Por Redacción NOTICIAS
El Carnaval se despide y las calles de Oaxaca vuelven a su ritmo habitual. Los tambores se apagan, las comparsas desaparecen y el colorido se guarda hasta el próximo año, pero la ciudad no queda exenta de la reflexión que este festejo deja. Más allá de las máscaras y los disfraces, el Carnaval es un espejo de nuestra cultura, nuestra identidad y, también, de los retos que enfrentamos como sociedad.
En los últimos días, cientos de turistas y locales disfrutaron de desfiles, bailes y música; sin embargo, al caer la última pluma y apagarse las luces, surgen preguntas que van más allá del entretenimiento. ¿Qué pasa con la seguridad y la limpieza de la ciudad después de tantos días de fiesta? ¿Cómo se articula la economía local para que artesanos, músicos y comerciantes continúen beneficiándose? Como lo señala Carmen Juárez, vecina del Centro Histórico: “El Carnaval nos llena de alegría, pero también nos recuerda que después del festejo vienen los días difíciles, donde la ciudad necesita atención y cuidado real”.
Más allá de la fiesta, la ciudad debe pensar en la sostenibilidad de su patrimonio cultural. La logística del Carnaval —desde permisos, seguridad, recolección de basura hasta el tráfico vehicular— marca la pauta para otras festividades y el desarrollo de políticas públicas culturales. El reto está en que la celebración no sea un estallido efímero, sino un motor que fortalezca la comunidad, fomente el turismo responsable y mantenga viva la riqueza de Oaxaca todo el año.
Como escribe Manuel Rivera, cronista urbano: “El verdadero Carnaval no termina cuando se guardan los disfraces; empieza cuando la ciudad recoge sus piezas y aprende de la experiencia para mejorar el siguiente año”. La fiesta se va, pero la oportunidad de reflexionar y construir una Oaxaca más organizada, segura y culturalmente rica apenas comienza.
