ambos”, afirma.
De lo tradicional a lo contemporáneo
Efraín recuerda que hubo “mucha prueba error” para conseguir que su marca escalara en el gusto de las personas. Primero, porque cayó en el estigma de querer ayudar a la gente y creyó que lo mejor era comprarles y revender las piezas.
Colección Otoño 2019.
“Eso no funciona, pues inviertes dinero en productos que no se venden porque no están bien hechos. Hicimos una pausa, nos capacitamos y escuchamos al mercado, sobre todo de la Ciudad de México, que no siempre busca lo colorido y folclórico, lo que nos orilló a definir lo que hacemos ahora”, reconoce.
Actualmente, las ventas de la marca de ropa han aumentado, por lo que hacen dos colecciones al año, integradas por máximo cinco productos, lo cual afirma “les ayuda como marca, pues les da una buena imagen”.
Efraín detalla que preparan cada colección con cuatro meses de anticipación, en la que se producen al menos 15 piezas de cada diseño, las cuales se hacen con calma, para que el resultado tenga la calidad que los caracteriza.
“Las prendas de la colección salen juntas para que los artesanos trabajen constantemente porque si tienen pausas, los ingresos no son los mismos; gracias a la experiencia, ya sabemos cuánto hay que producir”, abunda.
Medición de impacto
“Muchas empresas no tienen una metodología para medir su impacto; para nosotros son los hechos”, señala Efraín, pues recuerda que cuando conoció a Queta y Ricardo, la casa en la que estos vivían era un cuarto y ahora ya cuentan con su casa amueblada y sus hijos van a la escuela.
Lo mismo ocurrió con Carmen y José, quienes no tenían un espacio suficiente para acondicionar el telar y sobre todo, no tenían trabajo; sin embargo, eso ha cambiado.
“El interés de generar empleos, es que los artesanos también repliquen eso mismo. Que inviten a más a trabajar con ellos”, resalta.
