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ALFONSO EMMANUEL ROJAS. De la curiosidad al profesionalismo

Foto(s): Jaime Medina Sánchez
Jaime Medina Sánchez
  • El peleador vallista pertenece a la categoría de los Súper Gallos

 

Alfonso Emmanuel Rojas Santos creció como muchos niños mexicanos, siendo inquieto, curioso y lleno de energía, aunque nunca particularmente atraído por los deportes. 

Su infancia transcurrió entre risas familiares, tardes tranquilas y una convivencia que moldeó su carácter antes de que él mismo supiera hacia dónde lo llevaría la vida.

Fue en la adolescencia cuando el destino, casi por accidente, le mostró el camino que marcaría su historia, cuando en un día como cualquiera, mientras acompañaba a sus hermanas a la secundaria, pasó frente a un pequeño gimnasio del barrio. 

Desde la calle se escuchaban los golpes secos contra los costales, el ritmo constante del salto de cuerda y las voces firmes de los entrenadores, siendo ese ambiente, cargado de disciplina y pasión que lo atrapó de inmediato. Algo dentro de él despertó.

Al llegar a casa, con la emoción todavía vibrando en el pecho, le pidió a su padre, don Alfonso Rojas, que lo inscribiera en aquel gimnasio, siendo la respuesta inicial un rotundo no. 

Quizá por preocupación, quizá por desconocimiento, su padre se resistía a verlo entrar en un deporte tan duro, pero Emmanuel siguió insistiendo con la determinación que más tarde lo caracterizaría arriba del ring. Finalmente, su padre cedió, sin imaginar que ese gesto abriría la puerta a una nueva vida.

Desde entonces, el boxeo dejó de ser una curiosidad para convertirse en su disciplina, su refugio y su motor que lo mantiene activo; hasta el momento, en el sector amateur ha acumulado alrededor de 80 peleas, cada una de ellas un peldaño más en la construcción de su estilo, su temple y su identidad como peleador. Aprendió a ganar, a perder, a levantarse y a seguir adelante, siempre con la mirada puesta en mejorar.

Hoy, ya dentro del terreno profesional, Emmanuel que combate en la categoría de los Super Gallos, suma tres peleas que no han sido nada fáciles: las tres terminaron en derrota, pero lejos de desanimarlo, cada una le ha dejado enseñanzas profundas, cicatrices que no duelen, sino que fortalecen. 

Sabe que el camino del boxeador no es recto ni sencillo, y que la grandeza se forja precisamente en los momentos difíciles, por lo que como todo peleador sueña en grande, aspira a conquistar un título mundial. Su carrera apenas comienza y el trayecto es largo, pero su objetivo es claro: llegar a la élite del boxeo internacional. No busca atajos ni milagros, solo trabajo, disciplina y la oportunidad de demostrar de qué está hecho.

Hoy, Emmanuel se siente satisfecho con la etapa que está viviendo, y no porque todo haya salido perfecto, sino porque ha descubierto algo invaluable: el respeto de la gente. 

Ese reconocimiento hacia el boxeador que no se raja, que se planta firme, que va siempre hacia adelante sin importar el rival ni las circunstancias. Ese “gallo de pelea” que, pase lo que pase, vuelve a levantarse, por lo que en ese espíritu indomable, Emmanuel encuentra la certeza de que su historia apenas está comenzando.

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