Las brujas de la comunidad de Burgama fueron cinco mujeres que vivieron en el siglo XVII, al norte de Santander, en Ocaña, Colombia.
En el siglo XVII la vida se vivía según las doctrinas del catecismo y las órdenes sacerdotales que pregonaban una vida entregada a Dios, y en la cual casi todo era pecado.
Un mal pensamiento, una mirada lasciva o una mala palabra, eran razones suficientes para tomar un látigo y en una noche larga, después del rosario, flagelar la espalda como nazareno, para que la sangre y el dolor pudieran lavar cada afrenta a Dios.
En Burgama, nada se movía o nombraba sin marcar la Santa Cruz en frente, boca y pecho, lo que no fuese aprobado por la Iglesia, sencillamente estaba del lado del Diablo.
Las hechiceras del pueblo
Allí, en ese pequeño villorrio alejado de todo y próximo a nada, vivían María Pérez, María Antonia Mandona, Leonelda Hernández, su hermana María del Carmen Hernández y María de Mora.
Ellas podrían ser cualquiera de las mujeres beatas del pueblo, pero nunca pasarían inadvertidas, primero porque en pueblo pequeño, todo el mundo se conoce, y segundo, porque algo las diferenciaba del resto de mortales; tenían el don de expulsar demonios, curar enfermedades y preparar pociones de amor.
Estas cinco jóvenes eran practicantes de brujería. Se dice que los pobladores las contrataban para realizar exorcismos, limpias y para elaborar amuletos de protección.
Se cuenta que María Antonia era la más diestra en sus labores, mientras que Leonelda era la más joven. Esta última era una mujer muy hermosa, por lo que era la más buscada por los caballeros.
Aunque cada una se dedicaba a una especialidad diferente, siempre trabajaban para hacer el bien en su comunidad.
Interviene la Santa Inquisición
"Por amor de Dios, ¡nadie tiene esa potestad, tan solo nuestro Dios creador!, ¡hechiceras al servicio del mundo oscuro, bestias al servicio de Satanás!".
Así gritaba el sacerdote y toda la jerarquía eclesiástica de la región. "¡Capturen y acaben con esas brujas!", clamaban.
Pero los indígenas de la zona las protegieron. Ellos confiaban en sus grandes dotes que aliviaban el espíritu,
En esos tiempos llegó la Santa Inquisición a Colombia, un tribunal creado por la Iglesia católica para castigar la herejía con dolor y muerte.
Para lograr su propósito la Iglesia obligó a los lugareños a convertirse en delatores de estas mujeres.
Los inquisidores pensaban que después de una brutal golpiza, a estas mujeres se les acabarían las ganas de seguir practicando la hechicería.
Sin embargo, no fue así y tiempo después volvieron a ser perseguidas.
El juicio de las brujas
Una tarde ese grupo de mujeres fueron arrestadas por soldados españoles y condenadas por la Inquisición.
Les celebraron un juicio y las condenaron a morir ahorcadas.
Las brujas fueron trasladadas al "Cerro de la Horca". Mientras caminaban a su destino, eran azotadas con látigos por los guardias que las custodiaban.
Las sacaron aseguradas con cadenas, como solo se hace con las más peligrosas fieras del bosque, mientras por el camino eran apedreadas y escupidas por sus detractores.
La Santa Inquisición decidió ahorcar a la mayor bajo el cargo de herejía, María Mandona, y amarrar a las demás a merced de la furia de sus detractores.
Ya en el cerro, María Antonia sería la primera ejecutada, pues era la bruja más poderosa del grupo. El resto de las mujeres permanecían atadas esperando su lamentable final.
Cuenta la leyenda que cuando iban a quitar el soporte para que María Antonia se ahorcara, sucedió algo inesperado.
Indígenas liberan a las hechiceras
Justo cuando la bruja estaba a punto de ser ejecutada, un grupo de encolerizados indígenas salieron de entre los arbustos para atacar a los guardias.
Aparecieron por todos lados, los pobladores amotinados dispuestos a rescatar a las mujeres.
Los soldados retrocedieron asustados. Debido a esto el capitán atrapó a la bruja Leonelda y la usó como escudo protector para refugiarse en un paraje alejado. Aunque eso de nada les sirvió.
Los lugareños liberaron a las otras mujeres y atacaron de nuevo con furia y sin piedad a los guardias, hasta que lograron rescatar a Leonelda.
Encolerizada, la hermosa bruja agarró un machete y cortó en dos al capitán al servicio del Virreinato que la había utilizado como escudo. A los guardias, los indígenas les cortaron las gargantas.
Las cinco brujas se libraron de sus enemigos y agradecieron a los pobladores que las ayudaron.
Una vez liberadas las mujeres, la enardecida turba se retiró del lugar.
Las buenas mujeres regresaron a trabajar por el bien de la comunidad.
Aunque también lanzaban maldiciones en contra de los despiadados inquisidores. Desde ese momento decidieron vengarse de los inquisidores.
Así transcurrió el tiempo hasta el final de sus vidas. Estas mujeres fueron muriendo por diversos motivos.
Espíritu protege al pueblo de Burgama
El recuerdo que dejaron las brujas de Burgama fue de bondad y altruismo por el próximo.
Aún en la actualidad, los pobladores comentan que el espíritu de Leonelda deambula por el "Cerro de la Horca", persiguiendo a hombres acosadores de mujeres o que tienen malas intenciones con ellas.
En el mismo cerro se han producido desde entonces, fenómenos inexplicables que hielan la piel y congelan la sangre, allí, el alma de Leonelda, vaga atemorizando a los maleantes y protegiendo al pueblo de catástrofes.



