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*Infancia y crudeza en “La edad terrible” de Enna Osorio*

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Foto(s): Cortesía
Israel García Reyes

Acabo de leer “La edad terrible”, poemario de Enna Osorio Montejo publicado recientemente por la Universidad Autónoma de Sinaloa y me ha obligado a recuperar el aliento. Estoy ante una serie de poemas crudos y, más que todo, abiertos en canal: es la imagen que arrojan. Los hay como un corazón hecho nudo, mientras otros se asemejan a la garganta en tirones y, los más, hacen pensar en un ojo sangrante, en un pecho frío. Son versos duros que no dan tregua. 

Enna es una poeta sobreviviente del naufragio, de varios, de la vida que por premio le ofrece ahogamiento. Es dolorosamente testimonial y con ello echa en cara el doble discurso con que nos referimos a nuestro pasado intentando presumir que fue pura felicidad y moralidad. Pone el dedo en la llaga y aprieta hasta sangrar, hasta llegar al hueso. Apuesta todo a su verdad y pone en juego las cartas que le restan, aunque esto signifique quedarse sin nada. No se guarda nada. ¿Hay mayor valor que reconocer nuestros rencores? 

Hablando de la confesión, decía Borges que el peor de sus pecados era no haber sido feliz, pero también es cierto que, sometiéndose a un auténtico ejercicio de introspección, uno siempre se guarda algo y ese algo puede ser lo peor, lo que en el caso de Enna nunca la detiene. 

A través de “La edad terrible”, en instantes veo con claridad a la Enna de seis años, la que corría entre risas para, como recuerda, armar una casa de almohadones; la pequeña que oteaba entre grietas familiares y asaltaba los armarios. La veo con su cabello suelto en medio de otros infantes, primos ajenos al porvenir concentrados en el juego de ser adultos. Aún ahora, mientras conversamos, la encuentro semejante a aquella niña, y es que se le sale. Y más cuando desea ser escuchada. 

En su poesía, Enna también obliga a mirar igual que un carnicero a su presa y reta a salir vivo y bien librado de esos dolores particulares: de la memoria, su pesadumbre y de la abrumadora verdad de sabernos imperfectos. Otras veces, muchas realmente, revela el lugar de la infancia como un espacio de desencanto y hastío: Carlos amparó lagartijas,/ arañas con seis patas/ y cuanto perro hambriento se encontraba./ Sería investigador de animales y coleccionista de insectos./ Papá le propuso ser un hombre de negocios.

Inevitablemente, a través de diferentes poemas aborda la inminencia de la muerte, propia y de su parentela: -Tengo cáncer en el seno izquierdo./ Me tragará la selva./ Lejos del mar sabrán de mí/ por las postales y cartas desde otros mundos. 

La enfermedad, el amor y el resentimiento se entrecruzan en la cotidianidad de la autora y nos arrojan sentencias como ésta: Larva de mariposa negra. Cáncer. Dicen los hombres y las otras mujeres que fue por rencor y ceniza en la boca. Tienen razón. Todos mentimos al amar. 

Además del oficio y la precisión de su obra, encuentro honestidad en Osorio Montejo y esto no es poca cosa. Por ello, celebro “La edad terrible” de Enna, celebro su amistad y sus poemas valerosos. 

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