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Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!

Una ilustración religiosa que muestra a los profetas Moisés y Elías dando testimonio de que Jesús es el Mesías, en referencia a la Transfiguración.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.

Evangelio Mt. 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano menor de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puesta mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los toco y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. 

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordeno: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta  que el hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor

El domingo pasado comenzamos nuestro camino cuaresmal con Jesús en el desierto. Fue un enfrentamiento con el demonio, con los poderes del mal, y nos daba ejemplo de fortaleza y fidelidad ante las diversas tentaciones de la vida diaria. Este domingo entrevemos la meta que nos espera: la transfiguración de Jesús y la nuestra.  Jesús se transfigura manifestando así lo oculto, revela su gloria futura.

En la interpretación de los Santos Padres, Moisés representa la Ley Antigua, y Elías a los Profetas. Ambos vienen a dar testimonio de que Jesús es el verdadero Mesías, en quien se cumplen todos los divinos oráculos dados a Israel.

Los tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan son los testigos de su Transfiguración; de la manifestación de su gloria y de igual forma lo serán en el momento de su agonía. Es en el monte como lo hizo en el Antiguo Testamento con Moisés, en donde Dios Padre revela la identidad divina de su Hijo. Son las mismas palabras pronunciadas por el Padre en el Bautismo de Jesús, ahora se añade otra: Escuchar a Jesús, y es el fundamento y punto de partida de la fe cristiana. El Padre nos revela que Jesús es su Hijo, lo cual nos enseña que todo lo que diga o haga será en nombre de su Padre. Jesús es Dios, por tanto, tiene todo el poder para actuar y así perdonará los pecados, curará a los enfermos, obrará muchos prodigios y milagros, porque es el enviado de Dios. Jesús es el rostro del Padre, como él mismo lo dice: “quien ve al Hijo, ve al Padre”. Nos lo recuerda la Ecclesia in América cuando dice: Jesús es el rostro divino del hombre y el rostro humano de Dios. Y nos hace la invitación a escucharlo, si es su Hijo todos estamos llamados a poner atención a sus enseñanzas y sobre todo a vivirlas.

Así, pues, si Jesús perdona, sirve, es sensible a las necesidades de los demás, tenemos que escuchar la voz del Padre que nos dice escúchenlo, es decir, imítenlo, vivan lo que él les da ejemplo.

Una buena oportunidad en esta cuaresma para abrir un espacio y escuchar la voz de Dios que nos invita a concientizar nuestros pecados y convertirnos, a dejar a un lado todas nuestras conductas pecaminosas que destruyen a los demás y ofenden a Dios; escuchemos la voz de Jesús que nos dice: arrepiéntete y conviértete, perdona, sirve, deja de criticar, de robar, de ser injusto; recordemos amar es darnos, entregarnos totalmente a los demás. Hagámosle caso a nuestro Padre Dios que nos invita a escuchar a su Hijo amado, a su predilecto en quien ha puesto todas sus complacencias, a Aquél quien nos quiere conducir al Padre, dejémonos guiar por Jesús. “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. 

“Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!”, no podemos ni imaginarnos lo que Pedro, Santiago y Juan experimentaron en la transfiguración, pero creemos que fue algo extraordinario, maravilloso, que no se puede describir porque era la misma gloria de Dios. Sus vidas quedaron marcadas y transformadas para siempre.  Y es que el encuentro vivo con Cristo transforma la vida. Cuantas personas han cambiado sus vidas, han sanado, se han convertido por el encuentro con Cristo. La intimidad con Dios, la cercanía con El nos da una vida más plena, tranquila y en paz. Por eso muy frecuentemente debemos decir: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!” contigo, escuchando tu Palabra, alimentándonos de tu Cuerpo y de tu Sangre, fortaleciéndonos en la oración. No hay nada más sublime y divino que estar con Dios, quedarnos con El, vivir en la intimidad con Dios. Por eso cuando Jesús le dice a Zaqueo: hoy quiero hospedarme en tu casa, él lo recibió, y ya sabemos su gran conversión. Cuantos Santos, místicos, han encontrado en la intimidad con Dios la santidad.

Busquemos esa intimidad con Dios, aprovechemos la cuaresma para decirle: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Dios los bendiga. Feliz domingo.

@PGil_Cruz

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