El 14 de junio del 2006, después de 24 días de mantener un plantón en el centro de la ciudad de Oaxaca de Juárez, los trabajadores de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) fueron desalojados del Zócalo de la capital por elementos de seguridad pública del estado. A las 5:15 horas, cientos de policías ingresaron a la plaza pública para destruir casas de campaña, equipos de sonido y reprimir a hombres, mujeres y niños que se mantenían en la protesta.
Después de 13 años, mujeres que sufrieron la represión policial recuerdan sus vivencias de aquella aciaga jornada, con palabras que aún suenan extrañas en labios femeninos: batalla, asesinatos, muerte, enfrentamientos campales, incendios, escaramuzas, violencia.
“La mujeres estuvimos en todos lados, en todos los frentes y en todas las funciones; nunca fuimos mujeres para preparar la comida o barrer los campamentos”, expresa con manifiesto orgullo la maestra María Belén Salas Salazar.
La incredulidad
Frente al kiosco del Zócalo capitalino, en dirección al portal de Mercaderes, donde se mantuvo su campamento durante la protesta magisterial, la profesora ahora jubilada, Salas Salazar, comenta que ese día por la noche las guardias hicieron sus rondas y, aunque había rumores de que entraría la policía, confiaban en que, como otras veces, no iba a pasar nada. “Nos avisaron a buena hora de que la policía se movilizaba, que salió un contingente de Santa María Coyotepec e incluso llegó un momento en que pensamos que ya se estaban yendo porque nos dijeron que estaban tomando por División Oriente, lo que no sabíamos es que primero fueron a atacar el Hotel del Magisterio”.
Asevera que todo el operativo fue bien coordinado, pues los policías entraron al hotel, llegaron al centro de la ciudad y los rodearon. “Cuando entraron al zócalo fue un caos, porque los policías sin mediar palabra llegaron golpeando a todo el que se cruzaba en su camino, derribaban las tiendas de campañas, en tanto los helicópteros tiraban gas lacrimógeno; éramos miles de maestros los que estábamos acá”.
Con ansiedad en la voz, señala que en otros plantones en los que participó en la Ciudad de México, se les advertía que si no levantaban su protesta los iba a desalojar. “Así que ante las advertencias de los compañeros estábamos tranquilos, decíamos: primero van a decirnos que nos retiremos, pero no fue así, entraron con toda violencia; fue obvio que la orden se dió desde el más alto nivel”.
Mujeres de todas las edades y condición social participaron en los actos encabezados por el magisterio. FOTO: Mario Jiménez
Sin previo aviso
“Los policías entraron a golpear, a infringir daño, sin importar que había niños, mujeres, personas de la tercera edad; nos persiguieron a las casas, templos, cajeros automáticos, donde nos resguardáramos. Se abrió la escuela primaria Basilio Rojas, ubicada a una cuadra del Zócalo, y nos fuimos para allá a ayudar a las mamás”.
Expresa que en la escuela ayudaban a buscar agua, refrescos de cola, para paliar los efectos del gas lacrimógeno que les aventaban desde los helicópteros. “Fue muy angustioso y, la verdad, no sabíamos qué hacer en la escuela Basilio Rojas porque tiraron gas a su interior a pesar de que había muchas mujeres con sus hijos; también ayudamos a los que se llevaron a la Escuela Secundaria Técnica 6 donde se abrió un refugio porque había muchos profesores golpeados, lastimados”.
Sector indígena, el más aguerrido
Reconoce que el sector de promotores bilingües indígenas fue muy combativo y muchas mujeres venían con sus hijos para participar en el movimiento magisterial. “Ellas fueron muy aguerridas y valientes”.
“La verdad los policías se toparon con poca resistencia porque no estábamos preparados para el enfrentamiento, pero después nos reorganizamos y recuperamos el Zócalo luchando calle a calle, en una verdadera batalla, hasta replegar a los policías”.
Apoyo del pueblo
Dice que lo que nunca esperaron los gobernantes y los policías fue que el pueblo saliera en defensa de los maestros, porque en cuanto se fue conociendo la situación la gente les abrió las puertas de sus casas para entregarles trapos mojados, refrescos de cola, para avisarles por dónde podíamos huir y ofrecerles todo tipo de apoyo.
La ambulancia
Mientras recorre la Alameda rumbo al primer cuadro de la ciudad, la misma ruta que cubrió la mañana del 14 de junio del 2006 para apoyar a sus compañeros e hijos que eran desalojados por la policía, la profesora Elsa Guzmán Cruz evoca que ,en cuanto se enteró del operativo especial, tomó su camioneta Liberty y se dirigió al Zócalo.
“A mi hija pequeña le dije: vamos a ver a tus hermanos. Así, nos venimos para el centro de la ciudad. Cuando llegamos entramos por Independencia y nos tocó ver cómo las maestras corrían con sus bebés y cómo estaba ya invadida la escuela Basilio Rojas de gases y el temor de mujeres y niños”.
Manifiesta que al ver a tanta gente corriendo herida decidieron abrir la camioneta para trasladar a los maestros. “Estuvimos haciendo viajes a la técnica 6, íbamos y veníamos, y al final terminamos recogiendo maletas de algunos maestros que andaban todos desorientados, llenamos la camioneta de maletas; la estacione en casa de mi hermana y ahí dejamos todo”.
Vimos cómo los compañeros -añade- tomaban los tambos de basura para acarrear piedras y defenderse del ataque de los policías; las compañeras rompían la cantera de la plaza para tener con qué enfrentar la agresión.
Las barricadas fueron el símbolo de la resistencia y ahí estuvieron las mujeres. FOTO: Mario Jiménez
Recuperan el zócalo
Con los ojos a punto del llanto por el recuerdo, señala que todo estaba incendiado. “Pero lo impactante, aparte del dolor e impotencia, era ver cómo venían ríos de gente de todas partes y no eran maestros, era gente del pueblo, para apoyarnos; llegó un momento que la policía quedó cercada, en un ir y venir de los maestros y uniformados, con lo que se recuperó el Zócalo”.
Dice que después de llevar a sus hijos a su casa, ella regresó para ayudar en lo que fuera. “Cuando vimos que lo que hacía falta era ambulancias, les dije a mis hijos ustedes háganme la cruz roja del tamaño de los cristales de la camioneta porque yo me voy, mi esposo que era funcionario del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO) me decía que no saliera, pero aun así salí. Desde ese momento me dediqué totalmente a asistir a los compañeros, mañana, tarde y noche”.
Habilitan atención a heridos
Afirma que el templo de Los Siete Príncipes se habilitó para atender a heridos, por lo que muchas personas llegaron allá con ropa, medicamentos, además de médicos, enfermeras y estudiantes de las escuelas de medicina.
“Ése día comprendí muchas cosas que había leído, pero esto era más real; esta era la triste realidad que estábamos viviendo con este sistema de gobierno; aún escucho la música de ese tiempo y siento un hueco en el estómago; a veces sí me dan ganas de llorar de la impotencia de tanta injusticia que vivimos y de tantos compañeros heridos, agredidos, vejados”.
La protección
En la esquina que forman las calles de Reforma e Independencia, donde se ubicó su campamento, la profesora María Eréndira Ruiz Mendoza rememora que sus compañeros varones las mandaban a dormir a sus casas por temor a la represión.
“Esa noche me tocó traer café de mi casa y una bolsa de pan, así que lo traje y me fuí, pero en la madrugada escuché las campanas de las iglesias y los cohetes, de tal manera que regresé de inmediato al Zócalo. Ya estaban llorando las maestras, los niños gritando, se oían los insultos de los policías, la destrucción del campamento. Entré por la calle de Las Casas y todo estaba destruido, pasé por el Zócalo y no aguantaba el olor del gas, me fuí a donde estaba mi campamento y todo estaba tirado, todo despedazado”.
Por un señor -añade- me enteré que mis compañeros estaban resguardados en el curato de La Merced y ahí los encontré. Nos venimos otra vez al campamento, no nos rendimos, nos juntamos otra vez y seguimos; nunca dijimos vamos a las casas, al contrario la gente se calentó más, así que el movimiento se fortaleció; hombres y mujeres volvimos hasta reconquistar el Zócalo.
Expresa que el centro de la ciudad era un verdadero campo de batalla, por sus cuatro puntos cardinales. De J.P. García a Las Casas, de Guerrero a García Vigil, de Reforma a Independencia, todo el centro.
“Recuerdo que los curas decían a los señores que sirve en las iglesias que abrieran las puertas si llegaban los maestros a refugiarse; ahí fueron muchos a curarse o protegerse de los gases con refrescos de cola”.
Con la voz quebrada externa la angustia que sufrió al ver a tanta gente lastimada, agredida. “Mucha gente estaba desesperada porque no sabía nada de sus familiares; a muchas maestras las mandaron a sus casas porque venían hasta amamantando niños y así eran reprimidas con gas”.
Las patadas
“Yo estaba acostada en el campamento cuando un grupo de policías me despertó a patadas, si ninguna consideración”, recuerda la profesora Josefina Sosa Díaz.
Frente a la iglesia de San Agustín, a una cuadra del Zócalo de la ciudad, donde acampaba con una hija y nieta pequeñas, narra que la tarde-noche del 13 de junio hubo mucha lluvia y hacía mucho frío por lo que fue a dejar a las niñas y más tarde regresó al plantón. “Yo no dormí toda la noche pensando a qué hora iba a ser el desalojo, porque ya corría el rumor; a las 5 de la mañana realicé mi recorrido y no noté nada extraño, así que regresé a dormir”.
Explica que los policías estaban escondidos en el palacio de gobierno y los hoteles de los alrededores. “Entraron de civiles y salieron uniformados, mientras tanto mis cuatro compañeras y yo nos acostamos para descansar, pero a como a las 5:10 sentí unas patadas por la espalda, nos estaban desalojando”.
Dice que entre las agresiones “corrimos como perros, unos para un lado y otros por otro, entre el agua; pero cuando yo me levanté ya eran bombas de gases las que caían; nos fuímos para el Zócalo porque supuestamente por García Vigil era la salida, pero aquí ya estaban quemando las lonas de compañeros, no se podía pasar. Corriendo entre las bombas que botaban tuvimos que salir para la escuela Basilio Rojas, donde veíamos sangre por todos lados pues había muchos vidrios rotos, se cortaban, se les salían los zapatos”.
Yo, afortunadamente -expresa-, siempre andaba de tenis y pantalón porque ya sabía en lo que andaba metida, pero muchas compañeritas se fiaban de que no pasaba nada y perdieron los zapatos en la agresión.
Helicópteros y mujeres con bebés en brazos
Expresa que muchas de sus compañeras se traían a sus hijos porque no tenían con quién dejarlos, “así que tuvimos que salir de la escuela; yo le decía a mis compañeras: si vemos que tiran la puerta (los policías), vamos a salir corriendo vivas o muertas, en el primer bloque; y así fue, pero era una angustia ver cómo estaban las mamás con sus bebés, los helicópteros que pasaban tan bajito para arrinconarnos o tirarnos. Eso es lo que nos dio más fuerza para estar en el movimiento, tener que andar corriendo, por eso nos reunimos en el jardín de El Pañuelito y nos reorganizamos para retornar al Zócalo”.
Las palabras se le atosigan cuando intenta describir las heridas de sus compañeros. “Bocados de pelos en la cara, otros con un bocado por su frente, por las quijadas, bueno muchas heridas”.
Destaca que Oaxaca ese día fue ejemplo nacional, “porque nosotros no usamos armas, no usamos helicópteros, pistolas; aquí los compañeros y compañeras rompimos el pavimento golpeando piedra con piedra para enseñar al gobierno con manos limpias, no con armas. Por eso hubo muchos heridos, porque nos atacaron a traición y con toda alevosía, con las mujeres peleando por igual y todo porque nos trataron como animales”.
