A pocas personas he narrado mi encuentro con la Catrina, mismo que se llevó a cabo
hace exactamente tres años, en ocasión de salir de mi trabajo un día 31 de octubre.
Aquella noche traté de salir temprano de la librería, pues era víspera del día de muertos
y ya sabemos cómo se pone el transporte en estas fechas. A pesar de mis providencias,
ocurrió lo que temía y a muy temprana hora los autobuses ya escaseaban. El que me
llevaba a mi hogar simplemente no pasó más, aunque lo esperé por más de una hora.
Ya guardaba yo cierta inquietud, que ahora confirmaba cada vez que alguien subía a su
transporte y paulatinamente la parada de autobuses se quedaba vacía.
No era muy tarde, pero una mala sensación me invadió al quedarme solo a la orilla de la
carretera. Así que, con el dolor de mi corazón, y de mi cartera, terminé por hacerle la
parada a un taxi amarillo para ir a casa ubicada en un fraccionamiento alejado de la
ciudad. Al llegar, sabía que no encontraría a nadie en casa, pero no me esperaba hallar
el fraccionamiento despoblado. Casi inmediatamente después de llegar a casa y dejar en manos del taxista más de la mitad de mis ingresos del día me vi precisado a salir a
comprar café y me dirigí a la tienda de la esquina.
El viento soplaba helado, el frío de muertos le dicen. Las calles estaban absolutamente
vacías y silenciosas de forma que tenía la impresión de estar caminando en un sueño.
Desde mi llegada al “frac”, no había visto una sola alma, hasta que la vi a ella, saliendo
del lote baldío caminando en dirección contraria a la mía. Lucía un vestido negro de
encajes y estaba maquillada como calavera. Caminaba rápido, aunque no daba la
sensación de andar de prisa, finalmente nuestros caminos se cruzaron. Al pasar a mi
lado escuché su voz ligeramente cavernosa, pero aterciopelada, diciéndome: “Buenas
noches”, saludo al que correspondí con timidez.
Tres pasos después llegué a la tienda y la encontré cerrada. Como fue un instante, al
voltear esperaba encontrar a la mujer del vestido negro, pero no estaba más. Supuse que la vería al llegar a la esquina, pero todas las calles estaban tan vacías y silenciosas como cuando llegué al fraccionamiento. Ahora sí, con miedo, me regresé a la casa.
