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Un Águila sin Alma: El Epitafio de una Serie Inexistente

Bateador de los Guerreros de Oaxaca haciendo swing y conectando la pelota de béisbol durante un juego nocturno. Fotografía de acción profesional de la LMB con el jugador enfocado y el público desenfocado.
Foto(s): Julio León
Redacción

Se acabó el espejismo. El Águila de Veracruz no compitió en estos playoffs, solo participó. Fue una comparsa, un sparring invitado a la fiesta de un equipo que sí entiende lo que significa la postemporada. Lo que vimos no fue béisbol de playoffs, fue una ejecución pública, una vergonzosa y anunciada rendición.

Me niego a aceptar que esta pantomima sea la máxima instancia de la Liga Mexicana de Beisbol. ¿A esto le llaman playoffs? ¿A una masacre inicial seguida de un patético maquillaje de marcador? No nos engañen. Esto no fue una serie, fue un insulto al aficionado que paga un boleto esperando ver sangre y carácter, y en su lugar recibe una cátedra de cuatro días de apatía  y mediocridad.

¿Dónde está la dignidad de una plaza con tanta historia? ¿Dónde quedó la vergüenza profesional de un equipo que llega a la postemporada con el único mérito de no haber sido peor que otros? Salir al diamante sin alma, con los brazos caídos, esperando el golpe de gracia, es una traición a la camiseta que portan y al público que, ingenuamente, todavía cree en ellos. Los números no mienten: un solo jonrón en los primeros dos partidos, una ofensiva fantasma y un pitcheo que fue carne de cañón para Oaxaca.

Llevaron la humillación a su propia casa. ¿Para qué? ¿Para que su gente viera a un equipo ponerse 12-1 abajo antes de un rally tardío que solo sirvió para decorar el fracaso? ¿O para perder en la última entrada cuando por fin parecían mostrar algo de vergüenza profesional? Esa reacción tardía no es heroísmo, es la prueba definitiva de su mediocridad: tenían con qué pelear, pero eligieron no hacerlo hasta que la soga ya estaba en el cuello.

Esto va más allá de un mal día. Es el epitafio de un equipo sin alma, el síntoma de una enfermedad profunda que carcome a nuestro deporte: el conformismo. El negocio por encima de la gloria. El problema no es solo Esmil Rogers o Vidal Nuño en la loma; es el sistema que premia la mediocridad y permite que equipos sin ambición real ocupen un lugar que no merecen en la postemporada.

La barrida está consumada. No hay pretextos. No hay mañana. Oaxaca no necesitó ser brillante, solo necesitó ser profesional. Veracruz ni siquiera alcanzó ese estándar mínimo. La serie no se definió en el jonrón de Querecuto; se perdió desde antes de empezar, en la mente, en el carácter y en la falta de respeto a su propia historia. Punto.

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