Azucena Delgado Ochoa
Última de tres partes
Cuando Guchi no pudo más, se quedó inmóvil, rodeado de una piel áspera, sujeto débilmente a una rama, pensó en no volver a envidiar a los animales más grandes, ni a los humanos, ni a las aves. Se lamentó por no poder regresar a su hogar, pero también agradeció todo lo que conoció en su camino y así, pensando que era su fin, cayó en un sueño profundo.
Al abrir los ojos, se vio envuelto en un apretado capullo, por más esfuerzo que hacía no lograba moverse, se retorcía y buscaba cómo sentir menos presión. En cada intento había también un deseo de rendirse, pero su naturaleza perseverante le impulsaba a continuar. De repente una pequeña grieta le dejo ver luz, vio el azul del cielo, el brillo del sol, las hojas del árbol moviéndose, el sonido de las aves; recordó que cada ser vivo es una expresión diferente de la vida y del mundo.
Fue ahí que tuvo su mayor lección: “Sin esfuerzo, es imposible superar las adversidades”.
Con el impulso de ese pensamiento, hizo un último movimiento, respiró, presionó hasta abrir el capullo y mientras caía de la rama, imaginó el fin de su cuerpo de gusano esbelto y suave impactándose sobre la tierra fría. Pero al sentir el viento sobre su rostro, pudo percibir también la sangre sobre todo su cuerpo que se extendía a los lados con hermosas, coloridas y grandes alas dándole un nuevo inicio.
Voló lo más alto que pudo, engrandeció la belleza de las plantas, se enorgulleció de la fuerza de los animales y bendijo la inteligencia de los humanos. Guchi finalmente entendió que todos somos únicos: la creación conjunta de la vida y que, en efecto, el mundo es de todos.
Se unió con otras hermosas mariposas, sintió el mundo entero como su hogar y vivió en empatía con los demás el resto de su vida.
