Por Daniela Clarisa Concha León
Bajo la bruma de los espesos pantanos de Bangweulu, el Barón permanecía inmóvil como una gárgola. Se erigía con su plumaje gris, sus ojos esferas pálidas y frías. No parecía un depredador al acecho, sino un aristócrata indiferente.
Nilo, un pez que se consideraba mucho más listo que los demás, salió del lodo con cuidado. Él no era un pez cualquiera; se sabía un sobreviviente de la prehistoria, alguien con clase. Llevaba semanas observando al Barón y estaba convencido de que su silencio no era producto de la maldad, sino que el ave era demasiado refinada para los animales ruidosos del lugar.
—Buenas tardes, Barón —saludó Nilo, asomando la cabeza, pero guardando su distancia—. Veo que hoy tampoco tiene ganas de juntarse con la chusma del charco.
El picozapato movió el cuello con una lentitud que daba escalofríos. Sus ojos amarillos, fríos y fijos, se clavaron en el pez con un desprecio evidente.
—Mezclarse con cualquiera solo arruina la pureza —respondió el Barón. Su voz era suave, pero sonaba como un eco peligroso—. Y la plática innecesaria suele agotar el intelecto.
Nilo se sintió especial. ¡El ave le había respondido! Para él, esto no era un peligro, sino una charla entre intelectuales.
—Opino lo mismo. Estar solo es el precio de ser diferente —dijo Nilo, nadando un poco más cerca, inflado de orgullo—. Pero hasta alguien como usted necesita un igual, alguien que entienda lo que es ser... único. Yo he visto pasar los años, Barón. Soy historia viva, no un simple bicho del fondo. Podría ofrecerle una plática que nadie más aquí entiende.
El picozapato ladeó la cabeza. Ese pico enorme, que parecía una herramienta de madera vieja, se movió apenas un poco, como si estuviera sonriendo, había un interés genuino ante la audacia del pez.
—Historia viva... —repitió el ave, como si estuviera probando el sabor de las palabras—. Es una idea interesante. Casi todos aquí solo saben gritar y huir. Tú, en cambio, ofreces algo... con más sustancia.
—Exacto —asintió Nilo, convencido de que su inteligencia lo hacía intocable—. Una alianza entre las alturas y la profundidad. ¿Qué le parece?
El Barón abrió un poco sus alas grises, en un gesto que parecía una invitación cordial a su espacio personal.
—Me has convencido. Es muy raro encontrar a alguien con tanto... contenido por dentro. Acércate, sellemos este pacto de caballeros.
Nilo se deslizó confiado hacia la sombra que proyectaba el inmenso pico. Estaba orgulloso de sí mismo; sentía que había domado a la bestia usando solo la razón.
—Un honor, Barón.
—El honor es todo mío —susurró el ave con suavidad.
El movimiento fue tan rápido que apenas se vio. El chasquido del pico fue seco y fuerte, como una puerta de madera cerrándose de golpe. Sin dramas, sin peleas. El Barón tragó con elegancia, se acomodó una pluma del pecho que se había movido y volvió a erguirse.
—Sublime —murmuró, mirando de nuevo a la nada—. Un poco pedante, pero con un sabor excelente.
*Esta colaboración es parte de la columna Estas letras que lees.
