Los ángeles siempre han sido fieles acompañantes del hombre en todos sus caminos, tanto físicos como espirituales, que cada ser humano tiene que emprender para llegar al final de su misión en forma individual y en forma colectiva, como sucede con esta pandemia que azotó a la humanidad y que el ser humano sumergido en el torbellino, desligado del presente eterno, vive atormentado por dos terrores, el temor a la muerte y el máximo tormento de la desaparición perpetua.
El ser más íntimo del hombre se rebela contra la extinción y la aniquilación; todo su ser, su misma naturaleza, busca la permanencia; su vocación es la vida, pero la vida sin fin para la que fue creado.
El hombre puede definirse como un ser que emplea el futuro del verbo Ser; ningún otro agente vivo que habita este planeta tiene noción del futuro; es condición única del ser moral del hombre, disponer de conceptos y palabras que materialicen el futuro; es indispensable para nuestra condición humana, esta necesita de la esperanza como el aire que respira, la razón se nubla, se marchita y muere cuando se cierra la puerta del porvenir; no hay palabra más trágica que ésta: Jamás.
Es la desesperación absoluta que Dante imaginó cuando puso esta inscripción en el umbral de su infierno imaginario: “Abandonad toda esperanza los que aquí entráis”; hoy, en esta pandemia, la esperanza que se alimentó con promesas humanas de salud, bienestar, ya no alumbra el sendero del hombre sin futuro; una angustia indescriptible se ha apoderado de su especie; la angustia por la perpetuación del ser, la angustia existencial.
La ciencia que no pierde su prestigio, ni sus pretensiones, está resuelta a descifrar el misterio del futuro y a controlarlo.
Pero el único remedio para la desesperación humana es la esperanza Divina, la espiritual, según la creencia religiosa que cada uno profese; pero siempre en la espiritualidad, es la esperanza de permanencia que nos alienta, como el camino que recorrió Moisés en la busca de la tierra prometida; ese es el camino de cada ser humano, dejar como ellos la comodidad de comida, techo, y ropa, porque esa aparente “seguridad” nos genera esclavitud y el enfrentar retos, lucha, cansancio, rebeldía, enfermedad, nos aleja de nuestra zona de confort para llevarnos a la esperanza; el camino no es fácil, nadie dice lo contrario, pero el resultado justifica el recorrido; 40 años duró el éxodo para llegar a la tierra prometida; esa es la edad promedio del ser humano para llegar a la madurez.
La sanidad que imprimimos en nuestra vida, no solo es cuestión de cuerpo; es cuestión de mente, de espíritu, es el conjunto de energías armónicas que fluyen por nuestras venas, arterias, mente y espíritu, para el bienestar de cada uno; Dios y la naturaleza pone a nuestro servicio cientos y miles de opciones para desbloquear, energizar y sanar en conjunto como unidad, al ser humano; solo tenemos que utilizarlas adecuadamente.
Cuando logramos llenar nuestro cuerpo de energía superior, por nuestras moléculas y por nuestras venas corre luz, que reprograma a nivel físico y mental nuestra forma de procesar cualquier sentimiento, bloqueo o situación que se nos presente, porque en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, todos somos iguales, sanemos nuestro entorno, nuestra casa; Dios y los ángeles se confabulan para ponernos las circunstancias y la gente necesaria en el preciso momento que son útiles para nuestro aprendizaje-evolución.
“Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”, es ley universal, nadie puede adelantar, ni retrasar el proceso evolutivo, por más que se afane.
¡Feliz 2021!
