Artista multidisciplinaria egresada de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO). Actualmente trabaja promoviendo la enseñanza de las artes y la conservación de la cultura a la par de la exploración constante de las técnicas plásticas, literarias y de canto.
Los textos de esta semana son dedicados a dos poetas Oaxaqueñas que actualmente trabajan en la educación y la cultura de nuestro estado y a todas las mujeres en conmemoración del día de la mujer.
El sueño de las ondinas
Para Frydanel Díaz Carrillo
¿Estás viendo las estrellas, Julieta?
Presenciaron esta historia tantas veces
llevándose las manos a la boca,
sofocadas de verdades,
titilan en morse, nos guiñan secretos.
Ellas saben tu veneno favorito,
la gracia con la que mueres y muero,
porque quebrarnos bellamente es lo nuestro,
saben que tengo ansias del río,
que en mi tercera derrota me quitó el nombre,
ahora ya no me llamo.
Muero sin río,
rio porque muero,
que común la causa de nuestro mal,
la metamorfosis de la esclerótica,
es un síntoma de las palabras,
que extravían sus vocales.
AMARILLA,
AMAR I LLA,
A MAR I LLA.
Disculpa, si me rio
con intención de ahogarme
y terminó aferrándome a tus escamas,
confesándote que también me crecieron branquias.
Aunque hoy somos de agua,
habitábamos el fuego
sabemos cómo arder,
no podríamos olvidarlo,
caímos sin miedo en las lenguas flamígeras,
la piel impregnada de victorias.
Por ahora, sangrar en el agua es necesario,
entregar la voluntad a las corrientes,
soñar como lo hacen las ondinas,
dulces son los abrazos de río.
Tuya: Ofelia
Estrellita
Para: Citlallic Rosales Díaz.
Estoy segura, te vi en un sueño,
caminabas en un cerro tupido de oropéndolas,
pastaban a lo lejos los rebaños blancos,
cuando tus ojos florecieron,
supe que toda la luz era tuya.
¿Me soñaste también, me recuerdas?
Yo era esa niña pálida,
huesos de bejuco,
que entrecerraba los ojos para poder distinguirte,
vi tu brillo volcarse en la penumbra,
una ola tremenda, la intención de la vía láctea.
Entonces no sabía tu nombre,
lo intuían mis ojos deslumbrados,
lo susurraban las oscuridades,
que se apretaban para juntar la noche,
en las olas suaves del viento,
prendidas de tu perfume.
Te vi elevarte poco a poco,
sostenerte en las alturas,
mirabas algo infinito,
sin nombre aún ni sustancia,
que se sostenía solo de tus ojos,
y de su luz forjaba una carne.
Mi corazón florecido,
mi cabello de nido castaño,
algo bellamente afortunado,
te distrajo para contemplarme.
¿Me soñaste también, me recuerdas?
Yo era esa niña, huesos de bejuco,
que poco a poco se volvía un punto.
