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Una cita con Lhasa de Sela

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Josse Fellini


Si pudiera homenajear o elaborar un remix mexicano de una obra como Gog de Giovanni Papini, mis encuentros no serían en un manicomio. En cambio, trasladaría cada cita a la capital de Guanajuato entre callejones, cantinas, cerros y restaurantes minúsculos, ahí sucedería un ritual armonioso para conocer a profundidad las muletillas, los gestos y las historias de mis invitados. 

La verdad es que no sabría con exactitud quienes conformen por completo esta lista, pero sin duda alguna, Lhasa de Sela a sus treinta años de edad, justo después de estrenar The living road, sería quien encabece junto a mí una noche de juerga en un sitio como La Cubana: dos latas de modelo, dos mezcales de la casa y un platito con rebanadas de limón y granos de sal, serían el puente exacto para mirarnos, sonreír y esperar a que los aperitivos hagan su magia. 

Les juro por la Virgen de Dolores que no interrumpiría su inspección minuciosa, pues la imagino mirando a la barra, a la mesa contigua donde se refugian mineros, observando con asombro los autorretratos polvorientos que se cuelgan en cantinas como esta y, por último, su horizonte visual se coartaría por las luces verdes de la rockola. No sé por qué, pero apuesto que buscaría “Flores Negras” de Elvira Ríos y regresaría a la mesa sonriendo, casi accidentalmente, para no levantar sospechas sobre esa canción que le trae recuerdos. 

Lhasa de Sela es todos los adjetivos y gentilicios: poeta, funambulista, mujer, artista, flor, mexicana, parisina, trotamundos, canadiense y el corazón del Tíbet, según la hospitalidad del Dalai Lama, y esta conjugación de su ser andariego logró transmitirlo en cada uno de sus álbumes: La llorona (1997), The living road (2003) y Lhasa (2009), sin embargo, el segundo es uno de los más especiales, al menos para mí, pues en él combina, además de tres idiomas, este pensamiento medular de su paso por esta vida, el camino vivo, ¿y qué significa el camino vivo? 

Para Sela está claro: andar, llegar, recorrer, errar, nombrar, guardar, amar, partir, regresar, morir. Estos verbos irregulares direccionan cada pieza de dicho álbum y para cada momento tiene un idioma, un ritmo, una ciudad, una atmósfera, una melodía distinta para enmarcar cada etapa como si de un viaje infinito se tratara y cada canción fuese una foto. 

Con toda palabra

Con toda sonrisa

Con toda mirada

Con toda caricia

Me acerco al agua

Bebiendo tu beso

La luz de tu cara

La luz de tu cuerpo

Es ruego el quererte

Es canto de mudo

Mirada de ciego

Secreto desnudo


Estos son los primeros versos con que da apertura al álbum, un manifiesto cuya búsqueda lírica recae en la sencillez, en el verso impoluto. Ella misma afirmaba que escribir en esta lengua era un milagro poético, decir tanto con tan poco. Aunado a ello, la textura musical nos lleva sigilosamente, al oriente. El canto de Lhasa es un oasis en medio del desierto de Arabia. 

Ya hemos pedido otra ronda de cervezas y mezcal, esta vez soy yo quien toma la batuta de la rockola y me arriesgo a elegir “Ne me quitte pas” de Jacques Brel, la balada francesa de amor desesperado por excelencia. La dramaturgia hecha música. 

Llego a mi asiento y sin meditarlo le comento a Lhasa que aprecio mucho The living road porque al escucharlo me siento en una ciudad distinta, como si escapara de aquello que Raúl González Tuñón, el poeta argentino, sentenciaba en un verso: Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto. Todo lo que ya aconteció está muerto y reverbera entonces la nostalgia. Y esta sensación la reconozco en una canción como “J'arrive à la ville”: 


 

Moi aussi

Moi aussi

J'arrive à la ville

Pour y verser

Ma vie

Je monte la rue

Comme un géant

Ça, c'est la ville

Et ça, c'est ma vie



Llegar a la ciudad para vender la vida. He pensado mucho en esta frase, en las ciudades que he pisado y elegir un espacio urbano en determinado tiempo es arrojar ese lapso de vida. En esta nueva ciudad me esconderé de lo que fui, de lo que se ha muerto. Esta interpretación es tan mía que por ello me cautiva. Y de algún modo no estoy errado porque también Lhasa se escondió por unos años en aquel circo familiar después de haber alcanzado mucho reconocimiento público después de su primer disco. No es casualidad que esta pieza se haya escrito en francés. 

The living road para alguien de mi generación es una cosa extraña, como una laja mineral resguardada en un rincón de alguna mina inactiva. Lhasa disfruta del mezcal, del ambiente poco concurrido porque pasa inadvertida. Disfruta del escondite, de la máscara urbana que puede suscitar un espacio como una vieja cantina en estos tiempos. Sin preguntarme se dirige a la barra, encarga otra ronda y arroja la última moneda a esa caja musical, entonces suena “Love calls by your name” de su paisano Leonard Cohen. Otro andariego, otro artista, un gánster, un dealer, un monje. Lhasa se sienta, levanta el mezcal, brinda, bebe, gesticula, me mira.

Recurrir a este álbum y a Lhasa es escarbar en la melomanía, en las historias homéricas. Lo cierto es, que Lhasa de Sela y su obra es atemporal, su discurso circunstancial y cuanto más se muere, -siguiendo la metáfora anterior-, más vive su música dentro de uno: 

Why don't you ask me

How long I've been waiting

Set down on the road

With the gunshots exploding

I'm waiting for you

In the gloom and the blazing

I'm waiting for you



 

I sing like a slave I know

I should know better

I've learned all my lessons

Right down to the letter

And still I go on like this

Year after year

Waiting for miracles

And shaking with fear


 

“My name” es una canción que, aunque sigue la transformación orgánica del álbum, ahora se aleja de oriente, de las flautas y recurre a las percusiones, a los cánticos a campo abierto como aquellos blues de los esclavos norteamericanos. Canta desesperanzada, a pesar del cautiverio emocional habrá que liberarse de ello, y el canto es el mejor vehículo. Lhasa es una rosa de los vientos. Se despliega por el mundo y las emociones con soltura y seguridad de navegante. 

Ya he pedido la botella completa, una de jaral para no perder la tradición de aquel cuévano. Lhasa me toma la mano izquierda por un momento y sin pestañear me pregunta por qué carajos le interesa su música a un tipo como yo, no lo sé, le respondo en seguida. Quizás me identifico. Quizás quiero una vida así, andariega, errante. O sencillamente creo que he vivido todas esas canciones y aún me faltan un par más. Sonríe. Me suelta, brindamos. Y pongo punto final. 



 

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